"Así pues, descubro la siguiente ley: yo quiero hacer lo bueno, pero lo que está a mi alcance es hacer el mal. En efecto, según el hombre interior, me complazco en la ley de Dios; pero percibo en mis miembros otra ley que lucha contra la ley de mi razón, y me hace prisionero de la ley del pecado que está en mis miembros.
¡Desgraciado de mi! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? ¡Gracias a Dios, por Jesucristo nuestro Señor!"
Es cierto que en nuestra vida siempre habrá pecado, y siempre intentaremos salirnos de la Ley de Dios para vivir según nuestro criterio. San Pablo tiene perfecta conciencia de que es así, pues el pecado original ha dejado esa "espina" en el alma y, aunque quisiéramos no podemos alejarnos de él.
Es cierto también que tenemos que tener muy en claro cuál es la Voluntad de Dios y que, cuando nos alejamos conscientemente de ella, estamos fuera de su Camino, y llegamos al pecado viviendo en contra de sus mandatos.
Es cierto, también, que, muchas veces, tenemos muy en claro qué es lo que tenemos que hacer y cómo hacerlo, pero no siempre tenemos la fuerza y la gracia para poder hacerlo y por eso tropezamos y caemos.
Por todo eso y por mucha más, san Pablo, nos quiere hacer tener en claro que el pecado no es propio de nosotros, que siempre estará en nosotros, y, por eso mismo el Señor en su infinito amor nos ha dejado el remedio para nuestro error, para nuestro pecado: el sacramento de la reconciliación, porque, sabiendo de nuestra debilidad, quería y quiso fortalecerla con su Gracia. Es así que ante la certeza de que pecaremos nos ha dejado el remedio, pues Él en la Cruz ha matado al pecado y nos ha dado la Vida Nueva en la Gracia.
Pero, claro, esa Gracia que nos salva y nos renueva es la que tenemos que conseguir yendo hacia Él, volviendo a Él, recibiendo el perdón de nuestros pecados, pero también con la necesaria actitud de conversión, de búsqueda de la fortaleza para no caer. Porque no es cuestión de que, por saber que tenemos el remedio, dejarnos caer voluntariamente pues después Cristo nos salva.
Tiene que haber en nosotros una firma convicción de que nuestra vida es una vida en la Gracia y no una vida en el pecado, que, aunque sabemos que el pecado habita en nosotros, también el Espíritu Santo habita en nosotros, y tenemos que dejar que sea Él quien ilumine y nos ayude a discernir y desear lo que es bueno y mejor en nuestras vidas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.