De las Obras de santa Teresa de Ávila, virgen
Con tan buen amigo presente -nuestro Señor Jesucristo-, con
tan buen capitán, que se puso en lo primero en el padecer, todo se puede sufrir.
Él ayuda y da esfuerzo, nunca falta, es amigo verdadero. Y veo yo claro, y he
visto después, que para contentar a Dios y que nos haga grandes mercedes quiere
que sea por manos de esta Humanidad sacratísima, en quien dijo Su Majestad se
deleita.
Muy muchas veces lo he visto por experiencia; hámelo dicho el
Señor. He visto claro que por esta puerta hemos de entrar, si queremos nos
muestre la soberana Majestad grandes secretos. Así que no queramos otro camino,
aunque estemos en la cumbre de contemplación; por aquí van mas seguros. Este
Señor nuestro es por quien nos vienen todos los bienes. Él lo enseñará; mirando
su vida, es el mejor dechado.
¿Qué más queremos que un tan buen amigo al lado, que no nos
dejará en los trabajos y tribulaciones, como hacen los del mundo? Bienaventurado
quien de verdad le amare y siempre le trajere cabe de sí. Miremos al glorioso
san Pablo, que no parece se le caía de la boca siempre Jesús, como quien le
tenía bien en el corazón. Yo he mirado con cuidado, después que esto he
entendido, de algunos santos, grandes contemplativos, y no iban por otro camino:
san Francisco, san Antonio de Padua, san Bernardo, santa Catalina de Siena.
Con libertad se ha de andar en este camino, puestos en las
manos de Dios; si su Majestad nos quisiere subir a ser de los de su cámara y
secreto, ir de buena gana. Siempre que se piense de Cristo, nos acordemos del
amor con que nos hizo tantas mercedes y cuán grande nos le mostró Dios en darnos
tal prenda del que nos tiene: que amor saca amor. Procuremos ir mirando esto
siempre y despertándonos para amar, porque, si una vez nos hace el Señor merced
que se nos imprima en el corazón este amor, sernos ha todo fácil, y obraremos
muy en breve y muy sin trabajo.
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