De la carta de san Agustín, obispo, a Proba
Deseemos siempre la vida dichosa y eterna, que nos dará nuestro Dios y Señor, y
así estaremos siempre orando. Pero, con objeto de mantener vivo este deseo,
debemos, en ciertos momentos, apartar nuestra mente de las preocupaciones y
quehaceres que, de algún modo, nos distraen de él y amonestarnos a nosotros
mismos con la oración vocal, no fuese caso que si nuestro deseo empezó
a entibiarse llegara a quedar totalmente frío y, al no renovar con frecuencia
el fervor, acabara por extinguirse del todo.
Por eso, cuando dice el Apóstol: Presentad públicamente vuestras peticiones a
Dios, no hay que entender estas palabras como si se tratara de descubrir a Dios
nuestras peticiones, pues él continuamente las conoce, aun antes de que se las
formulemos; estas palabras significan, más bien, que debemos descubrir nuestras
peticiones a nosotros mismos en presencia de Dios, perseverando en la oración,
sin mostrarlas ante los hombres por vanagloria de nuestras plegarias.
Como esto sea así, aunque ya en el cumplimiento de nuestros deberes, como
dijimos, hemos de orar siempre con el deseo, no puede considerarse inútil y
vituperable el entregarse largamente a la oración, siempre y cuando no nos lo
impidan otras obligaciones buenas y necesarias. Ni hay que decir, como algunos
piensan, que orar largamente sea lo mismo que orar con vana palabrería. Una
cosa, en efecto, son las muchas palabras y otra cosa el afecto perseverante y
continuado. Pues del mismo Señor está escrito que pasaba la noche en oración y
que oró largamente; con lo cual, ¿qué hizo sino darnos ejemplo, al orar
oportunamente en el tiempo, aquel mismo que, con el Padre, oye nuestra oración
en la eternidad?
Se dice que los monjes de Egipto hacen frecuentes oraciones, pero muy cortas, a
manera de jaculatorias brevísimas, para que así la atención, que es tan
sumamente necesaria en la oración, se mantenga vigilante y
despierta y no se fatigue ni se embote con la prolijidad de las palabras. Con
esto nos enseñan claramente que así como no hay que forzar la atención cuando no
logra mantenerse despierta, así tampoco hay que interrumpirla cuando puede
continuar orando.
Lejos, pues, de nosotros la oración con vana palabrería; pero que no falte la
oración prolongada, mientras persevere ferviente la atención. Hablar mucho en la
oración es como tratar un asunto necesario y urgente con palabras superfluas.
Orar, en cambio, prolongadamente es llamar con corazón perseverante y lleno de
afecto a la puerta de aquel que nos escucha. Porque con frecuencia la finalidad
de la oración se logra más con lágrimas y llantos que con palabras y expresiones
verbales. Porque el Señor recoge nuestras lágrimas en su odre y a él no se le
ocultan nuestros gemidos, pues todo lo creó por medio de aquel que es su
Palabra, y no necesita las palabras humanas.
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