San Pablo, en esta carta a los Romanos, no se anda con pocas palabras sino que les quiere hacer ver cuál es la respuesta de Dios a los actos de los hombres, sobre todo, comenzando por aquellos a quienes se les ha revelado primero la Verdad:
"Tú que te eriges en juez, seas quien seas, no tienes excusa, pues, al juzgar a otro, a ti mismo te condenas, porque haces las mismas cosas, tú que juzgas.
Sabemos que el juicio de Dios contra los que hacen estas cosas es según verdad".
Tenemos, los hombres (varones y mujeres), tanta arrogancia que, muchas veces, nos creemos dueños de la verdad y, por eso, nos creemos con derecho a juzgar todo lo que hacen los demás. Y, claro, con el juicio que hacemos siempre hay una condena sobre los demás. Es cierto, también, que podemos llegar a absolver las culpas de algunos, pero nuestro castigo para otros es mucho más duro que el castigo de Dios, pues nuestros juicios suelen ser sin misericordia.
"... ira y cólera a los porfiados que se rebelan contra la verdad y se rinden a la injusticia.
Tribulación y angustia sobre todo ser humano que haga el mal, primero sobre el judío, peto también sobre el griego; gloria, honor y paz para todo el que haga el bien, primero para el judío, pero también para el griego; porque en Dios no hay acepción de personas".
"Primero sobre el judío...", suena fuerte esta afirmación, pero no quiere san Pablo ser duro con judíos, simplemente porque sean judíos, sino que fueron ellos los que recibieron, por primera vez la Revelación por parte del profetas y la Ley. Y en este caso tendríamos que adaptar la palabra a nosotros, pues ahora que nosotros conocemos cuál es el modo de juzgar de Dios, y cómo es y ha sido y será su misericordia para con nosotros, entonces, tenemos que intentar ser como Él (aunque veamos que es muy difícil)
Incluso, Jesús, también nos ha venido advirtiendo sobre nuestro modo de juzgar a los demás. Ya nos decía Él: "con la medida con que juzgueis seréis juzgados", y en el Evangelio:
«¡Ay de vosotros, fariseos, que pagáis el diezmo de la hierbabuena, de la ruda y de toda clase de hortalizas, mientras pasáis por alto el derecho y el amor de Dios!
Esto es lo que había que practicar, sin descuidar aquello".
Para finalizar:
"Le replico un maestro de la ley:
«Maestro, diciendo eso nos ofendes también a nosotros».
Y él dijo:
«¡Ay de vosotros también, maestros de la ley, que cargáis a los hombres cargas insoportables, mientras vosotros no tocáis las cargas ni con uno de vuestros dedos!».
¿Nos queda claro o no?
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.