"Pues cuando erais esclavos del pecado, erais libres en lo que toca a la justicia. ¿Y qué frutos obteníais entonces? Cosas de las que ahora os avergonzáis, porque conducen a la muerte.
Ahora, en cambio, liberados del pecado y hechos esclavos de Dios, dais frutos para la santidad que conducen a la vida eterna".
San Pablo le está hablando a los romanos del fruto de la conversión. Una comunidad que se ha encontrado con el Don de la Fe en Jesucristo y que tiene que reconocer sus errores del antiguo caminar. Errores que, cuando uno los advierte, se avergüenza de haberlos cometido, y, por eso, hay que dar gracias a Dios, de haber podido encontrar un camino nuevo, libres del pecado para dar frutos de santidad que conducen a la vida eterna.
Pero no hablemos solo de una vida eterna en la eternidad, sino de una vida eterna en nuestro día a día, porque esa eternidad a la que esperamos llegar, es la eternidad que tenemos que vivir día a día, aquí en la tierra, pues por eso mismo rezamos cada: venga a nosotros Tu Reino, hágase Tu Voluntad en la tierra como en el Cielo.
Cuando descubramos que la "esclavitud a la Voluntad de Dios" es la esclavitud que nos libera, vamos a encontrar el Camino perfecto hacia la Bienaventuranza que tanto anhelamos, pues, aunque el Camino pueda ser duro siempre será el mejor Camino, porque caminamos en Cristo, por Cristo y con Cristo.
Así san Pablo nos hace mirar un poco hacia atrás, no para quedarnos anclados en el pasado, sino para aprender de nuestros propios errores que, en un momento de nuestra vida, aunque nos parecían grandes y libres decisiones, pero que, en el fondo nos cubrieron de amargura y de vergüenza porque no sabíamos lo que hacíamos, o habían dicho que lo que estábamos haciendo era lo correcto.
Y llegó Jesús para poner Luz sobre nuestras vidas y enseñarnos el Camino correcto hacia la Paz y el gozo del alma. Un Camino que enciende los corazones con el fuego del Espíritu Santo que viene a quemar todo lo malo que deja el pecado original en nuestras vidas, y nos renueva, cada día con sus Dones, para que sigamos encendiendo la tierra que pisamos; sabiendo, por supuesto, que no todos entenderán y aceptarán los cambios que Jesús produce en nuestras vidas, pero caminamos seguros porque Él es quien nos pide Fidelidad a la Vida que nos ha dado en el Espíritu.
Dichoso el hombre
que no sigue el consejo de los impíos,
ni entra por la senda de los pecadores,
ni se sienta en la reunión de los cínicos;
sino que su gozo es la ley del Señor,
y medita su ley día y noche.
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