domingo, 13 de octubre de 2019

Es de bien nacido ser agradecido

Tanto el libro de los Reyes como el Evangelio de este domingo nos muestran a dos personas agradecidas: Naamán el sirio y el hombre que tenía lepra que era de Samaría. Y nos preguntaremos ¿qué tiene eso de extraño? Es algo que nos pasa muy a menudo: sólo encontramos personas agradecidas a las que no son de nuestra casa o de nuestro país. Cuando nos creemos con derecho a usar todo lo que tenemos, ya sea en nuestra casa, en nuestra comunidad, en nuestra iglesia, en nuestra ciudad o país, entonces sólo decimos algo cuando no hay lo que buscamos. Pero mientras usamos de todo nunca se nos cruza por la cabeza dar las gracias, porque creemos que todo nos pertenece.
Por un lado es cierto que todo lo que está en mi casa me pertenece, pero no todo lo he conseguido o cuidado yo, sino que otros lo han puesto ahí por mí y para mí, y por eso mismo, o por el sólo hecho de poder tenerlo tengo que estar agradecido.
Pero también es cierto que cuando alguien hace algo por mí o para mí, generalmente, no escuchamos la palabra: gracias, por el servicio que me han prestado.
Y, no me cansaré de repetirlo: vivimos en una sociedad que está acostumbrada a tomar todo lo que quiere, pero sin agradecer nada. Tengo derecho a tomar lo que quiero ya sea en mi casa, en mi comunidad, en mi ciudad o país. ¿Y por qué tengo que dar las gracias?
Hay veces que no sabes qué responder, porque, por lo menos yo, vengo de una generación que sabía ser agradecida, porque nos lo enseñaron así: dar las gracias, pedir disculpas, decir por favor, saludar al entrar o al salir... Simples reglas de urbanidad, de convivencia que hoy parecen cosas de la prehistoria.
Por eso mismo el Señor nos lo pone como algo extraordinario para que tengamos en cuenta que lo ordinario puede perderse tanto que, a veces, parece algo extraordinario que lo hagan, y eso maravilla.
Es cierto que Dios no necesita de nuestro agradecimiento, quizás tampoco nuestros padres, o la gente que está a nuestro alrededor, pero agradecer por lo que tenemos, por lo que ponen a nuestro alcance, por lo que los demás hacen por y para nosotros, es lo que nos hace más personas, nos da un brillo particular, por que aprendemos a valorar todo, e, incluso, le damos valor a las personas que hacen las cosas para y por nosotros.

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