Del Tratado de san Fulgencio de Ruspe, obispo, Contra Fabiano
Cuando ofrecemos nuestro sacrificio realizamos aquello mismo que nos mandó el
Salvador; así nos lo atestigua el Apóstol, al decir: Jesús, el Señor, en la
noche en
que iba a ser entregado, tomó pan y, después de pronunciar la Acción de
Gracias, lo partió y dijo: «Éste es mi cuerpo, que se da por vosotros. Haced
esto en memoria mía.» Lo mismo hizo con la copa después de la cena, diciendo:
«Esta copa es la nueva alianza que se sella con Mi sangre. Cada vez que la bebáis
hacedlo en memoria mía.» Porque cuantas veces coméis de este pan y bebéis de este
cáliz, vais anunciando la muerte del Señor hasta que él venga.
Nuestro sacrificio, por tanto, se ofrece para anunciar la muerte del Señor y
para reavivar, con esta conmemoración, la memoria de aquel que por nosotros
entregó su propia vida. Ha sido el mismo Señor quien ha dicho: Nadie tiene más
amor que el que da la vida por sus amigos. Y porque Cristo murió por nuestro
amor, cuando hacemos conmemoración de su muerte en nuestro sacrificio pedimos
que venga el Espíritu Santo y nos comunique el amor; suplicamos fervorosamente
que aquel mismo amor que impulsó a Cristo a dejarse crucificar por nosotros sea
infundido por el Espíritu Santo en nuestros propios corazones, con objeto de que
consideremos al mundo como crucificado para nosotros y nosotros sepamos vivir
crucificados para el mundo; así, imitando la muerte de nuestro Señor, como
Cristo murió al pecado de una vez para siempre, y su vida es vida para Dios,
también nosotros vivamos una vida nueva, y, llenos de caridad, muertos para el
pecado vivamos para Dios.
El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo
que se nos ha dado y la participación del cuerpo y sangre de Cristo, cuando
comemos el pan y bebemos el cáliz, nos lo recuerda, insinuándonos, con ello, que
también nosotros debemos morir al mundo y tener nuestra vida escondida con la de
Cristo en: Dios, crucificando nuestra carne con sus concupiscencias y pecados.
Debemos decir, pues, que todos los fieles que aman a Dios y a su prójimo, aunque
no lleguen a beber el cáliz de una muerte corporal, deben beber, sin embargo, el
cáliz del amor del Señor, embriagados con el cual, mortificarán sus miembros en
la tierra y, revestidos de nuestro Señor Jesucristo, no se entregarán ya a los
deseos y placeres de la carne ni vivirán dedicados a los bienes
visibles, sino a los invisibles. De este modo, beberán el cáliz del Señor y
alimentarán con él la caridad, sin la cual, aunque haya quien entregue su propio
cuerpo a las llamas, de nada le aprovechará. En cambio, cuando poseemos el don
de esta caridad, llegamos a convertirnos realmente en aquello mismo que
sacramentalmente celebramos en nuestro sacrificio.
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