miércoles, 30 de octubre de 2019

No sabemos orar

"El Espíritu acude en ayuda de nuestra debilidad, pues nosotros no sabemos pedir como conviene; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables. Y el que escruta los corazones sabe cuál es el deseo del Espíritu, y que su intercesión por los santos es según Dios".
"No sabemos pedir como conviene", se podría pensar que nuestra oración siempre tiene que ser de pedido, pedir a Dios tal cosa o tal otra, y así lo convertimos al Señor en un empleado de supermercado que tiene que estar a nuestra disposición para satisfacer nuestras necesidades, o para que nos envío lo que queremos.
Y es ahí donde comenzamos a fallar, porque la oración no sólo es un pedido o un clamor al Señor, sino que la oración es un diálogo de amor con nuestro Padre, con nuestro Hermano, con nuestra Madre, con el Espíritu. La oración es un hablar y dejar hablar, y, como dice san Pablo es un escuchar al Espíritu pues él sabe lo que necesitamos, pues viene en nuestra ayuda: "su intercesión por los santos es según Dios".
"Los santos", aunque no lo crean, somo nosotros. Cuando Pablo habla de los santos en sus cartas, no son los santos canonizados, sino que habla de los que forman parte de las comunidades cristianas, porque hemos sido santificados por el Espíritu Santo que se nos ha dado el día de nuestro bautismo. Claro que, muchas veces, no tenemos en cuenta esa realidad: somos santos, y por eso tenemos que actuar como tales.
Por que el Espíritu nos ha dado una vida nueva y esa vida nueva tiene que realizarse y evidenciarse en el mundo, en el día a día:
"Porque a los que había conocido de antemano los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que él fuera el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, los llamó; a los que llamó, los justificó; a los que justificó, los glorificó".
O, como dice, también, san Pablo: "hemos sido elegidos desde antes de la creación del mundo para ser santos e irrprochables, en su presencia, por el amor".
Es así que, el Espíritu que habita en nosotros, sabe cuál es nuestra verdadera identidad, sabe cuál es nuestra Vida Nueva, e itnenta, por todos los medios, hablar en nosotros y por nosotros, para que alcancemos la perfección. Pero, cuando no lo escuchamos o no lo dejamos hablar, porque estamos muy preocupados por nuestras propias necesidades, entonces, pareciera que el Señor no nos escucha, que Dios hace oídos sordos a nuestras oraciones, y, en realidad, Dios quiere que lo escuchemos para que podamos saber hacia dónde ir y cómo llegar.
Por eso, el silencio en la oración es esencial, pues en el silencio habla el Espíritu y nos comunica lo que el Padre quiere para nosotros, y nos da lo que el Padre tiene para nosotros.

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