miércoles, 9 de octubre de 2019

Nuestro ricino

«¿Por qué tienes ese disgusto tan grande por lo del ricino?».
Él contestó:
«Lo tengo con toda razón. Y es un disgusto de muerte».
Dios repuso:
«Tú te compadeces del ricino, que ni cuidaste ni ayudaste a crecer, que una noche surgió y en otra desapareció, ¿y no me he de compadecer yo de Nínive, la gran ciudad, donde hay más de ciento veinte mil personas, que no distinguen la derecha de la izquierda, y muchísimos animales?».
A veces creemos que podemos tener razón para disgustarnos con Dios, o con la realidad, y así poder quejarnos y dejar de hacer algo que teníamos que hacer, o, incluso, como Jonás, desear nuestra propia muerte. ¿Por qué disgustarnos por algo que nosotros mismos no hemos hecho? ¿Por qué dejar que la amargura y la desesperanza nos venzan si no hemos puesto nuestra vida en juego? ¿Hemos de dejarnos llevar por el desánimo cuando Dios sigue luchando y confiando en nosotros para que alcancemos al verdadera alegría de la Vida?
Muchas veces, dejamos que "el ricino" nos gane la partida y nos tiramos al suelo llorando porque no hemos podido alcanzar la meta que nos habíamos propuesto, o porque vemos que la realidad no cambia de acuerdo a nuestros planes. Y es cierto que hemos puesto mucho de nuestra parte, pero, seguramente, Dios ha puesto mucho más que nosotros y Él sigue confiando y esperando, Él sigue apostando por su propio sueño, y es un sueño que lleva miles de años. ¿No podremos tener nosotros un poco más de paciencia viendo que Dios aún sigue actuando en nuestras vidas?
Es cierto que la realidad puede quitarnos los sueños que hemos visto que podíamos realizar, pero quizás, en ese intento de luchar por los sueños o por nuestros ideales, nos hemos olvidado de lo más importante, como nos decía el Señor en el evangelio de ayer: "María eligió la mejor parte y no le será quitada", y es el pedido que le hacen a Jesús hoy:
"Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo:
«Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos».
Enséñanos a orar... quizás aún no hemos aprendido a orar como es debido, o quizás nos dejamos vencer por nuestra realidad y dejamos nuestra oración para otro momento, porque tenemos cosas más importantes que hacer. Sin embargo, el Señor, que era Dios (no sé si te acuerdas de eso) siempre se iba a orar solo, se alejaba de la realidad y se reunía con Su Padre en la oración, pues, seguramente, sabía que si no dialogaba con Su Padre, las cosas no saldrían como Él quería, porque "no he venido a hacer mi voluntad sino la del que me envió".
Y, a pesar de su vida de oración, hubo algunas cosas que no salieron como esperaba, pero igual siguió caminando: "siento una angustia como de muerte, y ¿qué he de decir? Padre, aparta de mí este cáliz, si para esta hora he venido. ¡Padre que se haga tu voluntad!"
No dejemos nuestra oración, pues en ella está la fuerza del Padre para que sigamos avanzando en el Camino de la Fidelidad a la Vida que Él quiere que vivamos y que entreguemos para el Bien de los Hombres.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.