En esta lectura de los Hechos de los apóstoles, donde vemos cómo Felipe se deja conducir por el Espíritu, podemos descubrir las maravillas que el mismo Espíritu podría hacer con nosotros si fuésemos más dóciles a sus impulsos. Si estuviésemos como los apóstoles disponibles para hacer la Voluntad de Dios, el Señor nos llevaría de un lado para otro porque el mundo necesita de testigos creíbles del evangelio, necesita de quines puedan iluminar con sus vivencia la oscuridad de otros que buscan la Luz.
El Espíritu llevó a Felipe hasta la carroza de ese hombre y sin conocerlo le hablá de Jesús, algo que no suele pasar habitualmente entre nosotros, porque no tenemos confianza con la gente, porque nos da vergüenza hablar, porque no sabemos demasiado... Siempre hay buenas excusas para callar la voz del Espíritu que quiere hablar por nosotros.
Felipe no sabía si ese hombre estaba interesado o no en lo que le decía, no sabría si podría explicarle y darle a conocer lo que él quería, sólo sabía que era el Espíritu quien lo llevaba de un lado para otro y lo que tenía que hacer era dejar que las palabras salieran de su boca. Pero, fundamentalmente, sabía que él sí creía en lo que había vivido y aún llevaba en su corazón la alegría del encuentro pascual con el Señor, llevaba en su corazón la alegría de ser enviado por Jesús, llevaba en su corazón la alegría de la salvación. Y es esa alegría la que no podemos dejar de compartir, no podemos dejarla encerrada en el corazón por miedo a qué no se comprenda, por miedo a que me digal tal o cual cosa...
A veces quisiéramos ver que lo que hacemos tiene fruto, o que pueda suceder como en la lectura, hablamos y el que escucha se convierte y pide le bautismo... Y no, eso no pasa porque el sembrador siembra la semilla y todo tiene su tiempo, y es Dios quien seguirá regando esa tierra, si es que estaba fértil, y cuando llegue el momento dará su fruto. Nuestro planes, en algunos momentos, siempre buscan los frutos, pero lo que tenemos que tener en cuenta es si nos dejamos conducir por el Espíritu, porque sólo Él sabe dónde tenemos que sembrar y cuándo. Cuando nuestros proyectos los hacemos sin contar con Dios, entonces no siempre dan frutos verdaderos, sino que, a veces, nos conformamos con nada, porque no hemos sabido contar con el Verdadero Viñador.
Y hay otra cosa que esta lectura nos enseña, que cuando estamos disponibles para el Espíritu, una vez que el Señor ve que nuestra tarea ha sido cumplida, nos lleva hacia otro lugar.
«Mira, agua. ¿Qué dificultad hay en que me bautice?».
Mandó parar la carroza, bajaron los dos al agua, Felipe y el eunuco y lo bautizó. Cuando salieron del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe. El eunuco no volvió a verlo, y siguió su camino lleno de alegría".
Dejarnos guiar por el Espíritu es saber que nuestras raíces están en Él y no en la tierra que pisamos o que sembramos.
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