«¿Estáis discutiendo de eso que os he dicho: "Dentro de poco ya no me veréis, y dentro de otro poco me volveréis a ver"? En verdad, en verdad os digo: vosotros lloraréis y os lamentaréis, mientras el mundo estará alegre; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría».
El tiempo para Dios no existe, pues en Él sólo hay eternidad, por eso nunca sabremos cuánto es ese poco en el que lo volveremos a ver. Y, muchas veces, ese poco o el tiempo de Dios en nuestras vidas es lo que más ansiedad nos produce, porque no sabemos esperar los tiempos de Dios. Vivimos, como muchas veces hablamos, en los tiempos del ¡ya! del ¡ahora! y eso para Dios no existe, sobre todo porque sólo Él sabe cuándo es la plenitud del tiempo para tal o cual persona, para tal o cual situación histórica. Sólo Él conoce cuándo nuestro corazón está preparado para recibir lo que Él quiere darnos, y, también, cuándo estamos dispuestos para aceptar lo que quiere decirnos.
San Pablo dice: "en la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo Único...", es Dios quién conoce los tiempos, pero es el Hombre quien tiene la libertad de aceptar y reconocer los tiempos de Dios. Porque en esa plenitud de los tiempos algunos reconocieron a Jesús y otros no.
Así ocurrió que con la muerte de Jesús en la Cruz el mundo se alegró, pero los que lo habían reconocido se pusieron tristes. En el mundo creyeron que habían dado muerte al que venía a molestar, y, en cambio los discípulos se entristecieron porque se llevaron a su Dios y Señor.
En cambio, cuando el Señor resucitó los que lo seguían se alegrarón de la Buena Noticia, y los que lo creían muerto comenzaron a vivir en la tristeza de que las Promesas que no supieron reconocer, se cumplían. El mundo y el Príncipe de este mundo comenzaron a vivir en la tristeza.
En este tiempo del Espíritu, en este tiempo del Camino de la Santidad nuestra vida tiene que estar marcada por la alegría de la Resurrección esperando el encuentro final con nuestro Dios y Señor, aquél día será la alegría plena porque lo veremos tal cual es, y se caerán las escamas de nuestros ojos cuando estemos delante de nuestro Dios. Mientras tanto, hasta que llegue el tiempo final, estamos peregrinando en este Valle pero viviendo las alegrías de la eternidad, porque el Señor quiso quedarse con nosotros en Su Palabra y en la Eucaristía, haciendo que, cada día, el Cielo baje a la Tierra y en el altar podamos contemplar a nuestro Dios y Señor, así como los ángeles lo contemplan en el Cielo. Y, ahí, precisamente en ese momento de la consagración eucarística, el tiempo se vuelve eternidad pues es Dios mismo quien viene a nuestro encuentro y nos conforta con su misma vida, y la tristeza de la ausencia y la ansiedad se disuelven en un hermoso encuentro del hombre con Dios.
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