Dice Dios por medio de Isaías:
"¿Por qué andas diciendo, Jacob, y por qué murmuras, Israel: «Al Señor no le importa mi destino, mi Dios pasa por alto mis derechos»?
Sí, también nos lo dice a nosotros pues son muchas veces las que renegamos y nos enfadamos con Dios por lo que nos pasa, por lo que nos toca, por lo que nos duele... ¡por tantas cosas! Cuando no entendemos, cuando no comprendemos, cuando no nos detenemos a mirar y mirarnos, y, sobre todo, cuando sólo vemos la piedra que nos ha producido dolor, o la que nos derribado, sólo ese momento nos basta, muchas veces, para destruir toda una vida de fe, de esperanza, para dejar de ver todo lo que Él ha realizado en mi vida y que nunca me había detenido a agradecer o, simplemente, a reconocer como realizado por Él en mi vida.
Y nos sigue diciendo:
"¿Acaso no lo sabes, es que no lo has oído?
El Señor es un Dios eterno que ha creado los confines de la tierra.
No se cansa, no se fatiga, es insondable su inteligencia.
Fortalece a quien está cansado, acrecienta el vigor del exhausto.
Se cansan los muchachos, se fatigan, los jóvenes tropiezan y vacilan; pero los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas, echan alas como las águilas, corren y no se fatigan, caminan y no se cansan".
Es cierto que la vida nos cansa, que las dificultades nos golpean fuerte, que las cruces nos hacen caer, pero nunca hemos de desfallecer ante las pruebas que vienen en la vida. Si realmente confiamos en el Señor sabremos que tendremos la fortaleza necesaria, la Gracia suficiente y el espíritu encendido para poder sobreponernos ante cualquier dificultad, cruz u oscuridad; porque todo viene del Señor en quien he puesto mi confianza y a quién le he entregado mi vida.
Por eso la liturgia para poder completar esas Palabras del Señor nos lleva a las de Jesús en el Evangelio:
«Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré.
Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso. para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».
Porque es fácil confiar en los días de sol, pero es más necesario entregarnos en los días de tormenta. Mantenernos en pie cuando no pasa nada es fácil, pero necesitamos más fortaleza cuando soplan vientos huracanados. Son esos días en los que necesitamos elevar nuestra mirada hacia el Señor, y sobre todo, hacia el Señor Crucificado que es nuestra fortaleza, pues ahí en la Cruz nos entregó su Vida y su Amor para destruir en nosotros todo lo que no nos deja ser Fieles a la Vida que Él mismo nos dio y vivió por nosotros.
No levantemos sólo la mirada y el corazón para quejarnos al Señor, sino levantemos la mirada y el corazón para llenarnos de Su Luz, de Su Gracia y de su Vida y dar Gracias porque Él siempre está a nuestro lado aunque nosotros nos alejemos de Él.
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