En este segundo día de la Novena de Navidad, nos encontramos con San José, un silencioso hombre justo que, muchas veces, pasa desapercibido por este Misterio de Navidad. Y no es que José no haya tenido un rol fundamental en esta historia, sino que también su silencio nos enseña a vivir el Misterio de Navidad.
Sí, José tiene un papel fundamental en esta historia, como nos lo cuenta el Evangelio de hoy porque ante la situación de María, José como buen judió podía haber tomado otras decisiones, pero en el silencio supo aceptar la Voluntad de Dios.
Por un lado vemos a un hombre justo que no comprende la situación que está viviendo y tiene varias opciones para resolver tal situación, pero no lo hace desde una perspectiva egoísta sino que decide con amor: abandonarla en secreto. Porque el amor de José a María es verdadero y puro, y por eso no puede decidir otra cosa que no sea seguir amándola desde el exilio.
Y Dios responde al amor de José, y le revela el secreto escondido en el seno de María:
«José, hijo de David, no temas acoger a , tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados».
Y también, desde el silencio, acepta la Voluntad de Dios y fiel a Él, toma a María por esposa y se convierte en el Padre de Jesús.
El silencio de San José con el que iniciamos esta semana antes de Navidad nos tiene que llevar, también a nosotros, a buscar ese silencio ante el Misterio, pero no sólo ante el Misterio de Navidad, sino ante tantos misterios que suceden en nuestras vidas. Hay situaciones que no comprendemos, que no entendemos; hay momentos que no sabemos qué camino tomar o qué decisión tomar; nos dejamos llevar muchas veces por las prisas de este mundo y, en algunos casos, tomamos decisiones que luego no podemos corregir o porque lo que se hizo no tiene vuelta atrás o porque el orgullo y la vanidad no me dejan retroceder.
Por eso San José nos lleva al silencio ante cada decisión, nos lleva a ver que el silencio es necesario en nuestra vida, el silencio de la oración, el silencio de la reflexión ante Dios, el silencio de la consulta con el hermano, sería en una palabra el silencio que me lleva al diálogo que da luz a una situación, que despeja oscuridad y que revela misterios que no comprendo.
No permitamos que las prisas de este mundo nos obliguen a no detener nuestra marcha ante el misterio, sino que podamos detenernos a contemplar lo hermoso de la vida y a admirar cómo Dios se manifiesta para poner Luz en la Oscuridad.
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