jueves, 14 de diciembre de 2017

El reino de los cielos sufre violencia

"Desde los días de Juan el Bautista, hasta ahora el reino de los cielos sufre violencia y los violentos lo arrebatan".
Hablar de violencia en estos tiempos que vivimos puede ser malo, pero no en el sentido en que lo dice Jesús, pues es el mejor de los sentidos. Pues no habla de la violencia hacia los demás, sino la violencia en nosotros mismos. La violencia interior contraria a la pusilanimidad que muchas tenemos para defender lo que creemos, para defender en nosotros mismos los dones del espíritu y no dejarnos caer en la tentación del mundo.
El Reino de los Cielos ha sido "sembrado" en nosotros el día de nuestro bautismo, por el Espíritu Santo que se nos ha dado, a partir de ese día el Reino de los Cielos sufre violencia en nuestro interior pues lucha constantemente con el espíritu del mundo que crece sin medida y sin parar. Pero no siempre nos hacemos la violencia necesaria para defender los Dones del Espíritu, para defender la Voluntad de Dios, para seguir madurando en lo que Dios nos va pidiendo día a día.
Seguramente nos hacemos más violencia para encontrar argumentos que nos permitan defender nuestras ideas y gustos, que para defender la Voluntad de Dios, pues el yo humano es más fuerte que el yo divino que hay en nosotros. Y, por otro lado, lo que nos ofrece el mundo está más en consonancia con lo que queremos vivir que con lo que debemos vivir como cristianos. Pues siempre el mundo me presentará los mejores argumentos y la mejor publicidad para hacerse con mi vida, y Dios no se opondrá a la libertad que tengo para elegir, sino que simplemente estará viendo cómo me alejo de Su Gracia, cómo me suelto de Su Mano para ir a recorrer solo el camino que he elegido.
Es cierto que la Fidelidad a la Vida que el Señor me ha concedido vivir y que quiere que la lleve a plenitud, una vida en santidad, no es el camino más fácil, pero para recorrerlo Él me ha asegurado su Gracia, su Fortaleza, su Luz y, sobre todo, me ha dado su Espíritu para que no me falta nada para el camino. Pero al comenzar a recorrerlo tendré que ir despejandolas malezas del mundo para poder ver con claridad. Tendré que ir haciendo oídos sordos a los cantos de sirena que me quieren hacer desviar del Horizonte Divino. Y todo eso y aún más implica violencia, violencia para no dejarme vencer, violencia para no torcer el camino, violencia para perseverar en el encuentro con el Señor que me indica, que me sugiere, que me muestra lo que debo hacer y cómo hacerlo en cada centrímetro de ese Camino.
Sí, la mayor violencia que tengo que hacer es en contra de mí mismo, en contra de lo que me gustaría frente a lo que debo. Pero ante ese dolor que muchas veces desgarra mi alma, tengo que contara con la suave caricia de la Mano del Señor que siempre está conmigo y sana las heridas de la lucha, para que, a pesar de los tropiezos y caídas, pueda continuar perseverando hasta el final del Camino.

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