viernes, 8 de julio de 2016

Los caminos del Señor son rectos

Dice Dios por medio de Oseas:
"¿Quién será sabio para comprender estas cosas, inteligente, para conocerlas?
Porque los caminos del Señor son rectos: los justos los transitan, pero los traidores tropiezan en ellos".
Es verdad nunca alcanzamos, humanamente, la sabiduría como para comprender los misterios de Dios, como para entender sus caminos. Nos cuesta aceptar y asumir sus disposiciones por que no llegamos a comprenderlas. Y es lógico porque nuestra capacidad intelectual no alcanza a la sabiduría divina si no la iluminamos con los Dones del Espíritu Santo. Queremos, muchas veces, entender a Dios sin estar en Dios y no lo vamos a poder hacer, es como querer entender lo que me dice un alemán sin hablar alemán, jamás nos vamos a entender.
Y, aún así, inmersos en Dios hay misterios que no son revelados a nuestra inteligencia porque no tenemos la capacidad de poder asimilar tanta luz, por eso Dios nos ha dado el Don de la Fe para poder aceptar aquello que no vemos o no llegamos a conocer, sino que como hijos pequeños aceptamos las Palabras de nuestro Padre, y así seguimos creciendo en Fe, Esperanza por que nos llena y sostiene el Amor.
Cuando intentamos comprender todo, entender todo nos sumimos en desasosiegos que nos llenan de tristezas, simplemente por que no nos disponemos a dar un salto en la Fe hacia las Manos de Dios. Buscamos siempre la seguridad de nuestra comprensión humana y nos cuesta dejarnos conducir por la oscuridad de la Mano de Dios. Y así nuestra Fe se va debilitando y perdiendo la alegría propia del hijo que se deja conducir por su Padre, pues el hijo va perdiendo la confianza en Aquél que lo ha amado desde el principio de la creación.
La falta de confianza en la Providencia Divina nos deja inseguros en Dios, aunque creemos que podemos seguir caminando solos, que nuestras capacidades y seguridades nos darán todo lo que buscamos, pero llega el momento donde volvemos nuestra mirada hacia arriba y decimos ¿por qué me has abandonado? Cuando hemos sido nosotros los que nos abandonamos a nuestras propias seguridades y fuerzas.
Y el Salmo nos ayuda hoy a decir:
"Devuélveme la alegría de tu salvación,
afiánzame con espíritu generoso.
Señor, me abrirás los labios,
y mi boca proclamará tu alabanza".

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