«¿Qué me importa el número de vuestros sacrificios? – dice el Señor -.
Estoy harto de holocaustos de carneros, de grasa de cebones; la sangre de toros, de corderos y chivos no me agrada.
Cuando venís a visitarme, ¿quién pide algo de vuestras manos para que vengáis a pisar mis atrios?
No me traigáis más inútiles ofrendas, son para mí como incienso execrable".
Creo que el Señor estaba un poco enfadado con el pueblo de Israel cuando, por boca de Isaías les envía esta exhortación. Pero no es un enfado por que sus ofrendas no eran válidas, sino que eran lo que Él les había pedido, pero estaban vacías de la conversión del corazón. El pueblo se había quedado sólo con el gesto y su corazón estaba lejos de Dios.
Y, siguiendo en la misma línea del Padre, el Hijo nos dice en el Evangelio:
"El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mi; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mi no es digno de mi; y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mi. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mi, la encontrará".
¿Es que tenemos que odiar a nuestra familia? Es lo que algunos piensan que Jesús nos pide. Pero no es así, Jesús no quiere que odiemos a nuestras familias, sino que no pongamos el deseo de nuestras familias, el estar con ellos, antes que seguir y vivir de acuerdo a la Voluntad de Dios.
Muchas veces el llamado de Dios, su Voluntad, puede ir en contra de el deseo de nuestros padres, hermanos o familia, y ahí yo tendré que decidir qué hago: si estoy dispuesto a seguir a Dios o si quiero quedar bien con mi familia.
Es que no hemos comprendido, aún, las exigencias del evangelio. Desde hace mucho tiempo que venimos escuchando que las exigencias han sido puestas por los curas, pero no es así. El Evangelio creemos que es Palabra de Dios y por eso buscamos el modo de intentar vivirlo, de llevarlo a la vida. Pero si lo ponemos en duda, si creemos que es palabra humana, entonces no lo cumplamos, y, claro, si creemos que el evangelio es palabra humana y no lo cumplimos no nos llamemos cristianos, porque los cristianos siguen los pasos de Cristo, y la Palabra de Cristo es la Palabra que está en el Evangelio y que creemos que es Palabra de Dios.
Así, si queremos ser cristianos tenemos que estar dispuestos a creer que la Palabra de Dios es la que tiene que guiar mi vida. Y la Palabra de Dios tiene esta exigencia que, en la mayor de las oportunidades, no queremos escucharla o vivirla.
Tanto el Padre como el Hijo quieren que encontremos el mejor Camino que nos conduzca a la Vida. Ellos saben que no va ser fácil para nosotros, pero nos darán todo lo necesario para poder realizarlo. No dejemos que los deseos del mundo nos impidan alcanzar la Vida que el Padre tiene para nosotros.
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