Siempre me ha resultado un poquitín divertida esta lectura del Génesis: la insistencia de Abrahám frente a Dios para salvar a Sodoma y Gomorra. Claro que no es divertido que Dios quiera destruir un pueblo, sino que eso de ir regateándole a Dios de 5 personas, de a 10, hasta llegar a que no destruya el pueblo, es una actitud de alabar de Abrahám.
Una actitud que ya desde pequeño, nosotros, sabemos utilizar porque cuando nos surgían (y nos surgen) algunos caprichos no parábamos de pedir con insistencia. Claro que había dos manera de que dejáramos de insistir: o nos compraban o nos daban permiso; o nos daban una colleja o nos ponían en penitencia por ser tan pesados. También es cierto que eso sucedía en la época de antes, por que hoy, en la mayoría de los casos, al primer berrinche se le da a los niños lo que quieren y más aún.
Pero también es una actitud que Jesús nos pide en el Evangelio, pues en la parábola del amigo inoportuno Él nos habla de pedir con insistencia, y ¡eso nos ha gustado!: si somos insistentes Dios nos escuchará.
Y aquí nos podríamos acordar de un momento de la vida de Jesús: tres veces clamó al Padre para que lo librar del Cáliz que tenía que beber... pero no lo hizo. ¿No lo hizo? Y ahí está la cuestión del pedir con insistencia. Nos acordamos del "pedid y se os dará", pero no nos acordamos del final de la parábola:
"Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que le piden?"
Cuando los padres deben decir que no a los hijos porque lo que piden no es prudente, no es necesario o simplemente no se puede, hay que dar razones del por qué no. En nuestra relación con el Padre Celestial, Él nos da el Espíritu Santo para que comprendamos con Su Luz qué es lo mejor para nuestra vida, qué es lo que necesitamos y, sobre todo, dejemos que el Espíritu Santo pida por nosotros pues Él sabe mejor que nosotros qué es lo que necesitamos: si fortaleza, si discernimiento, si sabiduría, si consuelo...
Así antes de comenzar a pedir lo que queramos hemos de insistir en pedir el Espíritu Santo para que sea Él quién nos guíe en nuestra oración, quién nos guíe en la vida, en la relación con nuestro Padre Celestial para que, siguiendo su impulso, podamos recorrer el Camino de la Santidad "combatiendo el buen combate de la fe, llegar al final de la carrera, y conservar la fe".
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