Continuando con la lectura de ayer del Primer libro de los Reyes, podemos detenernos en las dos personas que hay en el relato: Elías y Ajab.
Elías, el profeta, es llamado por el Señor para enviar un mensaje a Ajab por haber aceptado la instigación de Jezabel y el asesinato de Nabot. Dios envía su castigo a Ajab y Jezabel, y ese mensaje es el que tiene que llevar Elías.
No es fácil, en este caso, el papel del profeta. No nos gusta muchas veces tener que decir algo que suena a castigo o que a muchos no los agrada, pero el profeta tiene que cumplir con su encargo. Cuando sabemos que Dios nos llama a anunciar algo lo tenemos que hacer por amor a Dios y a nuestros hermanos, pues el anuncia lleva implícito algo maravilloso de parte de Dios, o un castigo para convertir el corazón del pecador, o un anuncio para que otros puedan salvar su vida.
Claro que, a muchos les ha pasado como a Elías, pues cuando llega a la presencia de Ajab, éste le dice:
«Así que has dado conmigo, enemigo mío»
Cuando el profeta anuncia algo que no nos gusta es nuestro enemigo, cuando nos trae buenas noticias es el amigo que más queremos. Pero, en uno u otro caso, el profeta siempre tiene que obedecer a Dios antes que a los hombres. Por aquello que también Dios le dijo a Ezequiel:
"Te pongo como centinela de la casa de Israel. Cuando recibas una palabra de mi boca, se la anunciarás de mi parte. Si digo a un malvado: ´Vas a morir', y tú no le adviertes ni le insistes para que se convierta de su mal camino y viva, el impío morirá por su culpa, pero demandaré su sangre de tu mano..."
Así, aunque el mensaje no le guste al profeta o no le gusta al que lo recibe igual hay que enviarlo porque es de parte del Señor para la salvación de quien lo recibe.
Por eso, al final de este pasaje de los Reyes vemos cómo Ajab acepta su pecado y su arrepentimiento convierte la ira de Dios en misericordia.
Y para finalizar el Evangelio no nos deja otra opción más que aceptar que el Camino que Jesús nos invita a recorrer es muy complicado y difícil (son las palabras que surgen en un primer momento) pero es el único Camino para alcanzar la Vida que anhelamos: "sed perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto". Por eso los cristianos no podemos dejar de buscar la Gracia de Dios para que Él nos lleve a la perfección, pues sabemos que nuestros pobres medios humanos nunca lo lograrán.
Y tomando palabras de Santa Teresita: "nos subimos a las alas del águila para que ella nos lleve a los más alto de la cima a alcanzar". Si no nos hacemos pequeñitos en brazos del Padre para que Él nos pueda conducir, para que Él nos pueda llevar, nunca alcanzaremos la perfección de la santidad. Quizás algunos alcancen una perfección humana, pero no llegarán a la santidad que es nuestra meta como hijos de Dios.
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