jueves, 23 de junio de 2016

De la abundancia del corazón...

"En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
– «No todo el que me dice “Señor, Señor” entrará en el reino de cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos".
Hablar, decir, tiras palabras al aire es muy fácil. Es más, hay quienes primero hablan y después piensan. Siempre es fácil decir cosas porque somos seres parlantes. Pero no siempre es fácil saber lo que decimos, por qué lo decimos y para qué lo decimos.
Por eso Jesús nos advierte pues nuestras palabras siempre llevan el peso de nuestra vida; así hay palabras que dan vida, palabras que no dan vida, y palabras vacías.
"De la abundancia del corazón hablan los labios", también nos decía Jesús en algún momento. Quizás nuestro corazón no esté donde creemos que tendría que estar, aunque sabemos dónde está y de qué está lleno.
"Sepulcros blanqueados: muy limpios y blancos por fuera pero llenos de huesos podridos por dentro", le decía Jesús a los fariseos e hipócritas de su pueblo. Y así parecen algunos corazones.
Es decir, tenemos que ponernos (como se dice) "las barbas en remojo" y comenzar a quitar todo aquello que no es bueno de nuestros corazones: las envidias, el odio, los rencores, las angustias, los sinsentidos... y ¿qué queda? Si no queda nada, habrá que llenarlo de cosas con sentido, con valores: fe, esperanza, amor, alegría, verdad...
¿Dónde vaciamos nuestro corazón? Lo vaciamos en las Manos del Señor, pues Él recoge todo lo que nos daña y lo transforma, recicla todo lo que nos hace mal y hace mal a nuestro prójimo, y nos llena de su Gracia para que podamos comenzar a buscar nuevos valores para colmar nuestro corazón y nuestra vida.
Claro que al vaciar nuestro corazón de tantas cosas malas tenemos que saber buscar los mejores valores para llenarlo, pues si dejamos mucho tiempo el corazón vacío nuestra vida no encuentra sentido, y se va llenando de lo primero que me ofrece el mundo. Y en el mercadillo del mundo hay baratijas que se compran por muy poco, pero que no lucen, que no dan brillo a la vida, sino que al poco de comprarlas ya pierden su valor.
En el mercado del Señor los valores son valores y hay que saber ganárselos, aunque Él no te cobra por dártelos, pero sí implican un esfuerzo de nuestra parte para poder llegar a tenerlo.
Cada virtud a conquistar es un esfuerzo constante y diario de actos buenos que nos llevan a alcanzar aquello que nos falta por tener. Y la constancia y la perseverancia en la conquista de las virtudes es la lucha constante y continua contra la pereza y la mediocridad. Pero al final del combate diario alcanzamos lo mejor para nuestra vida.
Así, día a día, vamos conquistando virtudes y valores que hacen que nuestro corazón se llene de lo más hermoso de la vida que nos da el Señor, y nuestros labios podrán ser instrumentos del Señor porque serán portadores de su palabra, de su amor, de esperanza y de fe, para que todos puedan recibir aquello que Él tiene para darnos.

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