De la Homilía de un autor del siglo segundo
Mirad cuán grande ha sido la misericordia del Señor para con nosotros: En primer
lugar no ha permitido que quienes teníamos la vida sacrificáramos ni adoráramos
a dioses muertos, sino que quiso que, por Cristo, llegáramos al conocimiento del
Padre de la verdad. ¿Qué significa conocerlo a él sino el no apostatar de aquel
por quien lo hemos conocido? El mismo Cristo afirma: A todo aquel que me
reconozca ante los hombres lo reconoceré yo también ante mi Padre. Ésta será
nuestra recompensa
si confesamos a aquel que nos salvó. ¿Y cómo lo confesaremos? Haciendo lo que
nos dice y no desobedeciendo nunca sus mandamientos; honrándolo no solamente con
nuestros labios, sino también con todo nuestro corazón y con toda nuestra
mente. Dice, en efecto, Isaías: Este pueblo me glorifica con los labios,
mientras su corazón está lejos de mí.
No nos contentemos, pues, con llamarlo: «Señor», pues esto solo no nos salvará.
Está escrito, en efecto: No todo el que me diga: «¡Señor, Señor!» se salvará,
sino el que practique la justicia. Por tanto, hermanos, confesémoslo con
nuestras obras, amándonos los unos a los otros. No seamos adúlteros, no nos
calumniemos ni nos envidiemos mutuamente, antes al contrario, seamos castos,
compasivos, buenos; debemos también compadecernos de las desgracias de nuestros
hermanos y no buscar desmesuradamente el dinero. Mediante el ejercicio de estas
obras confesaremos al Señor, en cambio no lo confesaremos si practicamos lo
contrario a ellas. No es a los hombres a quienes debemos temer, sino a Dios. Por
eso a los que se comportan mal les dijo el Señor: Aunque vosotros estuviereis
reunidos conmigo, si no cumpliereis mis mandamientos, os rechazaré y os diré:
«Apartaos de mí vosotros, nunca jamás os he conocido, obradores de maldad.»
Por esto, hermanos míos, luchemos, pues sabemos que el combate ya ha comenzado y
que muchos son llamados a los combates corruptibles, pero no todos son
coronados, sino que el premio se reserva a quienes se han esforzado en combatir
debidamente. Combatamos nosotros de tal forma que merezcamos todos ser
coronados. Corramos por el camino recto, el combate incorruptible, y naveguemos
y combatamos en él para que podamos ser coronados; y si no pudiéramos todos ser
coronados, procuremos acercarnos lo más posible a la corona. Recordemos, sin
embargo, que si uno lucha en los combates corruptibles y es sorprendido
infringiendo las leyes de la lucha, recibe azotes y es expulsado fuera del
estadio.
¿Qué os parece? ¿Cuál será el castigo de quien infringe las leyes del combate
incorruptible? De los que no guardan el sello, es decir, el compromiso de su
bautismo, dice la Escritura: Su gusano no muere, su fuego no se apaga y serán el
horror de todos.
lunes, 8 de noviembre de 2021
Confesemos a Dios con nuestras obras
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