Del primer Conmonitorio de san Vicente de Lerins, presbítero
¿Es posible que se dé en la Iglesia un progreso en los conocimientos religiosos?
Ciertamente que es posible y la realidad es que este progreso se da.
En efecto, ¿quién envidiaría tanto a los hombres y sería tan enemigo de Dios
como para impedir este progreso? Pero este progreso sólo puede darse con la
condición de que se trate de un auténtico progreso en el conocimiento de la fe,
no de un cambio en la misma fe. Lo propio del progreso es que la misma cosa que
progresa crezca y aumente, mientras lo característico del cambio es que la cosa que
se muda se convierta en algo totalmente distinto. Es conveniente, por tanto,
que, a través de todos los tiempos y de todas las edades, crezca y progrese la
inteligencia, la ciencia y la sabiduría de cada una de las personas y del
conjunto de los hombres, tanto por parte de la Iglesia entera, como por parte de
cada uno de sus miembros.
Pero este crecimiento debe seguir su propia naturaleza, es decir, debe estar de
acuerdo con las líneas del dogma y debe seguir el dinamismo de una única e
idéntica doctrina. Que el conocimiento religioso imite, pues, el modo como
crecen los cuerpos, los cuales, si bien con el correr de los años se van
desarrollando, conservan, no obstante, su propia naturaleza. Gran diferencia hay
entre la flor de la infancia y la madurez de la ancianidad, pero, no obstante,
los que van llegando ahora a la ancianidad son, en realidad, los mismos que hace
un tiempo eran adolescentes. La estatura y las costumbres del hombre pueden
cambiar, pero su naturaleza continúa idéntica y su persona es la misma.
Los miembros de un recién nacido son pequeños, los de un joven están ya
desarrollados; pero, con todo, el uno y el otro tienen el mismo número de
miembros. Los niños tienen los mismos miembros que los adultos y, si algún
miembro del cuerpo no es visible hasta la pubertad, este miembro, sin embargo,
existe ya como en embrión en la niñez, de tal forma que nada llega a ser
realidad en el anciano que no se contenga como en germen en el niño.
No hay, pues, duda alguna: la regla legítima de todo progreso y la norma recta
de todo crecimiento consiste en que, con el correr de los años, vayan
manifestándose en los adultos las diversas perfecciones de cada uno de aquellos
miembros que la sabiduría del Creador había ya preformado en el cuerpo del
recién nacido.
Porque si aconteciera que un ser humano tomara apariencias distintas a las de su
propia especie, sea porque adquiriera mayor número de miembros, sea porque
perdiera alguno de ellos, tendríamos que decir que todo el cuerpo perece o bien
que se convierte en un monstruo o, por lo menos, que ha sido gravemente
deformado. Es también esto mismo lo que acontece con los dogmas
cristianos: las leyes de su progreso exigen que éstos se consoliden a través de
las edades, se desarrollen con el correr de los años y crezcan con el paso del
tiempo.
Nuestros mayores sembraron antiguamente en el campo de la Iglesia semillas de
una fe de trigo; sería ahora grandemente injusto e incongruente que nosotros,
sus descendientes, en lugar de la verdad del trigo legáramos a nuestra
posteridad el error de la cizaña.
Al contrario, lo recto y consecuente,- para que no discrepen entre sí la raíz y
sus frutos, es que de las semillas de una doctrina de trigo recojamos el fruto
de un dogma de trigo; así, al contemplar cómo a través de los siglos aquellas
primeras semillas han crecido y se han desarrollado, podremos alegrarnos de
cosechar el fruto de los primeros trabajos.
viernes, 5 de noviembre de 2021
El progreso del dogma
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