«En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir».
La pobreza o la riqueza de una persona no radica en la cantidad de bienes que tenga o no tenga, sino en la capacidad de compartir lo que mucho o poco que se tenga, porque la humildad y la pobreza del espíritu es algo que se adquiere con esfuerzo y con la ayuda de la Gracia.
Cuando no sólo mezquinamos nuestros bienes materiales, sino que también mezquinamos nuestros bienes espirituales, ahí nos damos cuenta de la capacidad de compartir y de amar que tiene una persona.
“No sólo amar, sino amar hasta que duela” decía la Madre Teresa, y esa es la medida del compartir, no sólo compartir lo que me sobra o lo que ya no uso, sino aquello que me gusta y que no me sobra, pero, sobre todo, compartir mi tiempo con el que lo necesita, dar de mi tiempo y de mis valores para aquellos que lo necesitan. Pero, para eso debo tener un corazón que no sólo esté mirando mi ombligo, sino que aprenda a mirar hacia adelante y al frente, donde están mis hermanos, ver sus necesidades y poder brindarme sin que ellos tengan que venir a pedirme algo.
Cuando el corazón del cristiano está libre de sí mismo tiene la capacidad de ver las necesidades de los hermanos y salir, como María al encuentro de su prima Isabel, con prontitud y disponibilidad de ayudar, de dar una mano aún sin que el otro lo pida o lo demuestre.
La pobreza espiritual me ayuda a no caer en el egoísmo y la vanidad espiritual que nos llevan a sentirnos más que los demás, sino que, sabiendo los dones que el Señor nos ha regalado, poder compartirlo con el resto de mis hermanos. Saber que los dones, como el amor que el Señor nos ha dado sólo crecen en la medida que lo entregamos, en caso contrario se vuelven en nuestra contra porque nos creemos ricos de bienes, y de ahí a la soberbia espiritual hay un solo paso, sabiendo que la soberbia no es fruto del Espíritu Santo, sino que es el fruto de aquello que no han sabido recorrer el Camino que Jesús nos enseñó, y dejándonos tentar hemos sucumbido a otras enseñanzas…
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