De una Carta escrita por Conrado de Marburgo, director espiritual de santa Isabel
Pronto Isabel comenzó a destacar por sus virtudes, y, así
como durante toda su vida había sido consuelo de los pobres, comenzó luego a ser
plenamente remedio de los hambrientos. Mandó construir un hospital cerca de uno
de sus castillos y acogió en él gran cantidad de enfermos e inválidos; a todos
los que allí acudían en demanda de limosna les otorgaba ampliamente el beneficio
de su caridad, y no sólo allí, sino también en todos los lugares sujetos a la
jurisdicción de su marido, llegando a agotar de tal modo todas las rentas
provenientes de los cuatro principados de éste, que se vio obligada finalmente a
vender en favor de los pobres todas las joyas y vestidos lujosos.
Tenía la costumbre de visitar personalmente a todos sus
enfermos, dos veces al día, por la mañana y por la tarde, curando también
personalmente a los más repugnantes, a los cuales daba de comer, les hacia la
cama, los cargaba sobre sí y ejercía con ellos muchos otros deberes de
humanidad; y su esposo, de grata memoria, no veía con malos ojos todas estas
cosas. Finalmente, al morir su esposo, ella, aspirando a la máxima perfección.
me pidió con lágrimas abundantes que le permitiese ir a mendigar de puerta en
puerta.
En el mismo día del Viernes santo, mientras estaban denudados
los altares, puestas las manos sobre el altar de una capilla de su ciudad, en la
que había establecido frailes menores, estando presentes algunas personas,
renunció a su propia voluntad, a todas las pompas del mundo y a todas las cosas
que el Salvador, en el Evangelio. aconsejó abandonar. Después de esto, viendo
que podía ser absorbida por la agitación del mundo y por lá gloria mundana de
aquel territorio en el que, en vida de su marido, había vivido rodeada de boato,
me siguió hasta Marburgo, aun en contra de mi voluntad; allí, en la ciudad, hizo
edificar un hospital, en el que dio acogida a enfermos e inválidos, sentando a
su mesa a los más míseros y despreciados.
Afirmo ante Dios que raramente he visto una mujer que a una
actividad tan intensa juntara una vida tan contemplativa, ya que algunos
religiosos y religiosas vieron más de una vez como, al volver de la intimidad de
la oración, su rostro resplandecía de un modo admirable y de sus ojos salían
como unos rayos de sol.
Antes de su muerte la oí en confesión, y, al preguntarle cómo
había de disponer de sus bienes y de su ajuar, respondió que hacía ya mucho
tiempo que pertenecía a los pobres todo lo que figuraba como suyo y me pidió que
se lo repartiera todo, a excepción de la pobre túnica que vestía y con la que
quería ser sepultada. Recibió luego el cuerpo del Señor y después estuvo
hablando hasta la tarde, de las cosas buenas que había oído en la predicación;
finalmente habiendo encomendado a Dios con gran devoción a todos los que la
asistían, expiró como quien se duerme plácidamente.
viernes, 19 de noviembre de 2021
Reconoció y amó a Cristo en los pobres
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