De las Cartas de Sulpicio Severo
Martín conoció con mucha antelación su muerte y anunció a sus
hermanos la proximidad de la disolución de su cuerpo. Entretanto, por una
determinada circunstancia, tuvo que visitar la diócesis de Candes. Existía en
aquella iglesia una desavenencia entre los clérigos, y, deseando él poner paz
entre ellos, aunque sabía que se acercaba su fin, no dudó en ponerse en camino,
movido por este deseo, pensando que si lograba pacificar la Iglesia sería éste
un buen colofón a su vida.
Permaneció por un tiempo en aquella población o comunidad,
donde había establecido su morada. Una vez restablecida la paz entre los
clérigos, cuando ya pensaba regresar a su monasterio, de repente empezaron a
faltarle las fuerzas; llamó entonces a los hermanos y les indicó que se acercaba
el momento de su muerte. Ellos, todos a una, empezaron a entristecerse y a
decirle entre lágrimas:
«¿Por qué nos dejas, padre? ¿A quién nos encomiendas en
nuestra desolación? Invadirán tu grey lobos rapaces; ¿quién nos defenderá de sus
mordeduras, si nos falta el pastor? Sabemos que deseas estar con Cristo, pero
una dilación no hará que se pierda ni disminuya tu premio; compadécete más bien
de nosotros, a quienes dejas.»
Entonces él, conmovido por este llanto, lleno como estaba siempre
de entrañas de misericordia en el Señor, se cuenta que lloró también; y, vuelto
al Señor, dijo tan sólo estas palabras en respuesta al llanto de sus hermanos:
«Señor, si aún soy necesario a tu pueblo, no rehuyo el trabajo;
hágase tu voluntad.»
¡Oh varón digno de toda alabanza, nunca derrotado por las
fatigas ni vencido por la tumba, igualmente dispuesto a lo uno y a lo otro, que
no tembló ante la muerte ni rechazó la vida! Con los ojos y las manos
continuamente levantados al cielo, no cejaba en la oración; y como los
presbíteros, que por entonces habían acudido a él, le rogasen que aliviara un
poco su cuerpo cambiando de posición, les dijo:
«Dejad, hermanos, dejad que mire al cielo y no a la tierra, y
que mi espíritu, a punto ya de emprender su camino, se dirija al Señor.»
Dicho esto, vio al demonio cerca de él, y le dijo:
«¿Por qué estás aquí, bestia feroz? Nada hallarás en mí,
malvado; el seno de Abraham está a punto de acogerme.»
Con estas palabras entregó su espíritu al cielo. Martín,
lleno de alegría, fue recibido en el seno de Abraham; Martín pobre y humilde
entró en el cielo, cargado de riquezas.
jueves, 11 de noviembre de 2021
Martín de Tours, pobre y humilde
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