jueves, 31 de octubre de 2019

Quien podrá separarnos del Amor de Dios?

"Pero en todo esto vencemos de sobra gracias a aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor".
San Pablo pudo comprobar en su propia carne y, sobre todo, en su propia vida y espíritu que no hay nada más importante que la fidelidad al Señor, aunque eso le cueste tanto padecer y tanta entrega continua. Su conversión al llamado de Jesús cambió radicalmente su vida y, con el paso del tiempo, fue comprobando que nada había más importane para él que estar junto al Señor y ser fiel a la misión que Él le había encomendado. Su relación con Jesús se fue haciendo, cada día, más intensa y profunda hasta llegar a decir: "ya no soy yo quien vive en mí, sino que es Cristo quien vive en mí".
Es así que sólo en una relación así se puede decir:
"Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no se rservó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién condenará? ¿Acaso Cristo Jesús, que murió, más todavía, resucitó y está a la derecha de Dios, y que además intercede por nosotros? ¿Quién nos separará del amor de Cristo?: ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?".
Y podríamos decirle a Pablo: ¿quién puede separarnos del amor de Cristo? Nosotros mismos, cuando no estamos totalmente enraizados en Su Amor, somos nosotros mismos quienes nos separamos de Él porque, muchas veces, no entendemos su forma de actuar, sus exigencias, sus respuestas a nuestras preguntas, sus silencios... hay tantas cosas que no entendemos de Dios que eso nos impide llegar a entregar nuestra vida por completo, como lo hizo Pablo.
Es que no siempre tenemos tiempo suficiente para dialogar con el Señor, para que nuestra relación sea continua y profunda, y por eso no llegamos a amar con todo nuestro ser, con toda nuestra alma y entendimiento, al Señor, Nuestro Dios. Son muchas las preguntas que nos quedan sin respuestas, y son muchas las oscuridades que no nos dejan ver la Luz del Espíritu, por eso siempre habrá algo que nos separe del Amor de Dios, simplemente porque no llegamos a concerlo verdaderamente, porque nuestra relación con el Padre no ha llegado a ser profunda, confiada y sicnera.

miércoles, 30 de octubre de 2019

No sabemos orar

"El Espíritu acude en ayuda de nuestra debilidad, pues nosotros no sabemos pedir como conviene; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables. Y el que escruta los corazones sabe cuál es el deseo del Espíritu, y que su intercesión por los santos es según Dios".
"No sabemos pedir como conviene", se podría pensar que nuestra oración siempre tiene que ser de pedido, pedir a Dios tal cosa o tal otra, y así lo convertimos al Señor en un empleado de supermercado que tiene que estar a nuestra disposición para satisfacer nuestras necesidades, o para que nos envío lo que queremos.
Y es ahí donde comenzamos a fallar, porque la oración no sólo es un pedido o un clamor al Señor, sino que la oración es un diálogo de amor con nuestro Padre, con nuestro Hermano, con nuestra Madre, con el Espíritu. La oración es un hablar y dejar hablar, y, como dice san Pablo es un escuchar al Espíritu pues él sabe lo que necesitamos, pues viene en nuestra ayuda: "su intercesión por los santos es según Dios".
"Los santos", aunque no lo crean, somo nosotros. Cuando Pablo habla de los santos en sus cartas, no son los santos canonizados, sino que habla de los que forman parte de las comunidades cristianas, porque hemos sido santificados por el Espíritu Santo que se nos ha dado el día de nuestro bautismo. Claro que, muchas veces, no tenemos en cuenta esa realidad: somos santos, y por eso tenemos que actuar como tales.
Por que el Espíritu nos ha dado una vida nueva y esa vida nueva tiene que realizarse y evidenciarse en el mundo, en el día a día:
"Porque a los que había conocido de antemano los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que él fuera el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, los llamó; a los que llamó, los justificó; a los que justificó, los glorificó".
O, como dice, también, san Pablo: "hemos sido elegidos desde antes de la creación del mundo para ser santos e irrprochables, en su presencia, por el amor".
Es así que, el Espíritu que habita en nosotros, sabe cuál es nuestra verdadera identidad, sabe cuál es nuestra Vida Nueva, e itnenta, por todos los medios, hablar en nosotros y por nosotros, para que alcancemos la perfección. Pero, cuando no lo escuchamos o no lo dejamos hablar, porque estamos muy preocupados por nuestras propias necesidades, entonces, pareciera que el Señor no nos escucha, que Dios hace oídos sordos a nuestras oraciones, y, en realidad, Dios quiere que lo escuchemos para que podamos saber hacia dónde ir y cómo llegar.
Por eso, el silencio en la oración es esencial, pues en el silencio habla el Espíritu y nos comunica lo que el Padre quiere para nosotros, y nos da lo que el Padre tiene para nosotros.

martes, 29 de octubre de 2019

Perseverar o no perseverar, esa es la cuestión

"Pues hemos sido salvados en esperanza. Y una esperanza que se ve, no es esperanza; efectivamente, ¿cómo va a esperar uno algo que ve?
Pero si esperamos lo que no vemos, aguardamos con perseverancia".
Aguardar con perseverancia ¡qué difícil! En los tiempos que vivimos, tener que esperar algo nos produce ansiedad, porque la mayoría de las cosas las obtenemos cuando queremos y en el momento que deseamos, más ahora con Amazon y cualquier otra aplicación, podemos pedir las cosas y llegan al otro día o a los dos días, cuanto mucho. Y lo mismo sucede con los supermercados que atienden "on line", podemos hacer el pedido por internet sin tener que movernos de casa. Pero, también es cierto que con internet se nos van perdiendo los contactos con las personas, el gusto de ir por las góndolas o estanterías revisando y mirando todo lo que hay, y comprar lo que no necesitamos, hablar con la vecina o saludos a alguien que no sabs quién es pero que crees conocer...
Pero, volvamos a la perseverancia de la que nos habla Pablo. No siempre, en la vida espiritual obtenemos lo que queremos en el momento que quermos. No tenemos una línea directa con el creador para que nos mande lo que queremos en el momento que lo necesitamos. O mejor dicho, sí tenemos una línea directa con el Padre, pero no simepre nos manda lo que queremos cuando queremos, sino que nos lo envía cuando lo necesitamos verdaderamente, y cuando sabe que realmente lo vamos a utilizar como corresponder.
No le gusta a nuestro Padre darnos cosas que vamos a guardar y no vamos a utilizar. Por eso, nos dice Jesús, que la fe es como un granito de mostaza, algo tan pequeñito que ni siquiera se ve, o que se puede perder en cualquier momento, como aquellas cosas que nos han regalado y no sabemos dónde la hemos puesto, y cuando la necesitamos tenemos tenemos que revolver toda la casa para encontrarla.
Y, también, la fe es algo que no vemos, como la esperanza. Creemos en lo que no vemos y esperamos en lo que no vemos, pero nos bata la Fe, repetimos muchas veces, aunque, en realidad no creamos que nos basta la fe, porque cuando realmente tenemos que aceptar lo que el Padre nos pide o lo que el Padre no nos da, nos sumimos en la tristeza de no saber si creer o no en Dios.
La ansiedad en la que estamos sumidos sin saberlo, es la ansiedad que no nos deja esperar con perseverancia, o que no nos deja creer con confianza. Si superásemos la ansiedad del mundo veremos cómo la fe y la esperanza dan un brillo nuevo a nuestra vida, y con confianza y perseverancia podemos alcanzar lo que el Padre espera de nosotros, y lo que la creación toda espera de cada uno de los hijos de Dios.

lunes, 28 de octubre de 2019

Como me envió mi Padre, así os envío Yo

Del Comentario de san Cirilo de Alejandría, obispo, sobre el evangelio de san Juan

    Nuestro Señor Jesucristo instituyó a aquellos que habían de ser guías y maestros de todo el mundo y administradores de sus divinos misterios, y les mandó que fueran como astros que iluminaran con su luz no sólo el país de los judíos, sino también a todos los países que hay bajo el sol, a todos los hombres que habitan la tierra entera. Es verdad lo que afirma la Escritura: Nadie se arroga este honor; sólo lo toma aquel que es llamado por Dios. Fue, en efecto, nuestro Señor Jesucristo el que llamó a sus discípulos a la gloria del apostolado, con preferencia a todos los demás.
    Aquellos bienaventurados discípulos fueron columnas y fundamento de la verdad; de ellos afirma el Señor que los envía como el Padre lo ha enviado a él, con las cuales palabras, al mismo tiempo que muestra la dignidad del apostolado y la gloria incomparable de la potestad que les ha sido conferida, insinúa también, según parece, cuál ha de ser su estilo de obrar.
    En efecto, si el Señor tenía la convicción de que había de enviar a sus discípulos como el Padre lo había enviado a él, era necesario que ellos, que habían de ser imitadores de uno y otro, supieran con qué finalidad el Padre había enviado al Hijo. Por esto, Cristo, exponiendo en diversas ocasiones las características de su propia misión, decía: No he venido a invitar a los justos a que se arrepientan, sino a los pecadores. Y también: He bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino para cumplir la voluntad de aquel que me ha enviado. Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo por medio de él.
    De este modo resume en pocas palabras la regla de conducta de los apóstoles, ya que, al afirmar que los envía como el Padre lo ha enviado a él, les da a entender que su misión consiste en invitar a los pecadores a que se arrepientan y curar a los enfermos de cuerpo y de alma, y que en el ejercicio de su ministerio no han de buscar su voluntad, sino la de aquel que los ha enviado, y que han de salvar al mundo con la doctrina que de él han recibido. Leyendo los Hechos de los apóstoles o los escritos de san Pablo, nos damos cuenta fácilmente del empeño que pusieron los apóstoles en obrar según estas consignas recibidas.

domingo, 27 de octubre de 2019

Bullyng espiritual

"En aquel tiempo, Jesús dijo esta parábola a algunos que se confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás..."
Hoy en día es algo muy común despreciar a los demás, se ha hecho algo muy normal y, muchas veces hasta lógico. Sí, aunque haya grandes actividades para desterrar de nuestra sociedad el bullyng, pero que, en realidad, es lo que los más pequeños han aprendido de los mayores: el desprecio por los que no son como ellos, lo que les da derecho a la burla, el chiste, el juzgar y el condenar.
El ejmplo que Jesús nos pone en la parábola, del fariseo y del publicano, es lo que vemos todos los días, más en los tiempos que vivimos, de las elecciones, donde cada uno intenta desautorizar al otro a base de, quizás, verdades, o mentiras. Pero, de un modo o de otro, se intenta dejar "por el suelo" a quien considero mi adversario. Y eso es una "ley" ya aprobada por casi toda la sociedad.
El fariseo había aprendido que tenía que ser bueno, que tenía que cumplir con lo que la ley le decía, y lo hacía, y eso está bien. Pero no por creer que soy bueno y cumplir con lo que debo, puedo ponerme al lado del otro y decir que el otro es malo porque no vive como yo.
Además, en esta realidad tenemos que mirar que, a la vanidad, se le une el apetito de poder, porque, en definitiva, quiero poder ser más que los demás y eso es para agrandar mi orgullo, y creerme mejor porque sé juzgar bien a los demás. Lo cual se une a un desprecio por, vuelvo a repetir, los que no son como yo, que soy tan bueno y sé hacer tan bien las cosas.
Por eso, Dios, por medio de san Pablo, nos llama a considerar que todos tenemos un combate que realizar, un combate frente a nuestra humanidad que "no nos deja hacer el bien que debemos, sino que nos lleva a hacer el mal que queremos". Claro que, como decimos muchas veces, "lo hago inconscientemente". Y, por eso mismo, tenemos que traer a nuestra consciencia nuestro mal actuar, para poder actuar mejor.
La espina que el pecado ha dejado en nosotros es la que tenemos que reconocer para saber cómo actuar, cómo defendernos ante el pecado que acecha en nuestro interior. Decía anoche, cuando la analítica me dice que soy diabético, entonces tengo que cuidarme del azúcar si no quiero perjudicar mi salud. Si lo llevamos al orden espiritual, tengo que saber cuáles son mis pecaados más recurrentes para saber cómo actuar cuando esté por cometerlos, porque si los cometo daño mi salud espiritual. Y ahí tengo bastante para luchar conmigo mismo, y no me dará tiempo para ir buscando la paja en el ojo ajeno.

sábado, 26 de octubre de 2019

Mas gracias o menos gracias

"Jesús resoondió:
«¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos porque han padecido todo esto? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. O aquellos dieciocho sobre los que cayó la torre de Siloé y los mató, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera».
¿Por qué Jesús nos asusta con esas predicciones? Porque realmente, a veces, parece que quisiera asustarnos con el castigo y con las desgracias que suceden.
Y creo que sí, creo que quiere asustarnos para que no nos sucedan las mismas cosas, pero no que no nos sucedan esas desgracias que suelen ocurrir a cualquier hijo de vecino, sino que no nos suceda que por que no nos sucede nada somos mejores que otros. Porque lo peor que nos puede pasar es que nos creamos mejores que los demás y se nos "suban los humos a la cabeza" creyendo que mi vida es la mejor.
A veces, como nos dejamos llevar por el refranero popular, creemos que las desgracias le suceden a los malos, y sabemos que eso no es verdad. Por eso, también decimos: ¿por qué estas cosas no le pasan a los malos, sino siempre a los buenos? Es otra forma de desear el mal a la gente, y tampoco puede ser que eso sea así.
¿Por qué suceden las cosas? ¿Por qué hay enfermedades? ¿Por qué muere gente joven? Yo, no se la respuestas, pero sí se la forma de mirar la vida desde la perspectiva de Dios, porque las cosas en este mundo suceden por una razón, por una causa y, muchas veces, no sabemos el por qué.
Pero sí mirando a Jesús podemos encontrar un sentido a lo que nos ocurre. Por ejemplo, cuando decimos: ¿por qué me tengo que llevar esta Cruz si yo siempre he rezado y e ido a misa, si soy buen cristiano? Y, Jesús ¿era malo? ¿Era Jesús una mala persona y por eso tuvo que cargar la Cruz y morir en ella? No, no era una mala persona, era el Hijo de Dios, pero asumió en su cuerpo nuestra culpa, nuestro pecado, para poder dar muerte con su cuerpo y en la Cruz, a lo que nos alejaba del Padre Dios, y así, resucitando de entre los muertos nos dio una Nueva Vida: ser hijos de Dios.
Así, nuestras cruces y dolores pueden ser transformadas en fuente de Gracias para quien las necesite, y aquello que considerábamos una desgracia, se transforma en una Gracia para la Vida.
Por eso Jesús nos anima, no nos asusta, sino que quiere que vivamos con la mirada puesta en el Corazón del Padre que nos invita a vivir en su Gracia, sin mirar para los lados y juzgar si estos tienen que llevar tal cruz o estos no tienen que llevarla. Sino que, llevando nuestra propia cruz de cada día, ser instrumentos de salvación para quienes lo necesiten.

viernes, 25 de octubre de 2019

Pecado y Gracia, todo en uno

"Así pues, descubro la siguiente ley: yo quiero hacer lo bueno, pero lo que está a mi alcance es hacer el mal. En efecto, según el hombre interior, me complazco en la ley de Dios; pero percibo en mis miembros otra ley que lucha contra la ley de mi razón, y me hace prisionero de la ley del pecado que está en mis miembros.
¡Desgraciado de mi! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? ¡Gracias a Dios, por Jesucristo nuestro Señor!"
Es cierto que en nuestra vida siempre habrá pecado, y siempre intentaremos salirnos de la Ley de Dios para vivir según nuestro criterio. San Pablo tiene perfecta conciencia de que es así, pues el pecado original ha dejado esa "espina" en el alma y, aunque quisiéramos no podemos alejarnos de él.
Es cierto también que tenemos que tener muy en claro cuál es la Voluntad de Dios y que, cuando nos alejamos conscientemente de ella, estamos fuera de su Camino, y llegamos al pecado viviendo en contra de sus mandatos.
Es cierto, también, que, muchas veces, tenemos muy en claro qué es lo que tenemos que hacer y cómo hacerlo, pero no siempre tenemos la fuerza y la gracia para poder hacerlo y por eso tropezamos y caemos.
Por todo eso y por mucha más, san Pablo, nos quiere hacer tener en claro que el pecado no es propio de nosotros, que siempre estará en nosotros, y, por eso mismo el Señor en su infinito amor nos ha dejado el remedio para nuestro error, para nuestro pecado: el sacramento de la reconciliación, porque, sabiendo de nuestra debilidad, quería y quiso fortalecerla con su Gracia. Es así que ante la certeza de que pecaremos nos ha dejado el remedio, pues Él en la Cruz ha matado al pecado y nos ha dado la Vida Nueva en la Gracia.
Pero, claro, esa Gracia que nos salva y nos renueva es la que tenemos que conseguir yendo hacia Él, volviendo a Él, recibiendo el perdón de nuestros pecados, pero también con la necesaria actitud de conversión, de búsqueda de la fortaleza para no caer. Porque no es cuestión de que, por saber que tenemos el remedio, dejarnos caer voluntariamente pues después Cristo nos salva.
Tiene que haber en nosotros una firma convicción de que nuestra vida es una vida en la Gracia y no una vida en el pecado, que, aunque sabemos que el pecado habita en nosotros, también el Espíritu Santo habita en nosotros, y tenemos que dejar que sea Él quien ilumine y nos ayude a discernir y desear lo que es bueno y mejor en nuestras vidas.

jueves, 24 de octubre de 2019

El dolor del pecado nos lleva a la Gracia

"Pues cuando erais esclavos del pecado, erais libres en lo que toca a la justicia. ¿Y qué frutos obteníais entonces? Cosas de las que ahora os avergonzáis, porque conducen a la muerte.
Ahora, en cambio, liberados del pecado y hechos esclavos de Dios, dais frutos para la santidad que conducen a la vida eterna".
San Pablo le está hablando a los romanos del fruto de la conversión. Una comunidad que se ha encontrado con el Don de la Fe en Jesucristo y que tiene que reconocer sus errores del antiguo caminar. Errores que, cuando uno los advierte, se avergüenza de haberlos cometido, y, por eso, hay que dar gracias a Dios, de haber podido encontrar un camino nuevo, libres del pecado para dar frutos de santidad que conducen a la vida eterna.
Pero no hablemos solo de una vida eterna en la eternidad, sino de una vida eterna en nuestro día a día, porque esa eternidad a la que esperamos llegar, es la eternidad que tenemos que vivir día a día, aquí en la tierra, pues por eso mismo rezamos cada: venga a nosotros Tu Reino, hágase Tu Voluntad en la tierra como en el Cielo.
Cuando descubramos que la "esclavitud a la Voluntad de Dios" es la esclavitud que nos libera, vamos a encontrar el Camino perfecto hacia la Bienaventuranza que tanto anhelamos, pues, aunque el Camino pueda ser duro siempre será el mejor Camino, porque caminamos en Cristo, por Cristo y con Cristo.
Así san Pablo nos hace mirar un poco hacia atrás, no para quedarnos anclados en el pasado, sino para aprender de nuestros propios errores que, en un momento de nuestra vida, aunque nos parecían grandes y libres decisiones, pero que, en el fondo nos cubrieron de amargura y de vergüenza porque no sabíamos lo que hacíamos, o habían dicho que lo que estábamos haciendo era lo correcto.
Y llegó Jesús para poner Luz sobre nuestras vidas y enseñarnos el Camino correcto hacia la Paz y el gozo del alma. Un Camino que enciende los corazones con el fuego del Espíritu Santo que viene a quemar todo lo malo que deja el pecado original en nuestras vidas, y nos renueva, cada día con sus Dones, para que sigamos encendiendo la tierra que pisamos; sabiendo, por supuesto, que no todos entenderán y aceptarán los cambios que Jesús produce en nuestras vidas, pero caminamos seguros porque Él es quien nos pide Fidelidad a la Vida que nos ha dado en el Espíritu.
Dichoso el hombre
que no sigue el consejo de los impíos,
ni entra por la senda de los pecadores,
ni se sienta en la reunión de los cínicos;
sino que su gozo es la ley del Señor,
y medita su ley día y noche.

miércoles, 23 de octubre de 2019

Esclavos o libres

"¿No sabéis que, al ofreceros a alguien como esclavos para obedecerle, os hacéis esclavos de aquel a quien obedecéis: bien del pecado, para la muerte, bien de la obediencia, para la justicia?
Pero gracias sean dadas a Dios, porque erais esclavos del pecado, mas habéis obedecido de corazón al modelo de doctrina al que fuisteis entregados; liberados del pecado, os habéis hecho esclavos de la justicia".
Para poder comprender estas palabras de san Pablo, acordémonos de otras que son parecidas y que nos dan ejemplo para que no temamos ante estas afirmaciones:
"He aquí la Esclava del Señor, que se haga en mí según tu palabra", dijo María al Ángel el día de la Anunciación.
Ser esclavos nos suena a épocas antiguas, y nos hace pensar en que tenemos que rechazar toda esclavitud, porque es signo de opresión. Por eso, san Pablo, nos habla de que tenemos que pensar a quién entregamos nuestra vida, porque, en realidad, siempre nos esclavizamos a algo o a alguien. En otras palabras se podría decir que siempre necesitamos estar "ligados", unidos a algo o a alguien para poder tener un sentido en nuestras vidas.
Mientras no encontramos ese sentido, ese alguien o ese algo, estamos "picoteando" en todas partes buscando algo o alguien que le de sentido a nuestra vida, y hasta que no lo encontramos no dejamos de probar todo lo que se nos cruza en el camino. Es que es así nuestra humanidad: Dios al crearnos nos ha dejado un deseo de estar unidos a Él, pero no siempre nos damos cuenta que nuestra vida es de Él, que a Él pertenecemos y a Él volveremos, y por eso la mirada de todo nuestro ser está puesta en el Horizonte Final, pero no siempre reconocemos cuál es.
La búsqueda de sentido del hombre ha sido siempre lo que lo ha mantenido en vela y vigliante, en cristiano le llamaríamos encontrar nuestra propia vocación, para poder alcanzar la plenitud de nuestra vida. "Nos hiciste para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti", decía san Agustín, y es lo que siente el corazón del hombre y cuando no reconoce a Dios, siempre busca otros dioses a los que aferrarse para que pueda descansar y encontrarse.

martes, 22 de octubre de 2019

La comunión de los santos, nuestra comunión

"En resumen, lo mismo que por un solo delito resultó condena para todos, así también por un acto de justicia resultó justificación y vida para todos".
Cuando en el Credo decimos: creo en la comunión de los santos, estamos hablando de esto: que todo lo que hagamos bueno o malo repercute en los demás, estamos todos unidos por un mismo espíritu y por eso, sobre todo desde el bautismo, nuestra vida y nuestros actos están unidos a todos nuestros hermanos en la fe. Somos una gran cadena del Espíritu que nos ayuda a vivir en la Gracia, y a buscar, desde la oración y el sacrificio, la santificación de todo el Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia.
Por eso mismo la vida comunitaria es el mejor vínculo para llevar a cabo la "comunión de los santos", porque no sólo se refiere a que estamos en comunión con los que ya no están, sino que tenemos que estar en comunión con los que compartimos la misma fe, los que hemos sido santificados por el Espíritu Santo que se nos ha dado el día de nuestro bautismo.
Así la vida comunitaria es un Don que el Señor nos ha regalado y un Don que tenemos que cultivarlo contínuamente para que nos ayude a crecer en santidad. También es cierto que es un Don que conlleva una gran responsabilidad pues debe manifestar aquello que nos dijo el mismo Jesús: "en esto conoceréis que sois mis discípulos: en la medida que se amen unos a otros". Y es el Amor (y sí, otra vez) el único referente de nuestra Vida en Cristo, pero un Amor que se manifiesta en comunidad, con todos los que formamos el Cuerpo de Cristo: nuestra comunidad: familia, parroquia, ciudad..., desde la más pequeña a la más grande.
Por eso, también es cierto, que es lo que más nos va a costaar cultivar, porque Satanás siempre estará atento para que no podamos llegar a amarnos como Jesús nos amó, pues siempre estará incitando a algunos a hablar mal de los otros, a buscar siempre la paja en el ojo ajeno, a sembrar cizaña en los corazones, y a no permitir que realicemos lo que tanto queremos: la comunidad.
Por eso mismo el Señor siempre nos quiere mantener atentos y vigilantes:
"Tened ceñida vuestra cintura y encendidas las lámparas. Vosotros estad como los hombres que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame".
No sólo estar atentos por que llegará el día en que Él nos venga a buscar, sino también, porque todos los días recibimos las tentaciones para destruir lo que Él sembró y quiere cosechar.

lunes, 21 de octubre de 2019

La Eucaristía nos santifica

Del Tratado de san Fulgencio de Ruspe, obispo, Contra Fabiano

    Cuando ofrecemos nuestro sacrificio realizamos aquello mismo que nos mandó el Salvador; así nos lo atestigua el Apóstol, al decir: Jesús, el Señor, en la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y, después de pronunciar la Acción de Gracias, lo partió y dijo: «Éste es mi cuerpo, que se da por vosotros. Haced esto en memoria mía.» Lo mismo hizo con la copa después de la cena, diciendo: «Esta copa es la nueva alianza que se sella con Mi sangre. Cada vez que la bebáis hacedlo en memoria mía.» Porque cuantas veces coméis de este pan y bebéis de este cáliz, vais anunciando la muerte del Señor hasta que él venga.
    Nuestro sacrificio, por tanto, se ofrece para anunciar la muerte del Señor y para reavivar, con esta conmemoración, la memoria de aquel que por nosotros entregó su propia vida. Ha sido el mismo Señor quien ha dicho: Nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos. Y porque Cristo murió por nuestro amor, cuando hacemos conmemoración de su muerte en nuestro sacrificio pedimos que venga el Espíritu Santo y nos comunique el amor; suplicamos fervorosamente que aquel mismo amor que impulsó a Cristo a dejarse crucificar por nosotros sea infundido por el Espíritu Santo en nuestros propios corazones, con objeto de que consideremos al mundo como crucificado para nosotros y nosotros sepamos vivir crucificados para el mundo; así, imitando la muerte de nuestro Señor, como Cristo murió al pecado de una vez para siempre, y su vida es vida para Dios, también nosotros vivamos una vida nueva, y, llenos de caridad, muertos para el pecado vivamos para Dios.
    El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado y la participación del cuerpo y sangre de Cristo, cuando comemos el pan y bebemos el cáliz, nos lo recuerda, insinuándonos, con ello, que también nosotros debemos morir al mundo y tener nuestra vida escondida con la de Cristo en: Dios, crucificando nuestra carne con sus concupiscencias y pecados.
    Debemos decir, pues, que todos los fieles que aman a Dios y a su prójimo, aunque no lleguen a beber el cáliz de una muerte corporal, deben beber, sin embargo, el cáliz del amor del Señor, embriagados con el cual, mortificarán sus miembros en la tierra y, revestidos de nuestro Señor Jesucristo, no se entregarán ya a los deseos y placeres de la carne ni vivirán dedicados a los bienes visibles, sino a los invisibles. De este modo, beberán el cáliz del Señor y alimentarán con él la caridad, sin la cual, aunque haya quien entregue su propio cuerpo a las llamas, de nada le aprovechará. En cambio, cuando poseemos el don de esta caridad, llegamos a convertirnos realmente en aquello mismo que sacramentalmente celebramos en nuestro sacrificio.

domingo, 20 de octubre de 2019

Encontrará fe?

"Y el Señor añadió:
«Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que claman ante el día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?».
Creo que en otras palabras se podría deccir: si le das a tu hijo todo lo que quiere en todo momento ¿educarás bien a tu hijo? ¿Harás de tu hijo un hombre obediente? O ¿sólo harás un niño malcriado que cree que lo puede tener todo sólo con pedirlo? Y ¿qué pasará el día que no puedas darle lo que pide? ¿Qué pasará el día que le tengas que pedir algo que él no quiera hacer, lo hará?
Hemos visto, muchas veces, y, quizás nos haya pasado a nosotros mismos, que hemos escuchado que tal santo o que tal oración lograban milagros. Y en momentos de cruz u oscuridad, nos hemos puesto manos a la obra con tal novena o hemos ido a ver a tal santo. Pero no ocurrió el milagro como queríamos. Y ahí fue el momento en donde nuestra fe decayó. Y, para mucha gente, ese momento fue el detonante para dejar de creer o para declarar que Dios no existe.
¿Dios tiene que hacer todos los milagros que yo le pida? ¿Dios tiene que estar a mi disposición para que a mí no me pase nada? La fe no es la tarjeta de crédito para ir a comprar lo que quiero a un supermercado. La fe es la fuerza que el Señor me ha regalado para poder caminar en la oscuridad, para mantenerme en pie ante el peso de la Cruz, para mirar hacia adelante y siempre ver con esperanza el futuro que me espera vivir. La fe no es para que en la vida no me ocurra nada malo, y todo me vaya bien.
Lamentablemente nuestra vida es finita, tiene un comienzo y un final, pero sólo para la vida terrena. La Fe nos ayuda a saber que nuestra vida no termina en el sepulcro sino que se transforma y pasamos a gozar de la eternidad en Dios. Por eso nada de lo que aquí nos ocurra nos debería quitar la Luz de la eternidad que brilla en nuestra corazón. Pero es algo que, día a día, tenemos que ir madurando a través de una relación filial con nuestro Padre Dios.
¿Dios hay días que me escucha y días que no me escucha? Incluso, dice algunos: Dios no me escucha nunca. Y no es verdad, Dios es un Padre amoroso que siempre está atento a nuestra voz, pero también es un Padre Justo y Pedagogo, que no malcría, sino que nos ayuda a encontrar un sentido y una salida a lo que vamos viviendo. Por eso nos ha dado las Escrituras y le don de la oración, para encontrar esa Luz y ese Camino que nos lleven a discernir y a vivir con confianza en cada momento de la vida.

sábado, 19 de octubre de 2019

Esperar con Fe

"Según está escrito: «Te he constituido padre de muchos pueblos»; la promesa está asegurada ante aquel en quien creyó, el Dios que da vida a los muertos y llama a la existencia lo que no existe. Apoyado en la esperanza, creyó contra toda esperanza que llegaría a ser padre de muchos pueblos, de acuerdo con lo que se le había dicho: «Así será tu descendencia".
San Pablo le habla a los romanos de la virtud de Abrahán, una virtud que Dios quiere que también nosotros tengamos, sobre todo, como Abrahán, en los momentos de mayor oscuridad. Porque es la Esperanza y la Fe, quienes nos iluminan cuando nada parece tener sentido o cuando no vemos un buen horizonte. Abrahán en todo momento creyó en el Dios que le hablaba y le pedía lo imposible, pero siempre obedeció firme en su fe, pues era su fe la que lo guiaba en todo los trayectos de la vida, y su mirada estaba en la esperanza que el Señor le daba, y, sabiendo que Su Palabra siempre se cumpliría.
Por eso, la esperanza que tenemos en nuestro Padre Dios, es una esperanza que no defrauda, porque sabemos Quién es el que hizo la promesa. Hoy en día, cuando hablamos de esperanza la asociamos a la esperanza humana, a la esperanza que nos dan las promesas humanas (sobre todo en tiempos electorales) y por eso no siempre nos llama a confiar y a dejarnos iluminar por esa esperanza.
Pero sabemos, de modo cierto que las Promesas del Padre se cumplen, claro está, que se cumplen en el momento oportuno y no cuando nosotros queremos, por eso tenemos que saber "esperar contra esperanza", porquue sólo cuando sea el momento oportuno en nuestras vidas, el Padre nos enviará lo necesario para continuar el camino.
Así tamibén nos los dice san Pablo cuando nos habla del momento de la salvación: "llegada la plenitud de los tiempos envió Dios a su Unigénito nacido de la Virgen". El Pueblo de Israel esperó por muchos siglos al Salvador, pero no siempre había estado dispuesto, y, aún así, cuando el Padre creyó que era el tiempo justo, el Pueblo no lo reconoció, pero sí aquellos que tenían el corazón necesitado de salvación.
En nuestra vida necesitamos volver a tener nuestra mirada puesta en la Palabra de Dios que es la que nos ilumina y enciende nuestra Esperanza en las Promesas del Salvador, y, sobre todo, es la palabra que fortalece nuestra Fe y nos ayuda a entender y comprender los tiempos de Dios en nuestras vidas.

viernes, 18 de octubre de 2019

El Señor viene detrás de sus predicadores

De las Homilías de san Gregario Magno, papa, sobre los Evangelios

    Nuestro Señor y Salvador, hermanos muy amados, nos enseña unas veces con sus palabras, otras con sus obras. Sus hechos, en efecto, son normas de conducta, ya que con ellos nos da a entender tácitamente lo que debemos hacer. Manda a sus discípulos a predicar de dos en dos, ya que es doble el precepto de la caridad, a saber, el amor de Dios y el del prójimo.
    El Señor envía a los discípulos a predicar de dos en dos, y con ello nos indica sin palabras que el que no tiene caridad para con los demás no puede aceptar, en modo alguno, el ministerio de la predicación.
    Con razón se dice que los envió delante de si por todas las aldeas y lugares que iba a visitar. En efecto, el Señor viene detrás de sus predicadores, ya que, habiendo precedido la predicación, viene entonces el Señor a la morada de nuestro interior, cuando ésta ha sido preparada por las palabras de exhortación, que han abierto nuestro espíritu a la verdad. En este sentido dice Isaías a los predicadores: Preparad el camino del Señor; enderezad las sendas para nuestro Dios. Por esto les dice también el salmista: Alfombrad el camino del que sube sobre el ocaso. Sobre el ocaso, en efecto, sube el Señor, ya que en el declive de su pasión fue precisamente cuando, por su resurrección, puso más plenamente de manifiesto su gloria. Sube sobre el ocaso, porque, con su resurrección, pisoteó la muerte que había sufrido. Por esto nosotros alfombramos el camino del que sube sobre el ocaso cuando os anunciamos su gloria, para que él, viniendo a continuación, os ilumine con su presencia amorosa.
    Escuchemos lo que dice el Señor a los predicadores que envía a sus campos: La mies es mucha, pero los operarios son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que envíe trabajadores a su mies. Por tanto, para una mies abundante son pocos los trabajadores; al escuchar esto, no podemos dejar de sentir una gran tristeza, porque hay que reconocer que, si bien hay personas que desean escuchar cosas buenas, faltan, en cambio, quienes se dediquen a anunciarlas. Mirad cómo el mundo está lleno de sacerdotes, y, sin embargo, es muy difícil encontrar un trabajador para la mies del Señor; porque hemos recibido el ministerio sacerdotal, pero no cumplimos con los deberes de este ministerio.
    Pensad, pues, amados hermanos, pensad bien en lo que dice el Evangelio: Rogad al Señor de la mies que envíe trabajadores a su mies. Rogad también por nosotros, para que nuestro trabajo en bien vuestro sea fructuoso y para que nuestra voz no deje nunca de exhortaras, no sea que, después de haber recibido el ministerio de la predicación, seamos acusados ante el justo Juez por nuestro silencio.

jueves, 17 de octubre de 2019

Mis obras, mi fe

Los "ayes" de Jesús hacia los fariseos y los maestros de la ley, no son sólo acusaciones hacia ellos (que sí lo son) sino también lamentaciones de un Dios que, habiendo elegido a un Pueblo para sí, para que propagase un Camino de Vida, se dejó llevar por el pecado y fue "prostituyendo" una Ley de Vida, porque fue cambiando su esencia con las prescripciones que se fueron dando después, de modo que al cumplir sus prescipciones anulaban la Ley y los Profetas.
Y así se quiere hacer hoy con el Evangelio: se quiere ir modificando, de acuerdo al correr de los tiempos del mundo, para (como dicen algunos) que haya más gente en las iglesias, pero dejando de lado lo esencial de nuestra fe.
¿Será acaso que tenemos que dejar de creer que la Palabra del Evangelio es Palabra de Dios? ¿Si realmente es Palabra de Dios, quién puede modificarla: un hombre?
"Por eso dijo la Sabiduría de Dios: "Les enviaré profetas y apóstoles: a algunos de ellos los matarán y perseguirá”; y así a esta generación se le pedirá cuenta de la sangre de todos los profetas derramada desde la creación del mundo; desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías, que pereció entre el altar y el santuario".
Hoy, en algunos países se quiere silenciar el evangelio matando cristianos, y esa es una realidad que no podemos dejar de pensar y, sobre todo, de rezar por aquellos hermanos que entregan su vida por defender el Evangelio. Y es una realidad que nos llama a nosotros a examinar nuestro modo de fidelidad al Evangelio. Porque, en realidad no matamos a los profetas, pero los silenciamos con nuestras faltas, con nuestra falta de compromiso con la Verdad, con el Evangelio. Los silenciamos con nuestra incoherencia diaria en decir que somos cristianos pero no vivimos como Cristo, pues nos dejamos llevar por el qué dirán, por la moda, por las ideas del mundo, sin tener en cuenta cuál es la Voluntad de Dios para mi vida, ni siquiera me examino de acuerdo a los mandamientos, ni tan sólo al mandamiento del Amor.
El otro día me pareció exagerado, pero después caí en la cuenta y me lo pregunto ¿cuántas familias cristianas estarán preparando sus casas para celebrar el Hallowen, la fiesta de las brujas? Y eso es sólo un detalle de nuestra falta de confianza en el cristianismo, en nuestra fe.
Porque son mis obras las que manifiestan mi fe, y si mis obras dicen tal cosa ¿puedo decir que estoy viviendo otra cosa?

miércoles, 16 de octubre de 2019

Nos queda claro?

San Pablo, en esta carta a los Romanos, no se anda con pocas palabras sino que les quiere hacer ver cuál es la respuesta de Dios a los actos de los hombres, sobre todo, comenzando por aquellos a quienes se les ha revelado primero la Verdad:
"Tú que te eriges en juez, seas quien seas, no tienes excusa, pues, al juzgar a otro, a ti mismo te condenas, porque haces las mismas cosas, tú que juzgas.
Sabemos que el juicio de Dios contra los que hacen estas cosas es según verdad".
Tenemos, los hombres (varones y mujeres), tanta arrogancia que, muchas veces, nos creemos dueños de la verdad y, por eso, nos creemos con derecho a juzgar todo lo que hacen los demás. Y, claro, con el juicio que hacemos siempre hay una condena sobre los demás. Es cierto, también, que podemos llegar a absolver las culpas de algunos, pero nuestro castigo para otros es mucho más duro que el castigo de Dios, pues nuestros juicios suelen ser sin misericordia.
"... ira y cólera a los porfiados que se rebelan contra la verdad y se rinden a la injusticia.
Tribulación y angustia sobre todo ser humano que haga el mal, primero sobre el judío, peto también sobre el griego; gloria, honor y paz para todo el que haga el bien, primero para el judío, pero también para el griego; porque en Dios no hay acepción de personas".
"Primero sobre el judío...", suena fuerte esta afirmación, pero no quiere san Pablo ser duro con judíos, simplemente porque sean judíos, sino que fueron ellos los que recibieron, por primera vez la Revelación por parte del profetas y la Ley. Y en este caso tendríamos que adaptar la palabra a nosotros, pues ahora que nosotros conocemos cuál es el modo de juzgar de Dios, y cómo es y ha sido y será su misericordia para con nosotros, entonces, tenemos que intentar ser como Él (aunque veamos que es muy difícil)
Incluso, Jesús, también nos ha venido advirtiendo sobre nuestro modo de juzgar a los demás. Ya nos decía Él: "con la medida con que juzgueis seréis juzgados", y en el Evangelio:
«¡Ay de vosotros, fariseos, que pagáis el diezmo de la hierbabuena, de la ruda y de toda clase de hortalizas, mientras pasáis por alto el derecho y el amor de Dios!
Esto es lo que había que practicar, sin descuidar aquello".
Para finalizar:
"Le replico un maestro de la ley:
«Maestro, diciendo eso nos ofendes también a nosotros».
Y él dijo:
«¡Ay de vosotros también, maestros de la ley, que cargáis a los hombres cargas insoportables, mientras vosotros no tocáis las cargas ni con uno de vuestros dedos!».
¿Nos queda claro o no?

martes, 15 de octubre de 2019

Acordémonos del Amor de Cristo

De las Obras de santa Teresa de Ávila, virgen

    Con tan buen amigo presente -nuestro Señor Jesucristo-, con tan buen capitán, que se puso en lo primero en el padecer, todo se puede sufrir. Él ayuda y da esfuerzo, nunca falta, es amigo verdadero. Y veo yo claro, y he visto después, que para contentar a Dios y que nos haga grandes mercedes quiere que sea por manos de esta Humanidad sacratísima, en quien dijo Su Majestad se deleita.
    Muy muchas veces lo he visto por experiencia; hámelo dicho el Señor. He visto claro que por esta puerta hemos de entrar, si queremos nos muestre la soberana Majestad grandes secretos. Así que no queramos otro camino, aunque estemos en la cumbre de contemplación; por aquí van mas seguros. Este Señor nuestro es por quien nos vienen todos los bienes. Él lo enseñará; mirando su vida, es el mejor dechado.
    ¿Qué más queremos que un tan buen amigo al lado, que no nos dejará en los trabajos y tribulaciones, como hacen los del mundo? Bienaventurado quien de verdad le amare y siempre le trajere cabe de sí. Miremos al glorioso san Pablo, que no parece se le caía de la boca siempre Jesús, como quien le tenía bien en el corazón. Yo he mirado con cuidado, después que esto he entendido, de algunos santos, grandes contemplativos, y no iban por otro camino: san Francisco, san Antonio de Padua, san Bernardo, santa Catalina de Siena.
    Con libertad se ha de andar en este camino, puestos en las manos de Dios; si su Majestad nos quisiere subir a ser de los de su cámara y secreto, ir de buena gana. Siempre que se piense de Cristo, nos acordemos del amor con que nos hizo tantas mercedes y cuán grande nos le mostró Dios en darnos tal prenda del que nos tiene: que amor saca amor. Procuremos ir mirando esto siempre y despertándonos para amar, porque, si una vez nos hace el Señor merced que se nos imprima en el corazón este amor, sernos ha todo fácil, y obraremos muy en breve y muy sin trabajo.

lunes, 14 de octubre de 2019

Debemos amonestarnos a nosotros mismos

De la carta de san Agustín, obispo, a Proba

    Deseemos siempre la vida dichosa y eterna, que nos dará nuestro Dios y Señor, y así estaremos siempre orando. Pero, con objeto de mantener vivo este deseo, debemos, en ciertos momentos, apartar nuestra mente de las preocupaciones y quehaceres que, de algún modo, nos distraen de él y amonestarnos a nosotros mismos con la oración vocal, no fuese caso que si nuestro deseo empezó a entibiarse llegara a quedar totalmente frío y, al no renovar con frecuencia el fervor, acabara por extinguirse del todo.
    Por eso, cuando dice el Apóstol: Presentad públicamente vuestras peticiones a Dios, no hay que entender estas palabras como si se tratara de descubrir a Dios nuestras peticiones, pues él continuamente las conoce, aun antes de que se las formulemos; estas palabras significan, más bien, que debemos descubrir nuestras peticiones a nosotros mismos en presencia de Dios, perseverando en la oración, sin mostrarlas ante los hombres por vanagloria de nuestras plegarias.
    Como esto sea así, aunque ya en el cumplimiento de nuestros deberes, como dijimos, hemos de orar siempre con el deseo, no puede considerarse inútil y vituperable el entregarse largamente a la oración, siempre y cuando no nos lo impidan otras obligaciones buenas y necesarias. Ni hay que decir, como algunos piensan, que orar largamente sea lo mismo que orar con vana palabrería. Una cosa, en efecto, son las muchas palabras y otra cosa el afecto perseverante y continuado. Pues del mismo Señor está escrito que pasaba la noche en oración y que oró largamente; con lo cual, ¿qué hizo sino darnos ejemplo, al orar oportunamente en el tiempo, aquel mismo que, con el Padre, oye nuestra oración en la eternidad?
    Se dice que los monjes de Egipto hacen frecuentes oraciones, pero muy cortas, a manera de jaculatorias brevísimas, para que así la atención, que es tan sumamente necesaria en la oración, se mantenga vigilante y despierta y no se fatigue ni se embote con la prolijidad de las palabras. Con esto nos enseñan claramente que así como no hay que forzar la atención cuando no logra mantenerse despierta, así tampoco hay que interrumpirla cuando puede continuar orando.
    Lejos, pues, de nosotros la oración con vana palabrería; pero que no falte la oración prolongada, mientras persevere ferviente la atención. Hablar mucho en la oración es como tratar un asunto necesario y urgente con palabras superfluas. Orar, en cambio, prolongadamente es llamar con corazón perseverante y lleno de afecto a la puerta de aquel que nos escucha. Porque con frecuencia la finalidad de la oración se logra más con lágrimas y llantos que con palabras y expresiones verbales. Porque el Señor recoge nuestras lágrimas en su odre y a él no se le ocultan nuestros gemidos, pues todo lo creó por medio de aquel que es su Palabra, y no necesita las palabras humanas.

domingo, 13 de octubre de 2019

Es de bien nacido ser agradecido

Tanto el libro de los Reyes como el Evangelio de este domingo nos muestran a dos personas agradecidas: Naamán el sirio y el hombre que tenía lepra que era de Samaría. Y nos preguntaremos ¿qué tiene eso de extraño? Es algo que nos pasa muy a menudo: sólo encontramos personas agradecidas a las que no son de nuestra casa o de nuestro país. Cuando nos creemos con derecho a usar todo lo que tenemos, ya sea en nuestra casa, en nuestra comunidad, en nuestra iglesia, en nuestra ciudad o país, entonces sólo decimos algo cuando no hay lo que buscamos. Pero mientras usamos de todo nunca se nos cruza por la cabeza dar las gracias, porque creemos que todo nos pertenece.
Por un lado es cierto que todo lo que está en mi casa me pertenece, pero no todo lo he conseguido o cuidado yo, sino que otros lo han puesto ahí por mí y para mí, y por eso mismo, o por el sólo hecho de poder tenerlo tengo que estar agradecido.
Pero también es cierto que cuando alguien hace algo por mí o para mí, generalmente, no escuchamos la palabra: gracias, por el servicio que me han prestado.
Y, no me cansaré de repetirlo: vivimos en una sociedad que está acostumbrada a tomar todo lo que quiere, pero sin agradecer nada. Tengo derecho a tomar lo que quiero ya sea en mi casa, en mi comunidad, en mi ciudad o país. ¿Y por qué tengo que dar las gracias?
Hay veces que no sabes qué responder, porque, por lo menos yo, vengo de una generación que sabía ser agradecida, porque nos lo enseñaron así: dar las gracias, pedir disculpas, decir por favor, saludar al entrar o al salir... Simples reglas de urbanidad, de convivencia que hoy parecen cosas de la prehistoria.
Por eso mismo el Señor nos lo pone como algo extraordinario para que tengamos en cuenta que lo ordinario puede perderse tanto que, a veces, parece algo extraordinario que lo hagan, y eso maravilla.
Es cierto que Dios no necesita de nuestro agradecimiento, quizás tampoco nuestros padres, o la gente que está a nuestro alrededor, pero agradecer por lo que tenemos, por lo que ponen a nuestro alcance, por lo que los demás hacen por y para nosotros, es lo que nos hace más personas, nos da un brillo particular, por que aprendemos a valorar todo, e, incluso, le damos valor a las personas que hacen las cosas para y por nosotros.

sábado, 12 de octubre de 2019

El Pilar de nuestra fe

"Pero él dijo:
«Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen».
No quiso Jesús que la bienaventuranza de María quedara sólo en un hecho físico, como el de ser madre, pues engendrar es un acto que cualquier mujer lo puede hacer, sino que quiso engrandecer a María porque Ella fue la Esclava del Señor, quien escuchando La Palabra obró en consecuencia.
Las palabras de María en el momento de su concepción virginal, no fueron palabras vacías y menos palabras sin consecuencias directas sobre su vida, pues en todo momento, desde Nazaret hasta el Calvariio se mantuvo fiel a la Voluntad de Dios.
Hoy nos toca a nosotros revisar nuestras vidas a la luz de la vida de María, pues Ella nos invita a hacer que nuestras palabras sean verdadera y lleven en sí un deseo constante de fidelidad a la Voluntad de Dios, pues, muchas veces, hablamos, simplemente porque tenemos esa capacidad, pero no pensamos cuando hablamos y por eso herimos, dañamos...
Y menos aún, en el algunos casos, nuestras palabras no expresan nuestro ser hijos de Dios, sino que sólo quieren "quedar bien" con el mundo en el que vivimos, y no son Luz para iluminar las oscuridades del pecado. Es cierto que nuestras palabras no tienen que ser de condena a los hombres, pero sí que, de acuerdo al Evangelio, tienen que ayudar a encontrar el Camino de la Salvación.
María desde el Pilar de Zaragoza ayudó a Santiago a encontrar la fortaleza necesaria para seguir con el mandato de Jesús: Id y enseñad todo lo que yo os he mandado, y así lo hizo. Y es así como hoy, María, una vez más nos ayuda a tomar fuerza en la Palabra, en la Eucaristía, para que seamos misioneros de la Palabra de Dios, con nuestra vida, con nuestros actos, con nuestra voz.
Cada uno desde su propio lugar ha de ser portador de la Buena Noticia de la Salvación, una Buena Nueva que tiene que traer la paz, la armonia, el respeto, la tolerancia, la justicia, la verdad, la fraternidad, para que verdaderamente seamos instrumentos de paz en un mundo dividio por ideología que no nos llevan a respetarnos ni a querernos como hermanos.

viernes, 11 de octubre de 2019

En nombre de quién actuamos?

"En aquel tiempo, habiendo expulsado Jesús a un demonio, algunos de entre la multitud dijeron:
«Por arte de Belzebú, el príncipe de los demonios, echa los demonios».
Otros, para ponerlo a prueba, le pedían un signo en el cielo. Él, conociendo sus pensamientos, les dijo:
«Todo reino dividido contra sí mismo va a la ruina y cae casa sobre casa. Si, pues, también Satanás se ha dividido contra si mismo, ¿cómo se mantendrá su reino?".
Cuando la manera de actuar o de dirigir no nos gusta buscamos algún argumento para poder destruir a quien tiene el "poder" o el mando de dirección, ya sea en la casa, en la familia, en el trabajo, en la comunidad, en la parroquia o en la diócesis. Las divisiones en una comunidad no la comienzan los de afuera, sino que son los que forman una comunidad (familia, iglesia, trabajo) quienes comienzan a sembrar la cizaña sobre el cabeza de comunidad, o sobre los mismos miembros.
Siempre habrá quien apoye a unos y quienes apoyen a otro, pero eso es por nuestr propia naturaleza y la sintonía de espíritu o forma de ser. Pero esa sintonía es aparente, porque en cuanto surge alguna directriz que no me gusta o que va en mi contra, ya no hay sintonía y se pasa a ser el sembrador de cizaña para poder "derribar" a quien tiene el poder, sin darnos cuenta que lo que estamos haciendo es dividir la comunidad, es dejar entrar el espíritu del mal entre lo que puede ser algo bueno, y, finalmente, destruir todo lo que se había hecho.
Es que somos tan egoístas, mucha veces, que no nos detenemos a pensar si lo que estamos viendo o pensando es Voluntad de Dios o no.
En una comunidad no tenemos que estar siempre de acuerdo con la autoridad, pero sí respetar sus decisiones, porque ella es quien nos está hablando de parte de Dios, intenta ayudarnos a vivir en el Camino de la Voluntad de Dios. ¿Podrá tener errores? Claro que sí, porque todos somos humanos y nos podemos equivocar, porque no tenemos un teléfono directo con el Señor. Pero si todos podemos equivocarnos, lo podemos hacer las autoridades y también los que formamos parte de una comunidad. Y, por eso existe una palabra que poco usamos: el perdón.
Saber reconocer los errores no es una debilidad sino una fortaleza de la persona, y eso no nos pasa muy a menudo, sino que nos cerramos en nuestros trece y nos quedamos parados como mulas, ya sea como autoridad o como miembros de una comunidad.
Por eso el Señor, le hace el planteo a los que lo acusaban de ser instrumento del diablo:
"Pues vosotros decís que yo echo los demonios con el poder de Belzebú. Pero, si yo echo los demonios con el poder de Belzebú, vuestros hijos, ¿por arte de quién los echan? Por eso, ellos mismos serán vuestros jueces. Pero, si yo echo los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el reino de Dios ha llegado a vosotros".
Y, ante lo evidente del error de la acusación, siempre se hace silencio y se sale a buscar nuevas acusaciones, hasta que se logra el cometido, y, entonces ¿quién es el que actúa en nombre de satanás?

jueves, 10 de octubre de 2019

Aprender a pedir

Dios, hablando por el profeta Malaquías, nos dice:
"Levantáis la voz contra mí, dice el Señor.
Decís: «En qué levantamos la voz contra ti?».
En que decís:
«Pura nada, el temor debido al Señor. ¿Qué sacamos con guardar sus mandatos, haciendo duelo ante el Señor del universo?; Al contrario, los orgullosos son los afortunados; prosperan los malhechores, tientan a Dios, y salen airosos».
¿Somos quejosos o quejicas? Sí, nos quejamos más de lo que hacemos, y, muchas veces, nuestras quejas van en ese sentido que dice el profeta: los malos tienen mejor suerte que los buenos. O por lo menos es lo que pensamos siempre. ¿Por qué los buenos tienen que sufrir más que los malos? ¿Por qué siempre tienen que pagar los buenos por las cosas que hacen los malos? ¿Por qué (terminamos pensando o diciendo) Dios es tan injusto?
Nos sumamos o nos dejamos influir, por el pensar del mundo, cuando no sabemos poner un límite a nuestros razonamientos, o a las influencias que nos hacen los pensamientos negativos acerca del proceder de Dios, que, en definitiva, es el actuar del hombre. Sí, el actuar del hombre, porque es el hombre quien ha recibido el don de la libertad para actuar, pero no siempre la utiliza del modo más adecuado, y, al final de su actuar, hay muchos inocentes que terminan pagando el actuar de los que abusan de su libertad.
Pero, en ese actuar, también, en un ataque de dolor o en una noche de oscuridad, nos dejamos llevar por esos mismos pensamientos, y no nos damos cuenta que vamos poniendo obstáculos en nuestra relación con Dios, con nuestro Padre. Por que, otra cosa que se nos cuela entre esos comentarios es que "Dios nunca nos escucha", "siempre pedimos y no nos hace caso". Y ahí es cuando Dios nos contesta, y nos dice: ¿sabeís pedir bien? Y nosotros le decimos: pero si nos has dicho que "todo el que pide recibe y al que llama se le abre..." Y el Señor nos contestará: ¿llegaste al final de la parábola?
Sí, porque en el final de la parábola está la fórmula mágica para saber pedir y recibir: "Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se le piden?".
Hoy en día estamos acostumbrados a que todo el que pide obtiene lo que pide, incluso los hijos pequeños están llenos de cosas innecesarias, pero como las han pedido las tienen. Y nosotros creemos que porque le damos todos los gustos y caprichos somos buenos, y no es así. Como adultos y padres debemos saber qué cosas darles a los hijos. Y, por eso, el Padre Celestial sabe qué es lo mejor que nos puede dar, si se lo pedimos, cosa que no siempre hacemos: El Espíritu Santo.
Dice san Pablo: "no recbís porque no sabeis pedir" " el Espíritu Santo que habita en nosotros es quien sabe lo que debemos pedir".
Aprendamos a pedir. Aprendamos a escuchar. Aprendamos a recibir.

miércoles, 9 de octubre de 2019

Nuestro ricino

«¿Por qué tienes ese disgusto tan grande por lo del ricino?».
Él contestó:
«Lo tengo con toda razón. Y es un disgusto de muerte».
Dios repuso:
«Tú te compadeces del ricino, que ni cuidaste ni ayudaste a crecer, que una noche surgió y en otra desapareció, ¿y no me he de compadecer yo de Nínive, la gran ciudad, donde hay más de ciento veinte mil personas, que no distinguen la derecha de la izquierda, y muchísimos animales?».
A veces creemos que podemos tener razón para disgustarnos con Dios, o con la realidad, y así poder quejarnos y dejar de hacer algo que teníamos que hacer, o, incluso, como Jonás, desear nuestra propia muerte. ¿Por qué disgustarnos por algo que nosotros mismos no hemos hecho? ¿Por qué dejar que la amargura y la desesperanza nos venzan si no hemos puesto nuestra vida en juego? ¿Hemos de dejarnos llevar por el desánimo cuando Dios sigue luchando y confiando en nosotros para que alcancemos al verdadera alegría de la Vida?
Muchas veces, dejamos que "el ricino" nos gane la partida y nos tiramos al suelo llorando porque no hemos podido alcanzar la meta que nos habíamos propuesto, o porque vemos que la realidad no cambia de acuerdo a nuestros planes. Y es cierto que hemos puesto mucho de nuestra parte, pero, seguramente, Dios ha puesto mucho más que nosotros y Él sigue confiando y esperando, Él sigue apostando por su propio sueño, y es un sueño que lleva miles de años. ¿No podremos tener nosotros un poco más de paciencia viendo que Dios aún sigue actuando en nuestras vidas?
Es cierto que la realidad puede quitarnos los sueños que hemos visto que podíamos realizar, pero quizás, en ese intento de luchar por los sueños o por nuestros ideales, nos hemos olvidado de lo más importante, como nos decía el Señor en el evangelio de ayer: "María eligió la mejor parte y no le será quitada", y es el pedido que le hacen a Jesús hoy:
"Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo:
«Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos».
Enséñanos a orar... quizás aún no hemos aprendido a orar como es debido, o quizás nos dejamos vencer por nuestra realidad y dejamos nuestra oración para otro momento, porque tenemos cosas más importantes que hacer. Sin embargo, el Señor, que era Dios (no sé si te acuerdas de eso) siempre se iba a orar solo, se alejaba de la realidad y se reunía con Su Padre en la oración, pues, seguramente, sabía que si no dialogaba con Su Padre, las cosas no saldrían como Él quería, porque "no he venido a hacer mi voluntad sino la del que me envió".
Y, a pesar de su vida de oración, hubo algunas cosas que no salieron como esperaba, pero igual siguió caminando: "siento una angustia como de muerte, y ¿qué he de decir? Padre, aparta de mí este cáliz, si para esta hora he venido. ¡Padre que se haga tu voluntad!"
No dejemos nuestra oración, pues en ella está la fuerza del Padre para que sigamos avanzando en el Camino de la Fidelidad a la Vida que Él quiere que vivamos y que entreguemos para el Bien de los Hombres.

martes, 8 de octubre de 2019

Dios habló por segunda vez...

"El Señor dirigió la palabra por segunda vez a Jonás. Le dijo así:
«Ponte en marcha y ve a la gran ciudad de Nínive, allí les anunciarás el mensaje que yo te comunicaré».
Supongo que un poco nos acordamos de la historia de Jonás. Aquí está abreviado porque dice: "el Señor dirigió la palabra por segunda vez a Jonás". La primera vez que el Señor le habló a Jonás este quiso desobecerle y se escapó, creyendo que así podría evadirse de ser obediente al Señor. Pero el Señor puso en su camino demasiadas piedras, porque la misión que le encomendaba era la salvación de un pueblo. Hasta que, al final, la segunda vez que el Señor le habló, Jonás aceptó la misión.
Y ese es el sentido de una misión: la salvación de los demás. Dios nos ha elegido, a cada uno, para llevar un mensaje, una Buena Noticia, por eso nos ha llamado y hemos respondido, hemos recibido un Espíritu que nos ha otorgado los Dones necesarios para, como Jonás, hablarle al Hombre de nuestro tiempo y comunicarle la Buena Noticia de la Salvación.
Pero ¿cómo se lo comunico? ¿Cómo puedo ser obediente si no sé qué mensaje o cuál mensaje o cómo decirlo? ¿Cómo sacar tiempo de mi vida para hacer lo que el Señor me manda? ¿La obediencia no me quita libertad?
"Respondiendo, le dijo el Señor:
«Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; sólo una es necesaria. María, pues ha escogido la parte mejor, y no le será quitada».
Lo primero que me tengo que preguntar ante tantas preguntas (valga la repetición), es si ante la respuesta que me de el Señor, voy a ser obediente. Porque si ante la pregunta que le haga al Señor, Él me responde ¿yo seré capaz de aceptar su Palabra? Porque hoy en día no somos capaces de aceptar la Palabra de Dios, y eso lo vemos día a día en nuestras vidas, y en la vida de los demás cristianos. No hace falta que seamos grandes teólogos o doctores para darnos cuenta que, a pesar de "saber" tanto, no somos obedientes a lo que el Señor nos dice.
Si nos respondemos que sí vamos a ser obedientes al Señor, entonces, en segundo lugar tenemos que "perder" tiempo a los pies del Señor. Como el Señor le dijo a Marta: "andas inquieta y preocupada por muchas cosas". Como tenemos tantas cosas que hacer... y todas son porque quiero hacerlas, sin preguntarle al Señor si las tengo que hacer todas... entonces "no tengo tiempo para perder frente al Señor". Y ahí está mi error: estar junto al Señor no es perder tiempo, sino ganar la Gracia necesaria para que me alcance el tiempo para ser Fiel a la Voluntad de Dios.
¿Cómo poder saber qué tengo que hacer si no me pongo en la presencia de Dios para averiguarlo? ¿Cómo saber cuál es la misión en mii vida si no me detengo a escuchar a Quien la ha pensado para mí? Porque obedecer tiene como primer punto, y esencial, el saber escuchar.
Si no tengo tiempo para escuchar y disposición para obedecer, mejor me dedico a otra cosa...