"Pero en todo esto vencemos de sobra gracias a aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor".
San Pablo pudo comprobar en su propia carne y, sobre todo, en su propia vida y espíritu que no hay nada más importante que la fidelidad al Señor, aunque eso le cueste tanto padecer y tanta entrega continua. Su conversión al llamado de Jesús cambió radicalmente su vida y, con el paso del tiempo, fue comprobando que nada había más importane para él que estar junto al Señor y ser fiel a la misión que Él le había encomendado. Su relación con Jesús se fue haciendo, cada día, más intensa y profunda hasta llegar a decir: "ya no soy yo quien vive en mí, sino que es Cristo quien vive en mí".
Es así que sólo en una relación así se puede decir:
"Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no se rservó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién condenará? ¿Acaso Cristo Jesús, que murió, más todavía, resucitó y está a la derecha de Dios, y que además intercede por nosotros? ¿Quién nos separará del amor de Cristo?: ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?".
Y podríamos decirle a Pablo: ¿quién puede separarnos del amor de Cristo? Nosotros mismos, cuando no estamos totalmente enraizados en Su Amor, somos nosotros mismos quienes nos separamos de Él porque, muchas veces, no entendemos su forma de actuar, sus exigencias, sus respuestas a nuestras preguntas, sus silencios... hay tantas cosas que no entendemos de Dios que eso nos impide llegar a entregar nuestra vida por completo, como lo hizo Pablo.
Es que no siempre tenemos tiempo suficiente para dialogar con el Señor, para que nuestra relación sea continua y profunda, y por eso no llegamos a amar con todo nuestro ser, con toda nuestra alma y entendimiento, al Señor, Nuestro Dios. Son muchas las preguntas que nos quedan sin respuestas, y son muchas las oscuridades que no nos dejan ver la Luz del Espíritu, por eso siempre habrá algo que nos separe del Amor de Dios, simplemente porque no llegamos a concerlo verdaderamente, porque nuestra relación con el Padre no ha llegado a ser profunda, confiada y sicnera.