Le dice San Pablo a los romanos:
"Hermanos:
No me avergüenzo del Evangelio, que es fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree, primero del judío, y también del griego.
Porque en él se revela la justicia de Dios de fe en fe, como está escrito: «El justo por la fe vivirá».
En los tiempos que vivimos algunas veces tenemos vergüenza de decir que somos cristianos, que vamos a misa, que rezamos, que leemos la Biblia. Hay tanto odio, en algunas partes hacia los cristianos, que da cierto temor decir quiénes somos o qué hacemos o, mejor dicho, qué no hacemos. Y eso tenemos que intentar cambiarlo, no tener vergüenza de lo que intentamos vivir. Y digo intentamos porque cada día estamos en ese camino: intentando la santidad, porque creemos que ese es el Camino que nos lleva a la plenitud y nos da la felicidad que buscamos.
Pero vuelvo a lo de siempre: para ello tenemos que creer en la Fuerza de la Palabra de Dios, porque si no ponemos en el Señor nuestra confianza y nuestra esperanza, todo intento será vano porque dejaremos que en nuestra vida se incorporen otras palabras, otras verdades, otro modo de pensar y de ser que no es el propio de un cristiano.
Sigue diciendo San Pablo:
"Alardeando de sabios, resultaron ser necios y cambiaron la gloria del Dios inmortal por imágenes del hombre mortal, de pájaros, cuadrúpedos y reptiles.
Por lo cual Dios los entregó a las apetencias de su corazón, a una impureza tal que degradaron sus propios cuerpos; es decir cambiaron la verdad de Dios por la mentira, adorando y dando culto a la criatura y no al Creador, el cual es bendito por siempre".
Y pareciera que estuviera, San Pablo, viviendo en este siglo, viendo cómo el hombre por dejar de lado a Dios y ponerse él en el lugar Divino, no fue creciendo sino que va degradando su propioi ser, buscando otras realidades que, cada día, le van dando la razón a la Palabra de Dios, pues el hombre va perdiendo su esplendor, su hermosura original.
Y a eso tenemos que tender nosotros: ser originales, es decir, volver a la hermosura original del hombre, esa hermosura que nos trajo Jesús al rescatarnos del pecado y regalarnos el Don Divino de la Filiación Divina, al habernos regalado la posibilidad de ser hijos de Dios, esa hermosura que habíamos perdido con el pecado original.
Y es esa belleza original la que tenemos que seguir cultivando. ¿Cómo? Siendo Fieles a la Palabra de Dios, buscando con constancia la adecuación de la Voluntad de Dios a nuestra vida, de descubrir en La Palabra el Camino para alcanzar la belleza de nuestro ser humano, de nuestro ser hijo de Dios. No creamos en la sabiduría de este mundo que quiere apartarnos de la Voluntad de Dios, que quiere poner un manto de duda y oscuridad acerca de la Verdad de Nuestro Padre Celestial, sino que fortalecidos con los Dones del Espíritu confiemos en su Divina Providencia y no nos avergoncemos de intentar, cada día, "hacer su Voluntad aquí en la tierra como en el cielo".
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