viernes, 27 de octubre de 2017

La vanidad: el mejor pecado

"En efecto, según el hombre interior, me complazco en la ley de Dios; pero percibo en mis miembros otra ley que lucha contra la ley de mi razón, y me hace prisionero de la ley del pecado que está en mis miembros.
¡Desgraciado de mi! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? ¡Gracias a Dios, por Jesucristo nuestro Señor!".
Tener conciencia de nuestra propia debilidad, de nuestro propio pecado no es pecado, sino es saber desde donde partimos para poder vivir en santidad, para poder encontrar el mejor camino para la Fidlidad a Dios. A algunos nos parece que no tenemos nunca pecado, que nunca hacemos nada que esté fuera de lugar, que siempre actuamos bien y ¡ese es nuestro primer error!: nuestra vanidad.
Y aquí me acuerdo de la frase final (lo hablaba anoche con catequistas) de la película del abogado del diablo: "la vanidad, el pecado que más me gusta" (o algo parecido decía el diablo)
Cuando no me doy cuenta de mi vanidad vivo, se podría decir, en pecado constante, pues me siento tan seguro de mí mismo que no necesito de nada ni de nadie para que me ayuden a crecer, para que me ayuden a madurar, para que me ayuden a librar de aquello que, realmente, no me deja alcanzar la meta que Dios ha querido para mí.
Es la vanidad la que me hace creer que puedo andar por ahí dando "clases" de vida a todo el mundo, diciendo "la verdad" siempre pues soy el único que tiene razón, no permitiéndole a nadie que pueda opinar diferente de mí, y ¡tantas otras cosas más! que me van haciendo un casi "despreciable" por los cercanos.
San Pablo en esta parte de la carta a los romanos nos ayuda a descubrir cuál es nuestr primera debilidad: el pecado que habita en mí, pues a pesar de que el baño bautismal no librará del pecado original, nos ha quedado una tendencia natural a "hacer lo que no debo", por eso vivimos (cuando tenemos conciencia de ello) en una lucha constante por sobrevivir a esa tentación. Una lucha constante en la que tengo que dejar entrar la Gracia del Señor para que me fortalezca y pueda alcanzar la meta.
Por eso mismo Jesús le decía a la gente:
"Hipócritas: sabéis interpretar el aspecto de la tierra y del cielo, pues ¿cómo no sabéis interpretar el tiempo presente? ¿Cómo no sabéis juzgar vosotros mismos lo que es justo?"
Sí, creemos que lo sabemos todo, nos hacemos los sabios dando clases para todos lados, pero no sabemos discernir lo que es justo, no sabemos interpretar la voluntad de Dios, ni siquiera saber discernir si es prudente lo que quiero hacer o decir.
Este reconocimiento que nos pide el Señor y que San Pablo lo hace en su carta, es el paso inicial para alcanzar la verdadera humildad, una virtud que día a día tenemos que ir conquistando, pues día a día vuelve a nacer, con la luz de la mañana, el pecado que habita en mí.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.