"Dios dijo entonces a Jonás:
«¿Por qué tienes ese disgusto tan grande por lo del ricino?».
Él contestó:
«Lo tengo con toda razón. Y es un disgusto de muerte».
Dios repuso:
«Tú te compadeces del ricino, que ni cuidaste ni ayudaste a crecer, que una noche surgió y en otra desapareció, ¿y no me he de compadecer yo de Nínive, la gran ciudad, donde hay más de ciento veinte mil personas, que no distinguen la derecha de la izquierda, y muchísimos animales?».
Dios le hace ver a Jonás que su disgusto no tiene comparación con la actitud de compasión de Dios frente a Nínive. No tiene comparación el disgustarse por que se secó un ricino y no alegrarse por haber salvado a todo un pueblo, pero el ricino le daba sombra a Jonás y el pueblo era algo extraño para él.
Nuestro egoísmo no nos permite, muchas veces, valorar claramente las cosas que suceden, por eso nuestras preocupaciones nos oscurecen la mirada y nos quitan la paz, porque nos quedamos llorando algo que, seguramente, era importante para nosotros, pero que frente a otra realidad o a otras realidades de nuestras vida no tiene tanta importancia. La famosa frase de que "el árbol no te tape el bosque" se hace verdad en este diálogo de Jonás con Dios, un diálogo que muchos de nosotros hemos tenido y seguiremos teniendo con Dios y con nosotros mismos.
Pero siempre estará el Señor para hacernos recordar la importancia que tienen otras cosas en nuestras vidas, y que frente a pequeños problemos que son un mundo para nosotros, hay un mundo que está viviendo un gran problema, pero que, también, en nuestra vida hubo y hay otras muchas cosas que son más valiosas que ese problema.
Por eso ante este dolor de muerte que sufre Jonás, ante ese deseo de morir y librarme de semejante dolor, la liturgia nos presenta a Jesús enseñándonos el Padre Nuestro. Pero fijáos cómo surge esta enseñanza en el evangelio:
"Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo:
«Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos».
Seguramente cuando Jesús se ponía a orar había un cambio en su actitud, en su rostro, en su manera de estar. Pero, además, toda su vida era una muestra de los frutos de la oración: su paz, su seguridad, su estar entre los demás y tantas otras cosas que verían sus discípulos, que por eso le pidieron que les enseñara a orar. Y vemos que esa simple y hermosa oración del Padre nuestro es un diálogo con el Padre, un encuentro entre dos personas que se aman y que se cuentan lo que sienten uno por otro y lo que necesitan para vivir ese día.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.