"Felices los invitados al banquete celestial", es lo que el sacerdote dice al finalizar la consagración del Pan y del Vino, antes de acercarnos al altar a comulgar.
La imagen del banquete como lugar de encuentro, de alegría de gozo, de plenitud la ha usado Dios, por medio de los escritores sagrados y profetas, para anunciar el Cielo Prometido. Jesús utiliza la Cena de Pascua y la transforma en el Banquete Celestial que vivimos cada día, cada semana. Un Banquete al que se nos ha invitado a todos, no sólo a los llamados, sino a todos, pues, como dice Jesús en la parábola del Evangelio, no todos han querido venir y se ha tenido que salir a buscar gente a los caminos.
Pero, también nos dice al finalizar la parábola:
"Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo:
“Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?”.
El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los servidores:
“Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes”.
Porque muchos son los llamados, pero pocos los escogidos».
Suena raro a nuestros oídos escuchar que Jesús se fije en "como se viene vestido" al banquete, y que por no tener el vestido de fiesta se lo expulsa del lugar. Pero sí, es así, ya en aquella época Jesús estaba viendo cómo íbamos a "apreciar" el Banquete que Él nos da cada día. Pero no habla del vestido exterior, de la ropa que nos ponemos, sino del vestido interior, de la disposición del corazón y del espíritu para aceptar la invitación al Banquete Celestial.
Cuando en la vida normal decidimos ir a una boda, a un teatro, a partido de futbol, a una carrera de coches, a un recital de un cantante famoso, o a cualquier otro evente que me guste, me prepararo con mucha antelación y si es posible llego mucho tiempo antes de que abran las entradas para poder sentarme en la primera fila. No importa si hace frío, calor, llueve o caigan piedras, lo que importa es que quiero estar temprano para lograr los mejores lugares.
Cuando nos disponemos para ir al Banquete Celestial ¿hacemos lo mismo? ¿Nos preparamos con mucho tiempo? ¿Llegamos mucho antes de que comience la Misa para sentarnos en los primeros bancos para estar más cerca del Señor? ¿Preparamos nuestro corazón en el silencio para estar más disponibles para escuhar la Palabra? ¿Limpiamos nuestra alma con la confesión para recibir al Señor del Cielo con un corazón purificado?
Generalmente no le damos el tiempo necesario al Banquete Celestial. No nos preparamos adecuadamente para ir al Encuentro del Señor que viene a mí para alimentarme, para fortalecerme, para ayudarme a vivir día a día lo que digo creer.
Como he dicho muchas veces: no apreciamos el valor de la Misa como deberíamos, teniendo en cuenta que Jesús para que nosotros tuviéramos el Banquete Celestial nos entregó hasta la última gota de su sangre colgado de la Cruz. Porque en el Banquete Celestial Él vuelve a subirse al leño del Cruz y nos vuelve a entregar su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad en el Pan de la Eucaristía. Y también vuelve a Resucitar por nosotros para que ese Pan de Vida nos de Vida Nueva, Vida de Hombres Nuevos Resucitados por el Amor del Padre, Hombres Nuevos capaces de vivir en Fidelidad y de saber darle el valor que tiene a la invitación que Él mismo nos hace:
"Quien coma de este Pan vivirá para siempre, porque mi sangre es verdadera bebida y mi carne verdadera comida".
"Felices los invitados al Banquete Celestial".
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