viernes, 20 de octubre de 2017

La Levadura de los fariseos

Hermosa bienaventuranza que nos regala San Pablo:
«Bienaventurados aquellos a quienes se les perdonaron sus maldades y les sepultaron sus delito; bienaventurado aquel a quien el Señor no le ha contado el pecado»
Que va totalmente unida al Salmo de hoy:
"Habla pecado, lo reconocí,
no te encubrí mi delito;
propuse: «Confesaré al Señor mí culpa»,
y tú perdonaste mi culpa y mi pecado".
Todo para que no nos agarre de sorpresa lo que nos dice Jesús:
«Cuidado con la levadura de los fariseos, que es la hipocresía, pues nada hay cubierto que no llegue a descubrirse, ni nada escondido que no llegue a saberse".
Quedar libre de pecado, dejar la conciencia liberado de todo aquello que nos aleja de Dios y de los hermanos alivia nuestro corazón, descansa el alma. Pero, sobre todo nos ayuda a mantenernos sobrios en la humildad, pues reconocernos pecadores y pequeños, nos ayuda a no mirar a nuestros hermanos con la soberbia de los que nunca han pecado, o caer en la falsa humildad de la hipocresía que nos ayuda a ponernos de jueces y verdugos de los demás.
Por eso Jesús nos invita o, mejor dicho, nos exhorta a cuidarnos de la "levadura de los fariseos", porque esa levadura en lugar de ayudarnos a crecer nos ayuda a condenarnos, pues enarbolamos el "dedo justiciero" contra los demás en cosas que "no somos capaces de levantar ni con un dedo".
Por que los fariseos sabían muy bien cómo dar "sermones", como sermonear a los demás, pero no sabían o no querían aplicarse lo que decían a ellos mismos. Sólo exigían y no daban. Por eso Jesús nos advierte que los que "escondamos" siempre será descubierto, quizás no por los hombres, pero "nuestro Padre que ve en lo secreto lo conocerá", y nuestra vida será siempre de Dios y será ane él con quien tenga que revisar mi vida en el último día.
Y no es que nos quiera "meter miedo" sino que nos quiere salvar de caer en la propia mentira de querer parecer algo que no somos, porque "el justo peca 7 veces por día", y sabiendo eso nos da la tranquilidad que siempre podemos alcanzar la Gracia de la liberación cuando abrimos el corazón al perdón misericordioso del Padre. Ese perdón que Él ha dejado en las manos del sacerdote, no por la santidad del sacerdote, sino por el Querer de Jesús.
Así el Salmo nos devuelve la esperanza y la alegría:
"Alegraos, justos, y gozad con el Señor;
aclamadlo los de corazón sincero".
La sinceridad del corazón con nosotros mismos y con nuestros hermanos nos ayuda a poder vivir en la verdadera libertad que nos da el saber que nuestro pecado nos fortalece en la humildad, y sabiéndonos perdonados sabremos perdonar, sabiéndonos comprendidos sabremos comprender, sabiéndonos débiles podremos fortalecer a los demás, sabiéndonos consolados sabremos consolar

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