“Dad al César lo que es
del César y a Dios lo que es de Dios”, es una frase que la hemos escuchado
muchas veces y no sólo en las lecturas bíblicas, sino que ha pasado también a
ser parte del refranero popular cuando se pretende exigir lo que corresponde.
Creo que a la par de
esta hermosa frase o exigencia que nos presenta Jesús podríamos poner esta
otra: “de la abundancia del corazón hablan los labios” y quizás, haciendo un
poco más de esfuerzo: “allí donde esté tu tesoro estará tu corazón”.
A lo que cabría,
entonces, preguntarnos: ¿Dios forma parte del tesoro de nuestra vida? ¿En
nuestro corazón habita, verdaderamente, Dios? ¿Quién es Dios para nosotros? ¿A
quién entregamos nuestra vida?
¿A quién le pagamos tributo en el día a día?
Surgen tantas preguntas
cuando nos ponemos a pensar en la Palabra de Dios que nos abruman y hasta, en
algunos momentos, nos agobian porque no tenemos respuestas o, mejor dicho, no
queremos responder a lo que se nos pregunta desde nuestro interior.
Y, si me permitís otra
pregunta más, volvería a aquella que Jesús le hizo a los discípulos: “Y
vosotros ¿quién decís que soy Yo?” Por que es muy fácil decir que Jesús es
nuestro Dios y Señor, que es el Señor de mi vida, que bla, bla, bla. Y sabemos
que el mundo está lleno de blabladores (un nuevo vocablo inventado por mí) que
dicen muchas cosas y no hacen nada. ¿Somos nosotros blabladores de Dios?
Si no somos
blabladores de Dios entonces su Palabra será la que nos interrogue y la que nos
conquiste para comenzar a vivir lo que decimos creer, la que nos lleve a una
vivencia en plenitud de lo que creemos y leemos, para que así, con la ayuda del
Espíritu Santo, podamos, día a día, dar a Dios lo que es de Dios y al César lo
que es del César.
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