lunes, 23 de octubre de 2017

Confiad en las promesas de Dios

San Pablo le contínua diciendo a los romanos:
"Abrahán, ante la promesa divina no cedió a la incredulidad, sino que se fortaleció en la fe, dando gloria a Dios, pues estaba persuadido de que Dios es capaz de hacer lo que promete; por lo cual le fue contado como justicia".
No nos es fácil confiar en las promesas de Dios cuando, muchas veces, nos hemos encontrado con que no se ha cumplido lo que hemos pedido o solicitado, sino que, algunas veces, ha sucedido todo lo contrario. No siempre las promesas incumplidas han fortalecido nuestra fe, sino todo lo contrario, nos han llevado a la duda y a debilitarnos en nuestra fe hacia las Promesas de Dios.
En la vida de Abrahán no hubo pedidos hechos a Dios, sino que fue Dios quien lo eligió a Abrahán y fue Él quien le hizo una promesa, pero antes de prometerle algo le pidió algo: salir de su tierra. Por haber sido fiel al llamado el Señor le concedió lo que no le había pedido, pero sí lo que él estaba buscando: su descendencia.
En nuestras vidas quizás, suceda un poco al revés: no hemos respondido fielmente al llamado de dejar "nuestra tierra", pero hemos querido que Él cumpliera lo que le pedíamos. Porque para pedir somos muy buenos, pero para responder no somos tan rápidos.
Y ahí también San Pablo nos dice que: "no sabeis pedir como os convienes", porque es el Espíritu Santo quien nos enseña a pedir lo que nos conviene y no lo que queremos, aunque si lo dejamos hablar Él seguramente nos ayudará a que lo que nos conviene sea igual a lo que queremos, pero antes nos dará la fuerza para poder responder fielmente a lo que Dios quiere.
Así la parábola que Jesús nos cuenta hoy sobre el hombre que acumuló los granos en sus graneros nos puede ayudar a entender. No es que el Señor nos quiera privar de todos los bienes que nos regala y nos ayuda a tener, sino que no quiere que los bienes pasen a ser males en nuestra vida. Porque los "bienes" son realmente bienes si los usamos con bondad, con gratitud, con un corazón agradecido y no endurecido por la aviricia, sino un corazón que sepa que lo que se nos da es también para que nos ayude a crecer como persona, como hermanos, para hacer el bien.
Pero cuando los bienes que tenemos, ya sean materiales o espirituales o intelectuales, nos vuelven avariciosos, egoístas, vanidosos, orgullosos entonces los bienes se convierten en males, porque han sido dados para entregarlos en bien de los demás, y sin embargo los he acumulado solamente para engradecerme y no para hacer el bien. Por eso, son muchos los bienes que han quedado pudriéndose en los graneros sin poder hacer el bien a nadie ni siquiera a aquél que los poseyó porque nunca tuvo tiempo para poder usarlos como quería.
"No atesoréis tesoros para que se los coma la polilla sino atesorad bienes en el Cielo".

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