Quizás para muchos ha quedado el recuerdo de Francisco de Asís tomado de la película del Hermano sol y Hermana luna, un chico lindo que deja todo y se pone a cantar y alabar a la naturaleza, y así queda la imagen del gran ecologista. Una hermosa imagen. No ha quedado mucho la imagen de la otra película de Francisco donde mostraba un hombre más fuerte y entregado a la vivencia plena del Evangelio en toda su radicalidad, sufriendo su humanidad para poder llevar a plenitud el llamado de Dios.
Es verdad que las dos imágenes son de la misma persona, pero la imagen real es la de su vida, su biografía, sus escritos, sus cartas, sus exhortaciones a sus hermanos.
Y pensando en todo esto es que llegaba a mirar a San Francisco y descubrir en él un gran hombre que tuvo el valor como dice el evangelio de dejar todo y seguir el llamado de Jesús, sin importarle lo que sucediera después. Su confianza en la Providencia lo llevó a renunciar a todos sus bienes e incluso a renunciar hasta a su propia persona, haciéndose el más pobre entre los pobres, recuperando así la riqueza que había recibido del Señor al ser su hijo.
No le importó, tampoco a Francisco, su pasado, lo que había vivido ni tampoco lo que los demás pensarían de él, sino tan solo le importó las palabras del Señor: "Francisco restaura mi iglesia", y dejándolo todo comenzó su andadura para restaurar la Iglesia de Cristo, una iglesia matrial que se estaba derrumbando y una iglesia espiritual que estaba perdiendo su camino.
San Franciso nos enseña, o por lo menos es lo que a mí me ha quedado muy claro de él, que en ningún momento perdió el respeto por nada ni por nadie: amando a Dios por encima de todas las cosas, derramó el amor de Dios sobre todas las cosas, porque en su vivencia total de la pobreza supo respetar y amar a todos los hombres, y a toda la creación por encima de él mismo, sin considerarse ni más ni menos, sino sólo un instrumento en Manos del Creador.
Un instrumento que sólo era "manejado" por la mano del Artífice de todo lo creado, y que por Él daba todo lo que tenía y recibía más de lo que podía nunca haber recibido. Y esa era su regla esencial que lo llevó a vivir una plena alegría en el Señor. Una alegría que no se basaba en no tener ningún pesar, sino que en medio de las vicisitudes que le acarreaba su nueva vida gozar de la Voluntad y el Amor de un Padre Providente que le daba fuerza y valor para seguir adelante con el camino que le había pedido comenzar a recorrer.
La pobreza radical de San Francisco abrió un camino espiritual que nos permite encontrar el gozo y la alegría en el vivir en plenitud el evangelio, cada uno según su propia vocación y estilo de vida, pero viviendo plenamente las Palabras del Señor, pues, a cada la uno le pide dejar morir un hombre viejo para comenzar a vivir un Hombre Nuevo que nace del Espíritu Santo y que se entrega por completo en las Manos del Creador para llevar a plenitud a toda la creación.
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