miércoles, 27 de septiembre de 2017

Nuestra misión: liberar al hombre

En esta primera misión Jesús envía a los apóstoles en un espíritu de total pobreza, poniendo su confianza no en sus cosas, sino en la Palabra de Jesús, pues es Él quien los envía y les da su Poder para llevar la Buena Noticia a los demás. Una Bueno Noticia que sólo llega al corazón que quiere recibirla, igual que la Paz que los apóstoles llevan. Si el corazón del hombre está cerrado a recibirla todo vuelve al apóstol para que siga entregándolo a otros que la necesiten o la quieran.
La confianza que Jesús le pide a los apóstoles es la que les da fortaleza en los caminos y la que los sostiene en los momentos de dificultades, porque siempre, en todos los caminos se van a encontrar con corazones cerrados y con puertas que no se abren a su paso. Son esas situaciones las que pueden llegar a debilitar el espíritu del apóstol, del misionero. Por eso mismo, en esos momentos es cuando el Señor nos dice que todo vuelve a nosotros para que la Gracia que Él tenía destinada a esa casa vuelva al corazón misionero y pueda seguir con la misma fuerza del Espíritu, sabiendo que no es al misionero a quien no reciben, sino que es a Jesús a quien le cierran la puerta y el corazón.
El hombre de estos tiempos tiene el corazón muy abierto al mundo y por eso se está insensibilizando frente a las cosas de Dios, se está haciendo esclavo de lo que ve, de lo que puede comprar sin darse cuenta que esa esclavitud lo va denigrando, le va quitando dignidad y felicidad, pues va desgantando su vida en un correr detrás de la novedad del día, sin pensar que la novedad está en la vida misma que el Señor nos ha regalado.
Hoy por querer negar a Dios se han inventado otros dioses que no dan vida, sino que esclavizan quitando luz a la vida, quitando plenitud al ser y volviendo, como decía algún filósofo, al hombre lobo del hombre, pues hay una lucha constante para ganar puestos, ganarle al otro que está a mi lado sin pensar en que en esa carrera quien la gana es quien más ha perdido.
Las palabras de Esdras nos pueden ayudar a encontrar un camino para descubrir hacia dónde vamos y cómo poder volver a ser lo que en un principio el Señor soñó para sus hijos:
"Dios mío, estoy avergonzado y confundido; no me atrevo a levantar mi rostro hacia ti, porque nos hemos hecho culpables de numerosas faltas y nuestros delitos llegan hasta el cielo.
Desde la época de nuestros padres hasta hoy hemos pecado gravemente. Por causa de nuestros delitos, nosotros, nuestros reyes y nuestros sacerdotes hemos sido entregados a los reyes extranjeros, a la espada, a la esclavitud, al saqueo y a la vergüenza, como sucede todavía hoy".

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