"Hermanos:
Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo.
Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; así que, ya vivamos ya muramos, somos del Señor".
A partir del momento de nuestro bautismos fuimos consagrados al Dios. A partir de ese día y de ese momento comenzamos a vivir para el Señor y nuestra vida y nuestra muerte comenzaron a estar unidas a Él. Quizás con el tiempo, cuando comenzamos a tener conciencia de nosotros mismos hemos rechazado esa idea o con el tiempo hemos comenzado a madurar esa realidad.
Cuando descubrimos que hemos sido consagrados a Dios en el Bautismo nuestra vida comienza a cambiar, porque descubrimos y tomamos conciencia del llamado de Jesús:
"si alguno quiere venir en pos de mí niéguese a sí mismo, cargue su cruz de cada día y sígame".
Negarnos a nosotros mismos porque tenemos que comenzar a cambiar nuestra manera de pensar, nuestra manera de vivir: no somos del mundo aunque estemos en el mundo, somos de Dios, y nuestra vida está en Dios. Hemos tomado la decisión de seguir a Cristo y nuestra vida tiene que ir configurándose con la de Jesús, y para poder aceptar lo que Él nos pide vivir tenemos que quitar de nuestra cabeza y de nuestro corazón todo aquello que no es propio del evangelio y comenzar a forjar un nuevo modo de ser: el de Cristo, cristiano.
Si no comenzamos a deshechar la forma de pensar del mundo no entenderemos el mandamiento del Amor, no podremos aceptar que no sólo tengo que perdonar hasta siete veces, sino 70 veces 7, que es mucho más que 490 veces, es perdonar como Dios nos perdona y ¿puedes calcular cuántas veces te ha perdonado Dios?
La ley del Amor que nos dejó Jesús en la Última Cena ya no es la misma que antes en el Antiguo Testamento, aunque no la abolió, sino que la llevó a la plenitud: "amaos unos a otros como Yo os he amado", dando la vida en la Cruz y perdonándonos desde la Cruz: "Padre, perdónales porque no saben lo que hacen".
Sí, hay que ser muy fuerte para pedir perdón, pues reconocer nuestros errores y nuestros pecados no nos es fácil, por eso hay que trabajar mucho nuestro espíritu para tener la capacidad de pedir perdón, no sólo a Dios con la confesión, sino a los hermanos a quienes he dañado con mis palabras, obras y omisiones.
Pero también hay que ser fuerte y llenarnos del Amor de Dios para perdonar, porque muchas veces el rencor y la venganza, se cuelan en nuestro corazón y nos endurecen el alma para no dar nuestro perdón. Sólo mirando a la Cruz del Señor podemos elevar nuestro espíritu hasta ese nivel de Perdón y aprender a perdonar como Él nos perdonó.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.