Del Sermón de Anastasio Sinaíta, obispo
El misterio que hoy celebramos lo manifestó Jesús a sus discípulos en el monte
Tabor. En efecto, después de haberles hablado, mientras iba con ellos, acerca
del reino y de su segunda venida gloriosa, teniendo en cuenta que quizá no
estaban muy convencidos de lo que les había anunciado acerca del reino y
deseando infundir en sus corazones una firmísima e intima convicción, de modo
que por lo presente creyeran en lo futuro, realizó ante sus ojos aquella
admirable manifestación, en el monte Tabor, como una imagen prefigurativa del
reino de los cielos. Era como si les dijese: «El tiempo que ha de transcurrir
antes de que se realicen mis predicciones no ha de ser motivo de que vuestra fe
se debilite, y por esto, ahora mismo, en el tiempo presente, os aseguro que
algunos de los aquí presentes no morirán, sin haber visto al Hijo del hombre
presentarse con la gloria de su Padre.»
Y el evangelista, para mostrar que el poder de Cristo estaba en armonía con su
voluntad, añade: Seis días después, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a
su hermano Juan, y los llevó aparte a un alto monte, y se transfiguró en su
presencia; su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron
blancos como la luz, Y se aparecieron Moisés y Elías conversando con él.
Éstas son las maravillas de la presente solemnidad, éste es el misterio,
saludable para nosotros, que ahora se ha cumplido en el monte, ya que ahora nos
reúne la muerte y, al mismo tiempo, la festividad de Cristo. Por esto, para que
podamos penetrar, junto con los elegidos entre los discípulos inspirados por
Dios, el sentido profundo de estos inefables y sagrados misterios, escuchemos la
voz divina y sagrada que nos llama con insistencia desde lo alto, desde la
cumbre del monte.
Debemos apresurarnos a ir hacia allí -así me atrevo a decirlo- como Jesús, que
allí en el cielo es nuestro guía y precursor, con quien brillaremos con nuestra
mirada espiritualizada, renovados en cierta manera en los
trazos de nuestra alma, hechos conformes a su imagen, y, como él, transfigurados
continuamente y hechos participes de la naturaleza divina, y dispuestos para
los dones celestiales.
Corramos hacia allí, animosos y alegres, y penetremos en la intimidad de la
nube, a imitación de Moisés y Elías, o de Santiago y Juan. Seamos como Pedro,
arrebatado por la visión y aparición divina, transfigurado por aquella hermosa
transfiguración, desasido del mundo, abstraído de la tierra; despojémonos de lo
carnal, dejemos lo creado y volvámonos al Creador, al que Pedro, fuera de si,
dijo: Señor, qué bien estaría quedamos aquí.
Ciertamente, Pedro, en verdad qué bien estaría quedarnos aquí con Jesús, y
permanecer aquí para siempre. ¿Hay algo más dichoso, más elevado, más importante
que estar con Dios, ser hechos conformes con él, vivir en la luz? Cada uno de
nosotros, por el hecho de tener a Dios en sí y de ser transfigurado en su imagen
divina, tiene derecho a exclamar con alegría: Qué bien estaría quedamos aquí,
donde todo es resplandeciente, donde está el gozo, la felicidad y la alegría,
donde el corazón disfruta de absoluta tranquilidad, serenidad y dulzura,
donde vemos a (Cristo) Dios, donde él, junto con el Padre, pone su morada y
dice, al entrar: Hoy ha venido la salud a esta casa, donde con Cristo se hallan
acumulados los tesoros de los bienes eternos, donde hallamos reproducidas, como
en un espejo, las imágenes de las realidades futuras
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