El Evangelio de hoy nos habla de tres cosas que son frutos de nuestras propias acciones o son acciones que tenemos que tomar o hemos tomado:
1. corrección fraterna: si estamos en el mal camino necesitamos de hermanos que nos ayuden a encontrar en buen camino, que nos ayuden a convertir nuestros errores y pecados. Los verdaderos hermanos son los que siguen el camino de la corrección fraterna en el buen sentido y no en el sentido contrario. Porque la corrección fraterna comienza por el diálogo personal entre dos personas que quieren ayudarse, en cambio muchas veces comenzamos comentando a todo el pueblo los pecados de alguien sin antes haber hablado con esa persona.
2. las repercusiones de nuestros actos: todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo. No sólo se refiere al poder de perdonar los pecados que Jesús nos ha otorgado a los sacerdotes, sino que nuestros propios actos son escuchados en el cielo: nada queda oculto sin que el Padre lo sepa. Al ser seres sociales y comunitarios y además unidos por el Espíritu Santo que nos fue dado, todo repercute no sólo en la tierra (comunión de los santos) sino también en el Cielo, por la misma comunión. Se podría decir que el "famoso efecto mariposa" también se da con nuestros pecados y, por supuesto, con nuestras buenas acciones.
3. el poder de la oración comunitaria: cuando nos unimos para rezar nuestra oración tiene más fuerza porque es una oración fraterna, en el amor de hermanos por alguna causa justa y buena. Y así como nuestros actos repercuten en el Cielo, también la oración comunitaria será más escuchad en el Cielo.
Todo lo que hacemos tiene repercusiones que nosotros no podemos ver, ni siquiera podemos comprobar, pero que tenemos que intentar de realizar. Todo tiene su respuesta y todo es escuchado, por eso necesitamos que los que decimos ser buenos y conocer el Camino del Señor, nos pongamos a trabajar por el Bien Común de todos los hombres. Porque el mayor pecado de estos tiempos es que los que se dicen ser buenas personas no se comprometen en el Plan de Dios, no se comprometen con la sociedad, con la comunidad, sino que se quedan viendo cómo los demás hacen.
Y ahí surge un pecado que no siempre confesamos: el pacado de omisión: sabiendo qué es lo que tengo que hacer no lo hago; sabiendo que Dios me está pidiendo comprometerme con la sociedad, con la comunidad, con la familia me quedo de brazos cruzados para que otro hago eso por mí. Y así por el pecado de omisión de los buenos son los malos los que van ganando terreno en todas las áreas. Y lo peor es que después nos quejamos de que estamos mal, de que las cosas no salen bien. ¡Chito!
Si no te has comprometido con lo que Dios te ha pedido ahora no puedes quejarte, en todo caso: arrepiéntete y conviértete.
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