Comenzamos el Santo Triduo de Semana Santa con la hermosa celebración de la Cena del Señor: la institución de la Eucaristía y el Sacerdocio Ministerial, dos hermosos regalos que el Señor nos dejó antes de vivir su Pasión, o, mejor dicho, al comienzo de su Pasión.
Llegada la hora los amó hasta el extremo, dice el escritor, una hermosa frase que guarda todo el misterio de esta Semana que hoy comienza, pues no sólo nos dio su sangre en la Cruz, sino que se nos entregó Él en Cuerpo y Sangre, Alma y Divinidad.
El Pan Consagrado, el Pan de la Vida, la Eucaristía que recibimos en la Misa no es otro que el mismo Jesús que quiso quedarse para alimentar nuestra vida espiritual, nuestra vida de hijos de Dios, nuestros deseos de santidad.
No es simplemente, para los que creemos en Él, un símbolo de su presencia, Es Su Presencia Viva y Real en la Eucaristía que viene a nosotros, que está con nosotros y se hace uno con nosotros. Por eso para el que cree en Él verdaderamente es tan importante acercarse a recibirlo, pues sabemos que sin Él "nada podemos hacer", nada que nos ayude y nos aliente a vivir el "amaos unos a otros como yo os he amado"; no hay nada que nos aliente a Caminar a pesar de nuestros tropiezos, nada que nos fortalezca más para seguir subiendo en el Camino de la santidad. No hay nada más que nos encienda el corazón para poder perdonar y saber pedir perdón, no hay nada que nos consuele más el dolor del corazón y el alma que su Amor entregado por nosotros.
En el Pan de la Vida la Vida se hace pan para que nuestra vida sea alimento para los que tienen hambre y sed de Dios, para los que en tinieblas sienten la desesperanza y la desilusión, para que le mundo no siga sufriendo la corrupción del pecado y la muerte. El Pan de la Vida nos sostiene en la Vida de Dios para que podamos llevar a Dios con nuestra vida, para que, a pesar de nuestros defectos, pecados y errores podamos seguir creyendo que es posible nuestra propia conversión y salvación.
Y por todo esto, en nuestra fe, sabemos que, a pesar de las imperfecciones humanas, de sus pecados, de sus errores y defectos, los sacerdotes son los únicos que ha dejado Nuestro Señor para que puedan, día a día, volver a vivir Aquella Santa Cena y hacer que Nuestro Señor, Vivo y Verdadero, se haga presente en el Altar Eucarístico y se entregue por Amor a todos aquellos que desean seguirlo.
Hoy será una Noche de silencio, contemplación y Acción de Gracias porque Su Amor se hace presente y llena nuestros corazones de esperanza en un Nuevo Mañana.
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