Le dice San Pablo a los corintios:
"Yo mismo, hermanos, cuando vine a vosotros a anunciaros el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado".
No es novedad y no lo era en la época de San Pablo que el hombre necesitaba siempre creer en algo o en alguien, y buscaba desde siempre el sentido de la vida ya sea desde lo creado o desde la filosofía u otras realidades. Ya desde antiguo el hombre se había creado dioses en los que creer, y dioses a los que pedir y suplicar. Pero también las ideas habían sido parte de esos dioses que gobernaban y gobiernan el mundo.
San Pablo también era de esos intelectuales que estudiaban las sagradas escrituras y creían en lo que les habían transmitido desde siempre en su familia judía. Por eso su primera reacción ante los cristianos fue perseguirlos y querer quitarlos del mundo. Pero cuando se encontró con Jesús su vida cambió y su predicación cambió. Ya no fue sólo un intelectual de la Palabra sino que buscó en Jesús, la Palabra hecha carne, la Vida para anunciar.
Por eso invitaba a la comunidad de corinto, y nos invita a nosotros, a no dejarnos llevar por otra sabiduría que no sea la de Dios, por no dejarnos convencer por otro anuncio que no se el de "Jesucristo, y este crucificado" "escándalo para judíos y locura para griegos y paganos". Pero un Jesucristo que no se quedó en la Cruz, porque "si Jesús no hubiera resucitado vana sería nuestra fe", sino que creemos en un Jesús Resucitado, fuente y vida, sabiduría y fortaleza para nosotros.
Desde la Cruz y la Resurrección se desprende para nosotros la verdadera Sabiduría que enciende nuestra vida y da respuesta a lo que Dios constantemente nos pide y permite vivir:
"Sabiduría, sí, hablamos entre los perfectos; pero una sabiduría que no es de este mundo ni de los príncipes de este mundo, condenados a perecer, sino que enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria".
Contemplar el misterio con el corazón contrito y humillado, con el corazón abierto y disponible, nos concede la gracia de la sabiduría que viene del Espíritu, pues Él con sus Dones nos auxilia en todo momento y nos conduce por el Camino de la Voluntad de Dios para que seamos Fieles a la Vida que hemos recibido. Para que, como dice el Señor en el Evangelio:
"Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielos".
Y así podemos preguntarnos ¿cuál es nuestro brillo? ¿Nuestro brillo es la luz que viene del Señor? ¿Son nuestras obras y nuestras acciones testimonio de vida cristiana?
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