De los Sermones del beato Isaac, abad del monasterio de Stella
Así como la cabeza y el cuerpo forman un solo hombre, así
también el Hijo de la Virgen y sus miembros elegidos forman un solo hombre y un
solo Hijo del hombre. Dice la Escritura: El Cristo integro y total lo forman
la cabeza y el cuerpo, ya que todos los miembros juntos forman un solo
cuerpo, el cual, junto con su cabeza, constituye un solo Hijo del hombre, un
solo Hijo de Dios, por su unión con el Hijo de Dios en persona, el cual, a su
vez, es un solo Dios por su unión con la divinidad.
Por tanto, todo el cuerpo unido a la cabeza es Hijo del
hombre e Hijo de Dios, y aun Dios. De ahí aquellas palabras: Padre, quiero
que sean uno, como nosotros somos uno.
Así pues, según este famoso texto de la Escritura, no existe
el cuerpo separado de la cabeza, ni la cabeza separada del cuerpo; ni existe el
Cristo total, cuerpo y cabeza, separado de Dios.
De manera que todo el conjunto, por su unión con Dios, es un
solo Dios; pero el Hijo de Dios está unido con Dios por naturaleza, y el Hijo
del hombre está unido con el Hijo de Dios de manera personal, mientras que su
cuerpo lo está de un modo místico. Por consiguiente, los miembros de Cristo,
unidos espiritualmente a él por la fe, pueden afirmar con todo derecho que son
ellos también lo mismo que es él, Hijo de Dios y Dios. Pero él lo es por
naturaleza, los miembros por comunicación; él lo es en plenitud, los miembros
por participación; finalmente, él es Hijo de Dios por generación, los miembros
lo son por adopción, tal como está escrito: Habéis recibido espíritu de
adopción filial, por el que clamamos: "¡Padre!".
Según este espíritu, les dio poder de llegar a ser hijos
de Dios, para que el primogénito de muchos hermanos pudiera
enseñarnos a decir: Padre nuestro, que estás en el cielo. Y en otro lugar
dice el Señor: Subo a mi Padre y a vuestro Padre.
Por el mismo Espíritu por el cual el Hijo del hombre nació
del seno de la Virgen como cabeza nuestra, nosotros renacemos en la fuente
bautismal como hijos de Dios y como cuerpo del Hijo del hombre. y, así como él
nació inmune de pecado, así también nosotros renacemos por el perdón de nuestros
pecados.
Del mismo modo que en la cruz cargó sobre su cuerpo de carne
con los pecados de todo el cuerpo, así quiso también que a su cuerpo místico,
por la gracia de la regeneración, no le fuese imputado pecado alguno, como está
escrito: Dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito. Este
hombre dichoso es sin duda el Cristo íntegro, el cual, en cuanto que su cabeza
es Dios, él mismo perdona los pecados; en cuanto que la cabeza del cuerpo es un
Hijo del hombre, nada tiene personalmente que se le pueda perdonar; y, en cuanto
que el cuerpo de la cabeza son muchos, nada se imputa.
Él mismo es justo por sí mismo y se justifica a sí mismo. Él
mismo es Salvador y salvado; cargó en su cuerpo sobre el leño los pecados de los
cuales limpia a su cuerpo por medio del agua. Ahora continúa salvando por el
leño y por el agua, como Cordero de Dios, que quita los pecados del mundo,
los cuales cargó sobre sí mismo, como sacerdote y sacrificio, y como Dios que,
ofreciendo su propia persona a sí mismo, por sí mismo se reconcilió a sí consigo
mismo, y con el Padre y el Espíritu Santo.
viernes, 7 de mayo de 2021
Primogénito de muchos hermanos
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