Comenzó el mes de mayo y nuestra mirada se dirige hacia María, la Madre de Jesús y Madre nuestra, es el mes de las rosas y el mes del Rosario, la mejor corona de rosas que nuestra Madre nos regaló para sentirnos seguros, acompañados, y, sobre todo, meditar y contemplar los misterios de la Vida de Jesús y, junto a Él, de Ella quien por su Sí, nos ha regalado la Vida Nueva en Cristo.
El Rosario como lo definen muchos santos es el arma más completa para defendernos de las tentaciones del maligno, la ayuda necesaria en nuestros momentos de soledad, de oscuridad.
Pero, no es un arma mágica, no hace magia sólo por llevarlo colgado al cuello o colgado en una pared o en el coche, es un instrumento regalado por María, para que, hablando con Ella y con el Padre, recibamos del Hijo las Gracias necesarias para ser Fieles a la Vida que Ellos nos regalaron.
Cada Ave María, Padre Nuestro y Gloria, nos llevan a un diálogo que, aparentemente monótono, es un intercambio de Gracias y Dones que María y Su Hijo nos hacen cada día. Meditar en cada decena los misterios de sus vidas nos ayudan a encontrarnos con Ellos y sentir que, juntos, podemos vivir la Voluntad de Dios, pues nos dan ejemplo de entrega, de disponibilidad, de absoluta confianza en el Padre, pues saben que sólo en Sus Manos se puede alcanzar la Bienaventuranza y la plenitud de la vida.
Quizás, muchas veces, lo hemos rezado automáticamente y otras sin saber qué hacíamos o sin saber si éramos escuchados, pero tenlo por seguro que siempre, y en todo momento La Madre está atenta a nuestros rezos, porque Su Corazón siempre se abre a las necesidades de los hijos y, aunque nos sepamos qué decir o qué pedir, Ella sabrá mejor que nosotros lo que nos hace falta para ser Fieles a la Voluntad de Dios.
Por eso, cuando cogemos las cuentas del Rosario y las vamos desgranando una por una, dejemos que el corazón se llene de la ternura de un hijo pequeño que mira con amor a su madre, pues Ella nos mirará de igual modo a cada uno, porque cuando nos mira a los hijos ve, en nuestra alma, el rostro de Su Hijo, y, mirándolo a Él querrá que nosotros alcancemos la misma Vida que Él nos dio desde la Cruz.
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