"De uno solo creó el género humano para que habitara la tierra entera, determinando fijamente los tiempos y las fronteras de los lugares que habían de habitar, con el fin de que lo que buscasen a él, a ver si, al menos a tientas, lo encontraban; aunque no está lejos de ninguno de nosotros, pues en él vivimos, nos movemos y existimos; así lo dicen incluso algunos de vuestros poetas: "Somos estirpe suya".
"A ver si, al menos a tientas, lo encontraban", una bonita frase que nos ayuda a saber que si nos esforzamos o si lo buscamos con sinceridad, Él se deja encontrar. Cuando el corazón está interesado en encontrarse con Dios, con la Verdad, con Su Voluntad, lo puede hallar sin mucho esfuerzo, porque es Él quien más interesado está en que uno se encuentre con la Verdad para alcanzar la Vida. Por eso mismo, Él se hizo Camino, Verdad y Vida, para que no tuviésemos dificultad en encontrar lo que buscamos, y en alcanzar lo que deseamos. Porque, en realidad, ¿qué es lo que desea el Hombre para sí mismo sino alcanzar la plenitud de su ser? Un deseo que está inscrito en su interior pues es la semilla de la divinidad la que nos lleva a buscar esa plenitud, ese deseo de trascendencia y de eternidad que Dios dejó en nuestra alma, es lo que nos impulsa a estar religado a algo o alguien que nos haga alcanzar la felicidad. Es lo que llamamos religión.
Para algunos la plenitud está en las cosas del mundo, para otros en el tener, para otros en el cuerpo, y, para otros que han llegado a descubrirlo está en una trascendencia que va más allá de uno mismo. Y, para los más simples y sencillos de corazón se llama Dios, y es el Padre de Nuestro Señor Jesucristo, creador del Cielo y de la Tierra y que nos ha llamado a la vida y nos ha concedido la Gracia de ser sus hijos gracias al Hijo. Esa es nuestra Verdad, y nuestro Camino y nuestra Vida. Tal es así que dice san Pablo que "en él vivimos, nos movemos y existimos", pues no sólo somos sus hijos, sino que somos parte de Él, pues cuando recibimos el Espíritu Santo en el bautismo, ya está Dios en nosotros, y, más aún, cuando comulgamos con el Pan de la Vida, es Dios mismo quien habita en nosotros y se hace parte de nosotros.
¿Puede haber realidad más plena para el hombre que vivir, exitir y moverse en Dios? ¿No es ya el Cielo en nosotros cuando estamos junto a Dios? ¿No alcanzamos la vida divina cuando nos unimos sacramentalmente a Dios y es él la plenitud de nuestra vida?
Pero, en realidad, todo esto se nos hace difícil de comprender y entender, pues, como nos dice Jesús:
"Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues no hablará por cuenta propia, sino que hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir".
No le pidamos sólo entender al Espíritu Santo sino tener la capacidad de vivir esta hermosa realidad divina que el Señor nos ha regalado y que nos lleva a vivir en la plenitud de nuestra vida.
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