"El carcelero pidió una lámpara, saltó dentro, y se echó temblando a los pies de Pablo y Silas; los sacó fuera y les preguntó:
«Señores, ¿qué tengo que hacer para salvarme?».
Le contestaron:
«Cree en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu familia».
Hay veces que pedimos muchos signos de parte de Dios para creer, para convertirnos, y, sin embargo, los signos de Dios están frente a nosotros pero no los vemos.
El carcelero de Pablo y los demás podría no haberse dado cuenta que lo que había pasado era algo de Dios, sin embargo, pudo ver más allá y se convirtió él y su familia.
Cuando realmente el corazón siente la necesidad del encuentro con el Señor, cuando realmente está buscando la salvación o la conversión, cualquier signo le sirve para hacer un cambio en su vida o para darse cuenta que por aquí tiene que ir o por ahí no tiene que ir.
Nuestras madres dirían: "porque nunca has pasado hambre es que rechazas las legumbres". Y así nos pasa en la vida espiritual. Cuando estamos satisfechos quizás intelectualmetne, materialmente, y, hasta incluso, espiritualmente, no necesitamos creer nada más que en nosotros mismos y en las teorías que nosotros mismos queremos creer o que nos inventamos. Pero, cuando el "agua nos llega al cuello", entonces intentamos buscar algo más allá de nosotros mismos para no "ahogarnos" y, a veces, no lo encontramos y, otras veces, porque no sabemos buscarlo.
Por eso eso Señor nos animaba a crecer en un espíritu de niños, pues la infancia espiritual es la que nos ayuda a dejarnos sorprender por las pequeñas cosas que nos ofrece el Señor, por los pequeños milagros de todos los días que tenemos frente a nuestros ojos, y, que, si sabemos mirarlos y apreciarlos nos llenarán de alegría porque nos hablan del Amor del Padre por sus hijos, y nos van revelando, poco a poco, cuál es su Camino para mi.
Claro es que hay que tener un espíritu maduro y fortalecido desde la oración y la Palabra para poder alcanzar la infancia espiritual, pues no es un infantilismo espirituala, sino que hay que ser muy maduro para poder ser niños en Dios, porque el fin de la infancia espiritual es poder alcanar la santidad en la Fidelidad a la Voluntad de Dios, creyendo que lo que el Padre me va mostrando en el camino de mi vida, es lo mejor para alcanzar la plenitud de la vida, o, como nos diría Jesús en estos días, para que nuestra alegría sea perfecta.
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