De los Sermones de san León Magno, papa
Así como en la solemnidad de Pascua la resurrección del Señor
fue para nosotros causa de alegría, así también ahora su ascensión al cielo nos
es un nuevo motivo de gozo, al recordar y celebrar litúrgicamente el día en que
la pequeñez de nuestra naturaleza fue elevada, en Cristo, por encima de todos
los ejércitos celestiales, de todas las categorías de ángeles, de toda la
sublimidad de las potestades, hasta compartir el trono de Dios Padre. Hemos sido
establecidos y edificados por este modo di' obrar divino, para que la gracia de
Dios se manifestara más admirablemente, y así, a pesar de haber sido apartada de
la vista de los hombres la presencia visible del Señor, por la cual se
alimentaba el respeto de ellos hacia él, la fe se mantuviera firme, la esperanza
inconmovible y el amor encendido.
En esto consiste, en efecto, el vigor de los espíritu
verdaderamente grandes, esto es lo que realiza la luz d la fe en las almas
verdaderamente fieles: creer sin vacilación lo que no ven nuestros ojos, tener
fijo el deseo en lo que no puede alcanzar nuestra mirada. ¿Cómo podría nacer
esta piedad en nuestros corazones, o cómo podríamos ser justificados por la fe,
si nuestra salvación consistiera tan sólo en lo que nos es dado ver?
Así, todas las cosas referentes a nuestro Redentor que antes
eran visibles, han pasado a ser ritos sacramentales; y, para que nuestra fe
fuese más firme y valiosa, la visión ha sido sustituida por la instrucción, de
modo que, en. adelante, nuestros corazones, iluminados por la luz celestial,
deben apoyarse en ésta instrucción.
Esta fe, aumentada por la ascensión del Señor y fortalecida
con el don del Espíritu Santo, ya no se amilana por las cadenas, la cárcel, el
destierro, el hambre, el fuego, las fieras ni los refinados tormentos de los
crueles perseguidores. Hombres y mujeres, niños y frágiles doncellas han
luchado, en todo el mundo, por esta fe. hasta derramar su sangre. Esta fe
ahuyenta a los demonios, aleja las enfermedades, resucita a los muertos.
Por esto los mismos apóstoles, que, a pesar de los milagros
que habían contemplado y de las enseñanzas que habían recibido, se acobardaron
ante las atrocidades de la pasión del Señor y se mostraron reacios en admitir el
hecho de su resurrección, recibieron un progreso espiritual tan grande de la
ascensión del Señor, que todo lo que antes les era motivo de temor se les
convirtió en motivo de gozo. Es que su espíritu estaba ahora totalmente elevado
por la contemplación de la divinidad, del que está sentado a la derecha del
Padre; y al no ver el cuerpo del Señor podían comprender con mayor claridad que
aquél no había dejado al Padre, al bajar a la tierra, no había abandonado a sus
discípulos, al subir al cielo.
Entonces, amadísimos hermanos, el Hijo del hombre se mostró,
de un modo más excelente y sagrado, como Hijo de Dios, al ser recibido en la
gloria de la majestad del Padre, y, al alejarse de nosotros por su humanidad,
comenzó a estar presente entre nosotros de un modo nuevo e inefable por su
divinidad.
Entonces nuestra fe comenzó a adquirir un mayor y progresivo
conocimiento de la igualdad del Hijo con el Padre, y a no necesitar de la
presencia palpable de la substancia corpórea de Cristo, según la cual es
inferior al Padre; pues, subsistiendo la naturaleza del cuerpo glorificado de
Cristo, la fe de los creyentes es llamada allí donde podrá tocar al Hijo único,
igual al Padre, no ya con la mano, sino mediante el conocimiento espiritual.
jueves, 13 de mayo de 2021
La Ascensión alimenta nuestra fe
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