viernes, 14 de mayo de 2021

Para ser apóstol

"Es necesario, por tanto, que uno de los que nos acompañaron todo el tiempo en el que convivió con nosotros el Señor Jesús, comenzando en el bautismo de Juan hasta el día en que nos fue quitado y llevado al cielo, se asocie a nosotros como testigo de su resurrección".
Cuando decidieron los 11 elegir un nuevo apóstol para completar el lugar que había dejado Judas Iscariote, Pedro, dio este argumento, como algo necesario para ser apóstol: conocer al Señor, haber estado con él en todo momento, para poder ser testigo de su resurrección. Se podría decir, etnonces, que esa es la definición de un apóstol, lo que lo caracteriza es que haya estado con el Señor el tiempo suficiente para poder tener certeza de su resurrección, pues, como diría San Pablo: si Cristo no hubiera resucitado vana sería nuestra fe. Es decir, si no creemos en la Resurrección de Jesús, nada tendría sentido, pues sólo sería un profeta más o un caudillo más que predicó cosas bonitas, pero nada más. En cambio creemos en Jesús muerto y resucitado para nuestra salvación. Ése es el núcleo de nuestra fe.
Así podemos asumir que nuestra vida, pues también somos apóstoles, tenemos la misión de los apóstoles, tiene que estar unida a Jesús, para poder hablar de él, y ser testigos de su resurrección. Pero, también, está claro que no sólo tenemos que hablar como ellos, sino que tenemos que vivir como ellos, dando testimonio de lo que predicamos, pues la coherencia entre la palabra y las obras, es fundamental para que los demás crean que somos apóstoles de Cristo.
Por eso, el Señor, no nos dejó premisas claras y concretas para vivir en fidelidad a Su Palabra y a Su Vida, sino que nos dejó un ideal muy alto y, a veces, muy difícil de llevar a la vida:
"No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca.
De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé.
Esto os mando: que os améis unos a otros".
El mandamiento del amor es lo que nos hace diferentes a todos, y lo que le da sentido a todo lo que podamos llegar a predicar, pues, si no lo vivimos con la intensidad que lo vivió el Señor, entonces, de nada servirán todas nueustras predicaciones.

 

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