Del prólogo al Comentario de san Jerónimo, presbítero, sobre el libro del profeta Isaías
Cumplo con mi deber, obedeciendo los preceptos de Cristo, que dice:
Ocupaos en examinar las Escrituras, y también: Buscad y hallaréis,
para que no tenga que decirme, como a los judíos: Estáis en un error; no
entendéis las Escrituras ni el poder de Dios. Pues si, como dice el apóstol
Pablo, Cristo es el poder de Dios y la sabiduría de Dios, y el que no conoce las
Escrituras no conoce el poder de Dios ni su sabiduría, de ahí se sigue que ignorar
las Escrituras es ignorar a Cristo.
Por esto quiero imitar al amo de casa, que de su provisión saca lo
nuevo y lo antiguo, y a la esposa que dice en el Cantar de los cantares: He
guardado para ti, mi amado, lo nuevo y lo antiguo; y, así, expondré el libro
de Isaías, haciendo ver en él no sólo al profeta, sino también al evangelista y
apóstol. Él, en efecto, refiriéndose a sí mismo y a los demás evangelistas, dice:
¡Qué hermosos son los pies de los que anuncian el bien, de los que anuncian la
paz! Y Dios le habla como a un apóstol, cuando dice: ¿A quién mandaré?
¿Quién irá a ese pueblo? Y él responde: Aquí estoy, mándame.
Nadie piense que yo quiero resumir en pocas palabras el contenido de
este libro, ya que él abarca todos los misterios del Señor: predice, en efecto, al
Emmanuel que nacerá de la Virgen, que realizará obras y signos admirables, que
morirá, será sepultado y resucitará del país de los muertos, y será el Salvador de
todos los hombres. ¿Para qué vaya hablar de física, de ética, de lógica? Este libro
es como un compendio de todas las Escrituras y encierra en sí cuanto es capaz de
pronunciar la lengua humana y sentir el hombre mortal. El mismo libro contiene unas
palabras que atestiguan su carácter misterioso y profundo: Cualquier visión se
os volverá -dice- como el texto de un libro sellado: se lo dan a uno que
sabe leer, diciéndole: «Por favor, lee esto.» y él responde: «No puedo, porque está
sellado.» Y se lo dan a uno que no sabe leer, diciéndole: «Por favor, lee esto.» Y
él responde: «No sé leer.»
Y si a alguno le parece débil esta argumentación, que oiga lo que dice
el Apóstol: Cuanto a los dotados del carisma de profecía, que hablen dos o tres,
y que los demás den su dictamen; y, si algún otro que está sentado recibiera una
revelación, que calle el que está hablando. ¿Qué razón tienen los profetas para
silenciar su boca, para callar o hablar, si el Espíritu es quien habla por boca de
ellos? Por consiguiente, si recibían del Espíritu lo que decían, las cosas que
comunicaban estaban llenas de sabiduría y de sentido. Lo que llegaba a oídos de los
profetas no era el sonido de una voz material, sino que era Dios quien hablaba en
su interior, como dice uno de ellos: El ángel que hablaba en mí, y también:
Que clama en nuestros corazones: «¡Padre!», y asimismo: Voy a escuchar lo
que dice el Señor.
miércoles, 30 de septiembre de 2020
Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo
martes, 29 de septiembre de 2020
Los Ángeles
De las Homilías de san Gregorio Magno, papa, sobre los Evangelios
Hay que saber que el nombre de «ángel» designa la función, no el ser, del que lo
lleva. En efecto, aquellos santos espíritus de la patria celestial son siempre
espíritus, pero no siempre pueden ser llamados ángeles, ya que solamente lo son
cuando ejercen su oficio de mensajeros. Los que transmiten mensajes de menor
importancia se llaman ángeles, los que anuncian cosas de gran trascendencia se
llaman arcángeles.
Por esto a la Virgen María no le fue enviado un ángel cualquiera, sino el
arcángel Gabriel, ya que un mensaje de tal trascendencia requería que fuese
transmitido por un ángel de la máxima categoría.
Por la misma razón se les atribuyen también nombres personales, que designan
cuál es su actuación propia.
Porque en aquella ciudad santa, allí donde la visión del Dios omnipotente da un
conocimiento perfecto de todo, no son necesarios estos nombres propios para
conocer a las personas, pero sí lo son para nosotros, ya que a través de estos
nombres conocemos cuál es la misión específica para la cual nos son enviados. Y,
así, «Miguel» significa: «¿Quién como Dios?», Gabriel» significa: «Fortaleza de
Dios» y «Rafael» significa: «Medicina de Dios».
Por esto, cuando se trata de alguna misión que requiera un poder especial, es
enviado Miguel, dando a entender por su actuación y por su nombre que nadie
puede hacer lo que sólo Dios puede hacer. De ahí que aquel antiguo enemigo, que
por su soberbia pretendió igualarse a Dios, diciendo: Escalaré los cielos,
por encima de los astros divinos levantaré mi trono, me igualaré al Altísimo,
nos es mostrado luchando contra el arcángel Miguel, cuando al fin del mundo será
desposeído de su poder y destinado al extremo suplicio, como nos lo presenta
Juan: Se entabló una batalla con el arcángel Miguel.
A María le fue enviado Gabriel, cuyo nombre significa: «Fortaleza de Dios»,
porque venía a anunciar a aquel que, a pesar de su apariencia humilde, había de
reducir a los Principados y Potestades. Era, pues, natural que aquel que es la
fortaleza de Dios anunciara la venida a del que es el Señor de los ejércitos y
héroe en las batallas.
«Rafael» significa, como dijimos: «Medicina de Dios»; este nombre le viene del
hecho de haber curado a Tobías, cuando, tocándole los ojos con sus manos, lo
libró de las tinieblas de su ceguera. Si, pues, había sido enviado a curar, con
razón es llamado «Medicina de Dios».
domingo, 27 de septiembre de 2020
Si o no?
«En verdad os digo que los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia, y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis».
No pretende el Señor hacernos sentir mal con sus llamadas de atención, sino que quiere que nos pongamos a reflexionar acerca de nuestras actitudes y respuestas a Dios, en la vida diaria.
En esta afirmación Jesús quiere hacerle ver a los que se creen mejores que los demás, porque conocen las Escrituras, y por que son los mejores “rezadores”, que no sólo por rezar y creerse mejores entrarán en el Reino de los Cielos, sino por vivir en fidelidad a la Voluntad de Dios. Porque ellos, los que conocían las profecías, no reconocieron a Jesús como su Mesías y Salvador, en cambio los “pobres de Dios”, que son los pecadores pudieron acercarse a Jesús, y reconociéndolo se convirtieron y dejaron su vida de pecado por una vida nueva en la Gracia.
Por eso, antes de esta afirmación nos hace pensar cómo es nuestra respuesta a Dios: ¿somos los que decimos sí, pero después no hacemos lo que decimos? o ¿somos los que decimos que no y después sí hacemos la voluntad de Dios? El arrepentimiento y la conversión es el mejor camino para alcanzar no sólo el Reino de los Cielos, sino la paz interior para seguir recorriendo el Camino de la Vida que nos mostró Jesús con su propia vida.
Claro es que esta afirmación y exhortación de Jesús es para aquellos que, cada día, decimos: “venga a nosotros tu Reino, hágase Tu Voluntad en la tierra como en el Cielo”. Cuando estamos diciendo que se haga Tu Voluntad, no es que los demás la hagan (como muchas queremos… que otros hagan lo que yo no hago) sino que soy yo quien tengo la responsabilidad de hacer lo que Dios quiere, porque Él me pide a mí ser Fiel a Su Proyecto para mi vida. Pero no puedo escudarme en un argumento falso de decir: como los otros no lo hacen yo no lo hago. Cada uno es responsable de la respuesta que le da al Señor en su vida. Y de acuerdo con la respuesta será la Gracia que el Señor me conceda para alcanzar el Cielo o no
sábado, 26 de septiembre de 2020
Vivir con sensatez
viernes, 25 de septiembre de 2020
Cada cosa a su tiempo
jueves, 24 de septiembre de 2020
Por María nos ha llegado la bendición
De las Disertaciones de san Sofronio, obispo
Alégrate, llena de gracia, el Señor es contigo. ¿Y qué puede
haber más sublime que esta alegría, oh Virgen Madre? ¿O qué puede haber más
excelente que esta gracia, que tú sola has alcanzado de Dios? ¿ O qué puede
imaginarse más amable o espléndido que esta gracia? Nada puede equipararse a las
maravillas que en ti vemos realizadas, nada hay que iguale la gracia que tú
posees; todo lo demás, por excelente que sea, ocupa un lugar secundario y goza
de una excelencia claramente inferior.
El Señor es contigo; ¿quién, pues, se atreverá a competir
contigo? De ti nacerá Dios; ¿quién, por tanto, no se reconocerá al momento
inferior a ti y no admitirá de buen grado tu primacía y superioridad? Es por
esto que, al contemplar tus eminentes prerrogativas, que superan las de
cualquier otra creatura, te aclamo lleno de entusiasmo: Alégrate, llena de
gracia, el Señor es contigo. Por ti ha venido la alegría, no sólo a los hombres,
sino también a los mismos coros celestiales.
Verdaderamente, bendita tú eres entre todas las mujeres, ya
que has cambiado en bendición la maldición de Eva y has hecho que Adán, que
yacía postrado bajo el peso de la maldición, alcanzara, por ti, la bendición.
Verdaderamente, bendita tú eres entre todas las mujeres, ya
que, por ti, la bendición del Padre ha brillado sobre los hombres, librándolos
de la antigua maldición.
Verdaderamente, bendita tú eres entre todas las mujeres, ya
que, por ti, alcanzan la salvación tus progenitores; pues has de dar a luz a
aquel que les obtendrá la salvación divina.
Verdaderamente, bendita tú eres entre todas las mujeres, ya
que, sin concurso de semilla, has producido aquel fruto que esparce la bendición
sobre el orbe de la tierra, redimiéndola de la maldición que le hacía producir
espinas y abrojos.
Verdaderamente, bendita tú eres entre todas las mujeres, ya
que, siendo por condición natural una mujer como las demás, llegarás a ser en
verdad Madre de Dios. Efectivamente, si el que ha de nacer de ti es, con toda
verdad, el Dios hecho hombre, con toda razón eres llamada Madre de Dios, ya que
realmente das a luz a Dios.
Llevas en la intimidad de tu seno al mismo Dios, el cual mora
en ti según la carne, y sale de ti como un esposo, trayendo a todos la alegría y
comunicando a todos la luz divina.
Pues en ti, oh Virgen, como en un cielo nítido y purísimo, ha
puesto Dios su tienda; y saldrá de ti como el esposo de su alcoba; y, cual
gigante que emprende su carrera, recorrerá el camino de su vida, provechosa en
todo para todos, alcanzando con su giro del término del cielo hasta el opuesto
confín, llenándolo todo de su calor divino y de su resplandor vivificante.
miércoles, 23 de septiembre de 2020
Piedras en el edificio eterno
De los escritos de san Pío de Pietralcina, presbítero
Mediante asiduos golpes de cincel salutífero y cuidadoso despojo, el divino
Artífice busca preparar piedras para construir un edificio eterno, como nuestra
madre, la santa Iglesia Católica, llena de ternura, canta en el himno del oficio
de la dedicación de una iglesia. Y así es en verdad.
Toda alma destinada a la gloria eterna puede ser considerada una piedra
constituida para levantar un edificio eterno. Al constructor que busca erigir
una edificación le conviene ante todo pulir lo mejor posible las piedras que va
a utilizar en la construcción. Lo consigue con el martillo y el cincel. Del
mismo modo el Padre celeste actúa con las almas elegidas que, desde toda la
eternidad, con suma sabiduría y providencia, han sido destinadas para la
erección de un edificio eterno. El alma, si quiere reinar con Cristo en la
gloria eterna, ha de ser pulida con golpes de martillo y cincel, que el Artífice
divino usa para preparar las piedras, es decir, las almas elegidas. ¿Cuáles son
estos golpes de martillo y cincel? Hermana mía, las oscuridades, los miedos, las
tentaciones, las tristezas del espíritu y los miedos espirituales, que tienen un
cierto olor a enfermedad, y las molestias del cuerpo.
Dad gracias a la infinita piedad del Padre eterno que, de esta manera, conduce
vuestra alma a la salvación. ¿Por qué no gloriarse de estas circunstancias
benévolas del mejor de todos los padres? Abrid el corazón al médico celeste de
las almas y, llenos de confianza, entregaos a sus santísimos brazos: como a los
elegidos, os conduce a seguir de cerca a Jesús en el monte Calvario. Con alegría
y emoción observo cómo actúa la gracia en vosotros.
No olvidéis que el Señor ha dispuesto todas las cosas que arrastran vuestras
almas. No tengáis miedo a precipitaros en el mal o en la afrenta de Dios. Que os
baste saber que en toda vuestra vida nunca habéis ofendido al Señor que, por el
contrario, ha sido honrado más y más.
Si este benevolentísimo Esposo de vuestra alma se oculta, lo hace no porque
quiera vengarse de vuestra maldad, tal como pensáis, sino porque pone a prueba
todavía más vuestra fidelidad y constancia y, además, os cura de algunas
enfermedades que no son consideradas tales por los ojos carnales, es decir,
aquellas enfermedades y culpas de las que ni siquiera el justo está inmune. En
efecto, dice la Escritura: “Siete veces cae el justo” (Pr 24, 16).
Creedme que, si no os viera tan afligidos, me alegraría menos, porque entendería
que el Señor os quiere dar menos piedras preciosas... Expulsad, como
tentaciones, las dudas que os asaltan... Expulsad también las dudas que afectan
a vuestra forma de vida, es decir, que no escucháis los llamamientos divinos y
que os resistís a las dulces invitaciones del Esposo. Todas esas cosas no
proceden del buen espíritu sino del malo. Se trata de diabólicas artes que
intentan apartaros de la perfección o, al menos, entorpecer el camino hacia
ella. ¡No abatáis el ánimo!
Cuando Jesús se manifieste, dadle gracias; si se oculta, dadle gracias: todas
las cosas son delicadezas de su amor. Os deseo que entreguéis el espíritu con
Jesús en la cruz: “Todo está cumplido” (Jn 19, 30).
martes, 22 de septiembre de 2020
Somos familia de Cristo?
lunes, 21 de septiembre de 2020
Lo vio, lo amó y lo eligió
De las Homilías de san Beda el Venerable, presbítero
Jesús vio a un hombre, llamado Mateo, sentado ante la mesa de
cobro de los impuestos, y le dijo: «Sígueme.»
Lo vio más con la mirada interna de su amor que con los ojos corporales. Jesús
vio al publicano y, porque lo amó, lo eligió, y le dijo: Sígueme.
«Sígueme», que quiere decir: imítame.» Le dijo: «Sígueme», más Que con sus pasos,
con su modo de obrar. Porque, quien dice que está siempre en Cristo debe andar de
continuo como él anduvo.
Él -continúa el texto sagrado- se levantó y lo siguió.
No hay que extrañarse del hecho de que aquel recaudador de impuestos, a la primera
indicación imperativa del Señor, abandonase su preocupación por las ganancias terrenas
y, dejando de lado todas sus riquezas, se adhiriese al grupo que acompañaba a aquel
que él veía carecer en absoluto de bienes. Es que el Señor, que lo llamaba por fuera
con su voz, lo iluminaba de un modo interior e invisible para que lo siguiera,
infundiendo en su mente la luz de la gracia espiritual, para que comprendiese que
aquel que aquí en la tierra lo invitaba a dejar sus negocios temporales era capaz de
darle en el cielo un tesoro incorruptible.
Y sucedió que, estando Jesús a la mesa en casa de Mateo,
muchos publicanos y pecadores vinieron a colocarse junto a él y a sus discípulos.
La conversión de un solo publicano fue una muestra de penitencia y de perdón para
muchos otros publicanos y pecadores. Ello fue un hermoso y verdadero presagio, ya que
Mateo, que estaba destinado a ser apóstol y maestro de los gentiles, en su primer
trato con el Señor arrastró en pos de sí por el camino de la salvación a un
considerable grupo de pecadores. De este modo, ya en los inicios de. su fe, comienza
su ministerio de evangelizador que luego, llegado a la madurez en la virtud, había de
desempeñar. Pero, si deseamos penetrar más profundamente el significado de estos
hechos, debemos observar que Mateo no sólo ofreció al Señor un banquete corporal en
su casa terrena, sino que le preparó, por su fe y por su amor, otro banquete mucho
más grato en la casa de su interior, según aquellas palabras del Apocalipsis: Mira
que estoy a la puerta y llamo; si alguno escucha mi voz y me abre la puerta entraré en su
casa, cenaré con él y él conmigo.
Nosotros escuchamos su voz, le abrimos la puerta y lo recibimos en
nuestra casa, cuando de buen grado prestamos nuestra asentimiento a sus advertencias, ya
vengan desde fuera, ya desde dentro, y ponemos por obra lo que conocemos que es voluntad
suya. Él entra para cenar con nosotros y nosotros con él. porque por el don de su amor
habita en el corazón de los elegidos para saciarlos con la luz de su continua presencia,
haciendo que sus deseos tiendan cada vez más hacia las cosas celestiales y deleitándose él
mismo en estos deseos como en un manjar sabrosísirno.
domingo, 20 de septiembre de 2020
Quién es injusto?
sábado, 19 de septiembre de 2020
Espiritual o terrenal?
viernes, 18 de septiembre de 2020
Humano o Divino?
jueves, 17 de septiembre de 2020
Purificar nuestro ser cristiano
miércoles, 16 de septiembre de 2020
Una fe generosa y firme
De las cartas de san Cipriano, obispo y mártir
Cipriano a su hermano Cornelio.
Hemos tenido noticia, hermano muy amado, del testimonio glorioso
que habéis dado de vuestra fe y fortaleza; y hemos recibido con tanta alegría
el honor de vuestra confesión que nos consideramos partícipes y socios de
vuestros méritos y alabanzas. En efecto, si formamos todos una misma Iglesia,
si tenemos todos una sola alma y un solo corazón, ¿qué sacerdote no se
congratulará de las alabanzas tributadas a un colega suyo, como si se tratara
de las suyas propias? ¿O qué hermano no se alegrará siempre de las alegrías de
sus otros hermanos?
No hay manera de expresar cuán grande ha sido aquí la alegría
y el regocijo, al enterarnos de vuestra victoria y vuestra fortaleza: de cómo tú
has ido a la cabeza de tus hermanos en la confesión del nombre de Cristo, y de
cómo esta confesión tuya, como cabeza de tu Iglesia, se ha visto a su vez
robustecida por la confesión de los hermanos; de este modo, precediéndolos en el
camino hacia la gloria, has hecho que fueran muchos los que te siguieran, y ha
sido un estímulo para que el pueblo confesara su fe el hecho de que te mostraras
tú, el primero, dispuesto a confesarla en nombre de todos; y, así, no sabemos
qué es lo más digno de alabanza en vosotros, si tu fe generosa y firme o la
inseparable caridad de los hermanos. Ha quedado públicamente comprobada la
fortaleza del obispo que está al frente de su pueblo y ha quedado de manifiesto
la unión entre los hermanos que han seguido sus huellas. Por el hecho de tener
todos vosotros un solo espíritu y una sola voz, toda la Iglesia de Roma ha
tenido parte en vuestra confesión.
Ha brillado en todo su fulgor, hermano muy amado, aquella fe vuestra,
de la que habló el Apóstol. Él preveía ya en espíritu esta vuestra fortaleza y
valentía, tan digna de alabanza, y pregonaba lo que más tarde había de suceder,
atestiguando vuestros merecimientos, ya que, alabando a vuestros antecesores, os
incitaba a vosotros a imitarlos. Con vuestra unanimidad y fortaleza, habéis dado a
los demás hermanos un magnífico ejemplo de estas virtudes. Y, teniendo en cuenta
que la providencia del Señor nos advierte y pone en guardia y que los saludables
avisos de la misericordia divina nos previenen que se acerca ya el día de nuestra
lucha y combate, os exhortamos de corazón, en cuanto podemos, hermano muy amado,
por fa mutua caridad que nos une, a que no dejemos de insistir junto con todo el
pueblo, en los ayunos, vigilias y oraciones. Porque éstas son nuestras armas
celestiales, que nos harán mantener firmes y perseverar con fortaleza; éstas son
las defensas espirituales y los dardos divinos que nos protegen.
Acordémonos siempre unos de otros, con grande concordia y unidad de
espíritu, encomendémonos siempre mutuamente en la oración y prestémonos ayuda con
mutua caridad cuando llegue el momento de la tribulación y de la angustia.
martes, 15 de septiembre de 2020
La Madre estaba junto a la Cruz
De los Sermones de san Bernardo, abad
El martirio de la Virgen queda atestiguado por la profecía de Simeón y por
la misma historia de la pasión del Señor. Éste -dice el santo anciano, refiriéndose
al niño Jesús- está predestinado por Dios para ser signo de contradicción; tu misma
alma -añade, dirigiéndose a María- quedará atravesada por una espada.
En verdad, Madre santa, atravesó tu alma una espada. Por lo demás, esta espada
no hubiera penetrado en la carne de tu Hijo sin atravesar tu alma. En efecto, después que
aquel Jesús -que es de todos, pero que es tuyo de un modo especialísimo- hubo expirado, la
cruel espada que abrió su costado, sin perdonarlo aun después de muerto, cuando ya no podía
hacerle mal alguno, no llegó a tocar su alma, pero sí atravesó la tuya. Porque el alma de
Jesús ya no estaba allí, en cambio la tuya no podía ser arrancada de aquel lugar: Por tanto,
la punzada del dolor atravesó tu alma, y por esto, con toda razón, te llamamos más que mártir,
ya que tus sentimientos de compasión superaron las sensaciones del dolor corporal.
¿Por ventura no fueron peores que una espada aquellas palabras que atravesaron
verdaderamente tu alma y penetraron hasta la separación del alma y del espíritu: Mujer,
ahí tienes a tu hijo? ¡Vaya cambio! Se te entrega a Juan en sustitución de Jesús, al
siervo en sustitución del Señor, al discípulo en lugar del Maestro, al hijo de Zebedeo en
lugar del Hijo de Dios, a un simple hombre en sustitución del Dios verdadero. ¿Cómo no habían
de atravesar tu alma, tan sensible, estas palabras, cuando aun nuestro pecho, duro como la
piedra o el hierro, se parte con sólo recordarlas?
No os admiréis, hermanos, de que María sea llamada mártir en el alma. Que se
admire el que no recuerde haber oído cómo Pablo pone entre las peores culpas de los gentiles
el carecer de piedad. Nada más lejos de las entrañas de María, y nada más lejos debe estar de
sus humildes servidores.
Pero quizá alguien dirá: «¿Es que María no sabía que su Hijo había de morir?»
Sí, y con toda certeza. «¿Es que no sabía que había de resucitar al cabo de muy poco tiempo?»
Sí, y con toda seguridad. «¿Y, a pesar de ello, sufría por el Crucificado?» Sí, y con toda
vehemencia. Y si no, ¿qué clase de hombre eres tú, hermano, o de dónde te viene esta sabiduría,
que te extrañas más de la compasión de María que de la pasión del Hijo de María? Éste murió en
su cuerpo, ¿y ella no pudo morir en su corazón? Aquélla fue una muerte motivada por un amor
superioral que pueda sentir cualquier otro hombre; esta otra tuvo por motivo un amor que,
después de aquél, no tiene semejante.
lunes, 14 de septiembre de 2020
Exaltar la Cruz
domingo, 13 de septiembre de 2020
Un camino difícil: perdonar
sábado, 12 de septiembre de 2020
Renueva nuestros días
De las Disertaciones de san Atanasio, obispo
El Verbo eterno del Padre no abandonó la naturaleza humana que corría hacia su
ruina, sino que con la oblación de su propio cuerpo destruyó la- muerte bajo
cuyo dominio el hombre había sucumbido, con sus enseñanzas corrigió los errores
humanos y con su poder restauró los bienes que el género humano había perdido.
Quienquiera que lea los escritos de los discípulos del Señor verá confirmado,
con la autoridad de estos teólogos, lo que hemos afirmado. Leemos, en efecto, en
estos escritos: El amor de Cristo nos apremia, al pensar que, si uno murió por
todos, consiguientemente todos murieron en él; y murió por todos, para que los
que viven no vivan ya para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos,
nuestro Señor Jesucristo. Y en otro lugar dice: Vemos a Jesús, a quien Dios puso
momentáneamente bajo los ángeles, coronado de gloria y de honor por haber
padecido la muerte; así por amorosa dignación de Dios gustó la muerte en
beneficio de todos.
La Escritura nos da la razón por la que fue precisamente el Verbo de Dios y no
otro el que tenía que hacerse hombre: Era conveniente para Dios -dice-,
para
quien y por quien son todas las cosas, que, queriendo llevar una multitud de
hijos a la gloria, consumase en la gloria, haciéndolo pasar por los
sufrimientos, al jefe de la salud de todos ellos. Con estas palabras se nos
significa que librar a los hombres de la corrupción corresponde únicamente al
Verbo de Dios, por quien fueron creados en el principio.
La razón por la cual el Verbo quiso tomar carne y hacerse hombre no fue otra
sino la de salvar a los hombres con quienes se había hecho semejante al asumir
un cuerpo; así lo dice, en efecto, la Escritura: Como los hijos comparten carne
y sangre, también él entró a participar de las mismas; así por su muerte reducía
a la impotencia al que retenía el imperio de la muerte, es decir, al demonio; y
libraba a los que por temor a la muerte vivían toda su vida sometidos a
esclavitud. Así, al inmolar su propio cuerpo, destruyó la ley que había sido
dada contra nosotros, y renovó nuestra vida, dándonos la esperanza de la
resurrección.
Pues si la muerte penetró en la humanidad fue por culpa de los hombres, en
cambio, fue gracias a la encarnación del Verbo de Dios que la muerte fue
destruida y se recuperó la vida, como lo afirma aquel apóstol, cuyo vivir era
Cristo: Porque, como por un hombre vino la muerte,
también por un hombre viene la resurrección de los muertos; y, así como todos
mueren, asociados a Adán, así todos revivirán, asociados a Cristo, y lo demás
que sigue. Ya no morimos, pues, como unos condenados, sino que morimos con la
esperanza de resucitar de entre los muertos en el día de la resurrección
universal que Dios realizará. cuando llegue el tiempo.
viernes, 11 de septiembre de 2020
Qué carrera corremos?
jueves, 10 de septiembre de 2020
Un Camino difícil
miércoles, 9 de septiembre de 2020
Vivo sin vivir en mí
martes, 8 de septiembre de 2020
Y tú la más pequeña
Esto dice el Señor:
«Y tú, Belén de Efratá, pequeña entre los clanes de Judá, de ti voy a sacar al que ha de gobernar Israel; sus orígenes son de antaño, de tiempos inmemoriales.
No sólo tomó la pequeñez de Belén, el Señor, para mostrar su grandeza, sino que “miró con Bondad, la pequeñez” de María, para hacer maravillas. Y, por supuesto, no sólo hizo maravillas porque de Ella nació el Salvador, nuestro Dios y Señor, sino porque Ella fue quien escuchó y practicó la Palabra de Dios.
En la pequeñez de la Esclava del Señor podemos descubrir cuánto puede hacer el Señor con un corazón disponible hasta el infinito, cuánto puede hacer Dios si lo dejamos entrar en nuestras vidas y no le ponemos excusas para que Él pueda obrar con nosotros, para que Él nos pueda usar como instrumentos.
Y, está visto, que no necesita grandes mentes, ni grandes hombres (varones o mujeres) sino que necesita corazones abiertos a renunciar a sí mismos y dejarse llenar por la Gracia, para poder hacer la Voluntad del Padre. Sí, porque María no hizo otra cosa más que creer, y, por eso, confiando en el Amor de Dios se hizo su Esclava, y así la más grande entre los Hombres, a la que veneramos por generaciones y a quien, confiados, como hijos, le rogamos para que nos alcance del Padre la Gracia para imitarla y, como Ella, llevar la Vida de Dios al mundo.
Por todo esto, mirando hoy a María, no dejemos que las excusas del mundo nos impidan abrir el corazón, de par en par, a la Gracia de Dios, para que, como Ella también nosotros podamos ser verdaderos instrumentos en las manos de Dios, y dejándolo hacer en nuestras vidas, como un alfarero con su barro, podemos llegar a ser Hombres Nuevos que, con el testimonio de sus vidas, puedan renovar el mundo y construir así, unidos como hermanos, el Reino de Dios aquí en la tierra.
lunes, 7 de septiembre de 2020
Mucha paz tienen los que aman tus leyes
Del Sermón de san León Magno, papa, Sobre las bienaventuranzas
Con toda razón se promete a los limpios de corazón la bienaventuranza de la
visión divina. Nunca una vida manchada podrá contemplar el esplendor de la luz
verdadera, pues aquello mismo que constituirá el gozo de las almas limpias será
el castigo de las que estén manchadas. Que huyan, pues, las tinieblas de la
vanidad terrena y que los ojos del alma se purifiquen de las inmundicias del
pecado, para que así puedan saciarse gozando en paz de la magnífica visión de
Dios.
Pero para merecer este don es necesario lo que a continuación sigue: Dichosos
los que obran la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Esta
bienaventuranza, amadísimos, no puede referirse a cualquier clase de concordia o
armonía humana, sino que debe entenderse precisamente de aquella a la que alude
el Apóstol cuando dice: Estad en paz con Dios, o. a la que se refiere el profeta
al afirmar: Mucha paz tienen los que aman tus leyes, y nada los hace tropezar.
Esta paz no se logra ni con los lazos de la más íntima amistad ni con una
profunda semejanza de carácter, si todo ello no está fundamentado en una total
comunión de nuestra voluntad con la voluntad de Dios. Una amistad fundada en
deseos pecaminosos, en pactos que arrancan de la injusticia y en el acuerdo que
parte de los vicios nada tiene que ver con el logro de esta paz. El amor del
mundo y el amor de Dios no concuerdan entre sí, ni puede uno tener su parte
entre los hijos de Dios si no se ha separado antes del consorcio de los que
viven según la carne. Mas los que sin cesar se esfuerzan por mantener la unidad
del Espíritu, con el vínculo de la paz, jamás se apartan de la ley divina,
diciendo, por ello, fielmente en la oración: Hágase tu voluntad en la tierra
corno en el cielo.
Éstos son los que obran la paz, éstos los que viven santamente unánimes y
concordes, y por ello merecen ser llamados con el nombre eterno de hijos de Dios
y coherederos, de Cristo; todo ello lo realiza el amor de Dios y el amor del
prójimo, y de tal manera lo realiza que ya no sienten ninguna adversidad ni
temen ningún tropiezo, sino, que, superado el combate de todas las tentaciones,
descansan tranquilamente en la paz de Dios, por nuestro Señor Jesucristo, que
con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos.
Amén.
domingo, 6 de septiembre de 2020
Lo complicado del Amor
sábado, 5 de septiembre de 2020
Los juicios fariseos