domingo, 19 de enero de 2020

Santifiicados por Jesucristo

"...a la Iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados por Jesucristo, llamados santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro".
No me cansaré de citar a Pablo cuando habla de nuestra santidad, o, mejor, cuando nos hace tomar conciencia de nuestra santidad, de que hemos sido santificados por Jesucristo, en el día de nuestro bautismo. Una realidad que tenemos que ir tomando, cada día, más conciencia y, con la gracia de Dios, madurándola y haciéndola realidad.
Y, con esta afirmación paulina, lo que se quiere buscar es la unidad de la fe, la unidad del amor, la unidad de la vida, pues, cuando somos conscientes de nuestra realidad: no sólo de que hemos sido santificados, sino que hemos sido santificados en el amor, entonces, tenemos que crecer en la unidad del Amor: reconociéndonos como hermanos que saben vivir unidos.
Es clara que la unidad no significa que perdamos, cada uno, nuestra identidad personal, ni nuestra vocación particular, sino que dentro de nuestras propias diferencias todos aprendemos a amarnos y respetarnos, y, sobre todo, gracias a la corrección fraterna, nos ayudamos a crecer en santidad, buscando, como el fin de nuestro caminar la Voluntad de Dios todos los días.
"Tú no quieres sacrificios ni ofrendas,
y, en cambio, me abriste el oído;
no pides holocaustos ni sacrificios expiatorios;
entonces yo digo: «Aquí estoy».
Porque las oraciones y los sacrificios, sí que nos ayudan a conseguir la Gracia de Dios, pero si no hacemos Su Voluntad, entonces no crecemos en santidad, no crecemos en unidad, porque la Unidad es en función de la Voluntad de Dios, pues Él es el Centro y Sentido de nuestra vida. Y si después de nuestros rezos y sacrificios, sólo vivimos para hacer lo que nos da la gana y no aprendemos a amar y perdonar, entonces, no hay unidad posible, ni tan siquiera una comunidad.
Es que, generalmente, nos olvidamos de un mandamiento esencial que nos dejó el Señor, y es el mandamiento del Amor, por lo que todos nos reconocerán como hijos de Dios: "en la medida en que se amen unos a otros, los hombres reconocerán que son hijos de Dios", "sean Uno para que el mundo crea que Tú me enviaste", "sean Uno como el Padre y Yo somos Uno, para que el mundo crea".
No hemos sido llamados para vivir encerrados en nuestra propia individualidad, y no ha muerto y resucitado el Señor, para que nos contentemos con cumplir con un reglamento, sino que nos ha dado una Vida Nueva para vivir y para mostrar un Camino hacia la plenitud de nuestra vida. Por eso, Jesús, cuando nos eligió nos dijo: "vosotros sois la luz del mundo". No dejemos de buscar nuestra propia conversión hacia la verdadera santidad en el amor, pues será, como dijo algún santo, el único evangelio que el hombre de hoy pueda leer y creer.

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