"Pues, hermanos, me he enterado por los de Cloe que hay discordias entre vosotros. Y yo os digo esto porque cada cual anda diciendo: «Yo soy de Pablo, yo soy de Apolo, yo soy de Pedro, yo soy de Cristo».
¿Está dividido Cristo? ¿Fue crucificado Pablo por vosotros?"
Ya veis que desde siempre han surgido divisiones en las comunidades, no siempre se ha conseguido vivir en la Unidad que nos pedía Cristo en la Última Cena: sean Uno para que el mundo crea. Es que, lamentablemente, siempre nos seguimos manejando por nuestros sentimientos y no razonamos debidamente lo que debemos hacer o cómo debemos vivir nuestra fe.
Pablo, Pedro, Apolo y todos los apóstoles, los misioneros, los Papas y los obispos, los párrocos, todos son instrumentos de Dios para llevar la Buena Noticia de la Salvación, pero ninguno de ellos es el Salvador del Hombre, pues Salvador hay uno sólo y es Cristo. Es así que nuestra fe no tiene que estar arraigada ni en el Papa de turno, ni en el sacerdote que está en mi parroquia, sino en Cristo. Incluso, es más, todos los bautizados, laicos, sacerdotes y consagrados, tienen que tener la mirada puesta en Jesús porque sólo Él es el Camino, la Verdad y la Vida.
Cuando nuestra mirada, nuestro sentir, nuestro corazón y nuestra voluntad, no está orientada hacia Cristo, sino hacia el deseo de otras personas o referentes, entonces es ahí cuando comienzan a surgir las divisiones y diferencias en el actuar y en el vivir.
Y, es ahí, donde le encontramos sentido a lo que Jesús nos dice cada día: "convertíos". Nuestra conversión constante es para que nuestros deseos vuelvan a enfocarse en la Voluntad de Dios, y no en mi voluntad humana o en mis deseos humanos y terrenales, que están empecatados y no siempre, aunque sean buenos, siguen la línea de la Voluntad de Dios.
Y ¿por qué convertirnos siempre? La conversión que nos pide Jesús es para alcanzar el Reino de los Cielos. Él es el GPS que nos va señalando el Camino a seguir, y cuando nos desviamos un poco o nos equivocamos de carretera, vuelve a redirigirnos para que lleguemos al destino que Él nos preparó con su Vida, Muerte y Resurrección.
Por eso, no pedamos de vista a quien conoce el Camino, sigamos sus huellas y si, en algún momento (que nos suele ocurrir a diario) queremos desviarnos, volvamos la mirada hacia Él, pues sólo Él es el Camino que nos conduce a la Vida y por la Vida Verdadera.
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