"Al día siguiente, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó:
«Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo..."
Se supone que Juan Bautista conocía a Jesús, sus madres eran primas, por lo tanto podría haber habido familiaridad entre ellos. Pero ¿sabría él antes de ese día que Jesús era el Mesías el Hijo de Dios? Quizás sí, quizás no. No soy exégeta ni historiador, pero me gusta pensar estar cosas desde la familiaridad de los personajes bíblicos. Pero Juan (es lo que dicen los evangelios) se guiaba por lo que el Espíritu le decía, o por lo que El Padre, le decía por medio del Espíritu. Así como cuando María saludó a Isabel, el niño que lleva en su seno saltó de alegría, del mismo modo podría tener esos "avisos" de parte de Dios para adelantarse a lo que tenía que anunciar.
Pero a lo que quería llegar es que al ver a Jesús que venía hacia él para ser bautizado, él exclamó: "este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo", una exclamación llena del Espíritu, llena de fe, una profesión de fe en toda su regla.
Y es lo mismo que decimos nosotros en la misa: "¡Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo!". Y es, también, una profesión de fe sobre lo que estamos presenciando, que no es un simple espectáculo, ni una comparación, ni una imagen: es una realidad que estamos viviendo, pues Jesús se presenta ante nosotros con una apariencia distinta pero igual.
Sí, cuando hacemos esa exclamación en la misa, estamos creyendo, que así como Jesús se acercó a Juan Bautista para ser bautizado, en ese momento se acerca a nosotros para darnos su Vida para seguir ayudándonos a madurar nuestra vida de fe.
Es por eso que me gusta, como decía arriba, ponerme en el lugar de los personajes bíblicos no para hacer un estudio de las palabras, sino para que ellos, sus vivencias, nos ayuden a vivenciar nuestra fe, nos ayuden a estar en ese lugar y a experimentar que, también nosotros, podemos estar en el mismo lugar y vivir la misma sensación que ellos vivieron.
Juan Bautista se alegró y se asombró ante la presencia de Jesús, y así tiene que ser, también, nuestro asombro ante Él, dejarnos sorprender y gozar de su presencia real en la Eucaristía, porque Él viene a nosotros, no para ser bautizado como aquél día, sino para que ese mismo Espíritu y su Vida bajen a nosotros y nos sigan confirmando en nuestra fe.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.