"En aquellos días, el Señor dijo a Samuel:
«¿Hasta cuándo vas a estar sufriendo por Saúl, cuando soy el que lo he rechazado como rey sobre Israel? Llena el cuerno de aceite y ponte en camino. Te envío a casa de Jesé, el de Belén, porque he visto entre sus hijos un rey para mí».
El profeta no es dueño de la Palabra de Dios, ni es dueño de lo que Dios quiere hacer. Que nos adueñemos de la Palabra de Dios o de su obra, es otra cosa, porque, gracias al pecado original, nos hemos quedado con esa espina de que nos creemos dueños y señores de la creación, o de lo que Dios nos ha permitido crear o hacer o decir.
Escribiendo esto me acuerdo de aquella florecilla de san Francisco de Asís (quizás la conté alguna vez): había fabricado una cesta de mimbre para vender y tener dinero para la comida, pero cuando la terminó la quemó. Y el Hermano León le preguntó por qué lo había hecho y Francisco respondió:
- Sí, hermano León - dijo con mucha calma -, el hombre no es grande hasta que se eleva por encima de su obra para no ver más que a Dios. Solamente entonces alcanza toda su talla. Pero esto es difícil, muy difícil. Quemar un cesto de mimbre que ha hecho uno mismo no es nada, ya ves, aunque esté muy bien hecho, pero despegarse de la obra de toda una vida es algo muy distinto. Ese renunciamiento está por encima de las fuerzas humanas...
Cuando creemos que la obra es nuestra y no sabemos descubrir en ella los dones que el Señor nos ha dado, siempre tenderemos a creernos mejores que los demás, e, incluso, olvidarnos de Dios, y por eso, llorar cuando "nuestra" obra no se realiza o no sale como yo quería.
Así, nos pasa a muchos cuando el apetito de poder invade nuestra alma y nuestra vida: cuando nos vemos sin "poder", o cuando vemos que otro ocupa nuestro lugar, ya nos venimos abajo, nos desesperamos y hasta nos ponemos depresivos, porque ya no se nos considera o no se nos valora como nosotros creemos que valemos.
En ese momento tenemos que darnos cuenta que la vanidad y la soberbia habían invadido nuestra vida, y lo mejor es aceptar el desafío de que Dios nos de otra misión, o buscar, mejor dicho, cuál es, en realidad, la Voluntad de Dios para mí. Quemar "nuestra obra" y permitirle a Dios que nos ayude a volver a encontrar el Camino.
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